Lo que ya no nos atrevemos a decir
En Asturias nos gusta pensar que aquí la gente habla claro. Por eso cuesta tanto admitir lo contrario.
[–>[–>[–>En la barra del bar, en la sidrería, en la comida del domingo, en la cola del supermercado. Aquí se opina de todo. Del Sporting, del Oviedo, del tiempo, de Madrid, del Gobierno, del vecino y del cuñado. Una sociedad viva es una sociedad que habla. Pero hay un momento, breve y casi imperceptible, en el que medimos lo que vamos a decir.
[–> [–>[–>No siempre ocurre, pero cuando ocurre se nota: una pausa, una frase que se suaviza, una idea que se queda dentro. No es miedo exactamente. Tampoco prudencia del todo. Es otra cosa.
[–>[–>[–>
Ahí empieza el asunto. Durante años nos contamos una historia tranquilizadora: que la opinión pública era, sobre todo, una conversación. Gente hablando, discutiendo, equivocándose, corrigiéndose y, con un poco de suerte, acercándose a la verdad.
[–>[–>[–>La imagen es necesaria. Sin ella, no hay democracia que se sostenga. Pero se queda corta. Porque la opinión pública no es solo una conversación. Es también un sistema de señales. Un sistema que nos indica –sin decirlo– qué suena razonable y qué puede repetirse sin esfuerzo. No decide solo qué es verdad. Decide qué parece decible. La opinión pública no es lo que pensamos.
[–>[–>[–>
Es lo que nos atrevemos a decir. Y eso no es una conversación. Es un sistema de costes. Hay ideas que circulan con naturalidad y otras que, antes de pronunciarse, obligan a hacer un cálculo rápido: quién está delante y cuánto va a costar sostenerlas.
[–>[–>
[–>Siempre ha existido algo así. Toda sociedad necesita límites. El problema no es que haya fronteras, sino quién las fija y si aún pueden discutirse. Porque antes, al menos, sabíamos dónde estaba el filtro.
[–>[–>[–>
Un director de periódico. Un informativo. Una portada. Podíamos estar en desacuerdo, pero sabíamos contra qué discutíamos. Hoy no. Hoy el filtro es más difuso, más discreto y más eficaz. Tiene nombres técnicos –algoritmos, tendencias, recomendaciones–, pero su efecto es muy simple: unas cosas aparecen una y otra vez, y otras apenas llegan a aparecer.
[–>[–>[–>Vemos más de lo que encaja. Y menos de lo que incomoda. Y a fuerza de verlo, algo cambia. No necesariamente lo que pensamos. Pero sí lo que nos parece normal. Y cuando algo parece normal, dejamos de cuestionarlo.
[–>[–>[–>
No hace falta que sea verdad. Basta con que no desentone. Las redes han ampliado el espacio público. Pero también abren unas cosas y cierran otras con criterios que apenas vemos. Y cuando esa lógica deja de ser abstracta, aparece donde menos se espera.
[–>[–>[–>
Pensemos en una reunión cualquiera. Alguien con autoridad propone una idea. No convence del todo, pero nadie lo dice abiertamente. Uno asiente. Otro matiza sin cuestionar. Alguien mira sus notas. Alguien calla.
[–>[–>[–>
La decisión sale adelante. No porque todos estén de acuerdo. Sino porque nadie quiere pagar el coste de decir lo contrario. Y así, sin que nadie lo haya impuesto, una idea se convierte en la posición aceptable. Para cuando alguien se atreve a cuestionarla, ya es tarde. El consenso ya está construido.
[–>[–>[–>
Todos hemos estado ahí.
[–>[–>[–>
Asintiendo sin estar de acuerdo. Calculando si merecía la pena hablar. Eligiendo no ser quienes rompieran el clima. Y lo hacemos más a menudo de lo que nos gustaría admitir. Pero no hace falta irse a una reunión para entenderlo. Basta con abrir cualquier red social. Una idea aparece. Vuelve a aparecer. La comparte alguien cercano.
[–>[–>[–>
Y cuando nos damos cuenta, ya no parece discutible. No porque haya convencido. Sino porque se ha vuelto familiar. Y lo familiar tiene ventaja. A partir de ahí ocurre algo muy humano: no dejamos de pensar, pero empezamos a elegir mejor dónde y cómo hablar. No porque nos obliguen. Sino porque no compensa. Así es como una sociedad va estrechando su espacio común sin darse cuenta. No deja de hablar. Habla muchísimo.
[–>[–>[–>
Y, sin embargo, cada vez dice menos. Eso es lo que ha cambiado. Y ahí el problema deja de ser solo social. Se vuelve político. Porque cada vez hablamos más dentro de un margen. Un margen que nadie ha votado. Que nadie define del todo. Pero que todos acabamos obedeciendo. Y en ese punto pasa algo decisivo: una idea puede desaparecer no porque sea falsa, sino porque su coste social es demasiado alto.
[–>[–>[–>
Y otra puede imponerse no porque sea verdadera, sino porque es fácil de repetir. Ahí es donde una democracia empieza a degradarse. No cuando desaparece la libertad de expresión. Empieza antes. Empieza cuando la gente la conserva… pero deja de usarla contra lo que domina el ambiente.
[–>[–>[–>
Dicho de otra manera: una democracia no se mide solo por lo que permite decir. Se mide por lo que una persona todavía puede decir sin quedar fuera. Si ese espacio se reduce, todo puede seguir funcionando en apariencia.
[–>[–>[–>
Habrá debates. Opiniones. Elecciones. Pero debajo de todo eso habrá otra cosa. No una conversación. Sino un ajuste continuo. Y una sociedad empieza a volverse dócil no cuando la obligan a callar, sino cuando aprende sola hasta dónde puede hablar. Porque en ese punto la libertad no desaparece. Simplemente deja de hacer falta usarla.
[–>[–>[–>
Y eso es más peligroso.
[–>[–>[–>
Suscríbete para seguir leyendo
Puedes consultar la fuente de este artículo aquí