Los costes de la guerra de Trump y Netanyahu
Hay guerras que se explican por la geopolítica, otras por la historia y algunas –las más peligrosas– por la improvisación política. La agresión contra Irán promovida por Donald Trump, en estrecha coordinación con el Gobierno israelí de Benjamín Netanyahu, pertenece inquietantemente a esta última categoría. … No sólo por la indefinición de sus objetivos al principio, sino por la forma en la que está acabando. Los mercados han leído correctamente la situación desde la semana pasada: El alto el fuego adoptado por Estados Unidos el 7 de abril no puede fracasar. Aunque las conversaciones de su vicepresidente con Irán en Islamabad no han dado ningún fruto, la tregua no se va a romper. La razón es que Trump se ha dado cuenta de que metió la pata en Oriente Medio, que ha cometido un error que le costará la mitad de su presidencia, y no le queda más remedio que retirarse como hacen los matones, insultando a todo el mundo.
Las primeras estimaciones cifran el coste directo de estos días de guerra en unos 200 mil millones de dólares. Sólo Estados Unidos gasta 1.900 millones de dólares cada día en operaciones, lo que hasta ayer ascendía a unos 95.000 millones de dólares. Un alto funcionario israelí calculó el costo de la invasión del Líbano en casi 10 mil millones de dólares. Sin embargo, los costos indirectos –más inflación, menor crecimiento y creciente fragilidad financiera global– pueden ser mayores, según el FMI, que advierte que la guerra ha interrumpido la inercia positiva de la economía mundial, reduciendo las previsiones de crecimiento y aumentando los riesgos de recesión. En su escenario central, el crecimiento global apenas alcanzará el 3,1% en 2026, con una inflación del 4,4%, mientras que en escenarios más adversos podría caer al 2%. Nos enfrentamos a un clásico «shock de oferta negativo», con efectos en cascada sobre los precios, las cadenas de suministro y la demanda agregada.
A este equilibrio económico se suma uno político. Trump no sólo ha asumido el coste financiero de una guerra de resultados inciertos; ha erosionado gravemente la reputación del capital de su país. El Financial Times advirtió recientemente que sus amenazas contra la infraestructura civil y su retórica beligerante han debilitado las normas internacionales de guerra y «dañado gravemente la posición moral de Estados Unidos en el mundo». En este contexto, sus ataques verbales contra el Papa, Giorgia Meloni o Keir Starmer no son simples arrebatos, sino síntomas de una deriva más profunda: la sustitución de la diplomacia por la confrontación personalista. El resultado es una doble fractura: externa, en las alianzas tradicionales; e internamente, en la credibilidad institucional de la propia presidencia estadounidense.
El episodio de las cartitas, con Trump transformado en Jesús curando a un enfermo o el más reciente en el que se convierte en su asesor, también ha suscitado dudas sobre la cordura del presidente, dado que su buen gusto ya estaba en entredicho. Desde Vietnam hasta Irak, Estados Unidos ha aprendido –a menudo tarde– que la superioridad militar no garantiza el éxito. La diferencia ahora es que ese aprendizaje parece haber sido olvidado deliberadamente. El costo de esta guerra no se mide sólo en miles de millones o décimas de crecimiento. Se mide en algo más difícil de cuantificar y más caro de recuperar: la confianza.
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