los jóvenes valencianos, obligados a buscar fórmulas para sortear el ‘drama’ de la vivienda
El 87 % de los jóvenes comparte vivienda en España con el objetivo de reducir gastos, según los datos del Consejo General de la Juventud en España. No es para menos, en la ciudad de València, el 93 % de los alquileres disponibles supera los 1.000 euros mensuales en portales inmobiliarios. Las dificultades se agravan, aún más, a la hora de plantearse adquirir de una vivienda porque el precio medio por metro cuadrado es de 1.919 euros, según los datos del Colegio de Registradores de España. Por ponerlo en perspectiva, el salario medio en la Comunitat Valenciana es de 1.739 euros netos mensuales, es decir, que con la nómina de un mes no da ni para pagar un metro de un futuro inmueble. Con estos datos, no sorprende que solo uno de cada 10 compradores de vivienda en 2025 tuviera entre 18 y 30 años, como recoge el Consejo General del Notariado.
[–>[–>[–>En muchas ocasiones, las cifras esconden sus consecuencias y el impacto para la juventud. La crisis de la vivienda tiene cara y rostro. Sus protagonistas tienen historias, preocupaciones, frustraciones y un futuro con perspectivas aciagas para el medio y largo plazo, incluso para el corto. Son los millennials, herederos de la crisis financiera de 2011 que les pilló recién graduados en la universidad, y de las generaciones posteriores, quienes, a diferencia de sus padres -los de la época del baby boom– encuentran grandes dificultades para comenzar o plantearse un proyecto de vida independiente, similar al de sus progenitores.
[–> [–>[–>Son quienes con 25, 30 o 35 años -es ya un problema de varias generaciones– se ven obligados a vivir con sus padres para ahorrar y aspirar a recabar para una entrada a una hipoteca (si algún día pueden), como está haciendo Nerea Fernández, vecina de Benetússer de 25 años con trabajo fijo; a compartir piso habiendo dejado atrás la etapa universitaria, como le ocurre a Sara Peña, de 33, profesora interina en Alicante y copropietaria con su hermano de un piso heredado en Paterna; o a irse a vivir al interior o las periferias para encontrar una vivienda -de alquiler o compra- medio asequible -tampoco abundan-, una decisión que Josefa Marín, madre de cuatro hijos más uno en camino, se vio obligada a adoptar con su marido, a los 30 años, cuando cambió Burjassot por Millares, un pequeño municipio de 300 habitantes, donde paga solo 121 euros gracias a las ayudas municipales. Es la realidad de los jóvenes y no tan jóvenes valencianos; obligados a buscar fórmulas para sortear el gran drama social en el que la vivienda se ha convertido en década y media.
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Sara, 33 años: «Sin la ayuda de nuestras familias, nuestra generación no podría independizarse»
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«A mi edad, mis padres tenían una vivienda en propiedad e hijos, pero yo lo veo todo muy lejano». Quien habla es Sara Peña de 33 años. Ella vive a dos velocidades entre Alicante, donde ejerce de profesora interina con jornada reducida, y Paterna, donde está su pareja. Está obligada a tener dos viviendas, pero de ninguna de ellas es propietaria. De martes a viernes, alquila una habitación a una familia alicantina, abuela y nieta, para quienes su gasto supone un ingreso extra. Tomó esa decisión después «de mirar un montón de opciones, pero con medio sueldo no me quedaba otra». Más de la mitad del sueldo ya lo destina al alquiler y a la gasolina de ida y vuelta cada semana; la crisi en Oriente Medio amenaza con desajustar su presupuesto. De viernes a martes, vive con su pareja en un piso heredado en el barrio de Valterna en Paterna, en copropiedad con su hermano, a quien paga la mitad de lo que ingresarían ambos si lo alquilaran a otras personas.
[–>[–>[–>«Es una situación superprivilegiada tener un piso en copropiedad -confiesa-. Es una realidad que mi generación, sin la ayuda de nuestras familias, no podríamos dar los primeros pasos«. En su caso, haber heredado una propiedad le permite tener esa vida. Si no hubiera «sido imposible» acceder a una vivienda similar -de tres habitaciones- con «mi sueldo y el de mi pareja» y alquilar otra por necesidades laborales. «Estaríamos viviendo en un estudio», vaticina. Sin embargo, reconoce que, de poder elegir, no viviría en este barrio aislado de Paterna y sin buenas conexiones de transporte público. ¿Vivirías en València?, le preguntamos. «Los barrios del centro son totalmente prohibitivos -apunta-. Eso está expulsando a mucha gente a la periferia».
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Los datos avalan que el suyo no es un caso singular, pero ella misma lo refrenda. «Todos mis amigos reciben ayuda de sus padres«, explica. «Incluso la gente a la que parece que le va mejor y que parece tener un muy buen trabajo, la necesita». La de los millennials es una generación medio olvidada porque son demasiado mayores «para empezar su vida de adultos», pero muchos aún no han conseguido la estabilidad propia de su edad, bajo los parámetros del pasado. Quedan excluídos de mucas medidas para menores de 30, sí acceden a las que se elevan a los 35. «El Gobierno no nos está ayudando lo suificente – defiende-. El mercado es tan libre que no hay un límite para el precio de la vivienda. Este sigue subiendo, pero no ocurre lo mismo con los sueldos».
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[–>Lo más preocupante es «la falta de esperanza» de Sara y de muchos otros jóvenes. «Vemos complicado un cambio real o soluciones en el corto plazo», explica y eso, a su vez, complica plantearse otros proyectos vitales como una boda o ser madre. «Yo necesito tener cierta seguridad de base para estar tranquila y poder tomar ese tipo de decisiones -cuenta-. A nivel biológico ya rozo una edad compleja. ¿Tener hijos? No me lo puedo ni plantear».
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Nerea, 25 años: «Estuve buscando piso, pero como está carísimo, vivo con mis padres para ahorrar»
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Nerea Fernández, nacida en Benetússer, es ingeniera con trabajo estable desde hace dos años. Tiene novio y, aunque vive a dos calles de su casa de siempre, querrían vivir ya juntos. Hace un tiempo, se enfrascaron en la búsqueda de una vivienda para comprarla juntos, pero fue «imposible» porque toda la oferta era «carísima». Se dieron cuenta de algo: necesitaban ahorrar al máximo y la mejor opción, porque pueden, es vivir con papá y mamá. «La idea es intentarlo otra vez en un año y medio o dos, cuando tengamos más ahorros -relata-. En casa estoy muy bien con mis padres y mi hermana». Se ha planteado comprarse una vivienda sola, sin su pareja, pero lo atisba complicado.
[–>[–>[–>De momento, no está agobiada porque es aún joven. Alquilar no lo contempla como opción porque, con precios de casi 900 euros en su municipio, «es una pérdida de dinero». «Además -prosigue-, te impide ahorrar para optar a una mejor vivienda o tener mejores condiciones bancarias». Pese a su edad, tiene las ideas claras y su relato invita a pensar que es una persona previsora y con planificación. «Nunca se sabe si te van a venir imprevistos o, simplemente, quieres aprovechar para viajar», apunta.
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Su pueblo, Benetússer, es la tercera ciudad con mayor densidad de población de España, solo por detrás de Mislata y l’Hospitalet de Llobregat. Viven más de 21.000 habitantes por kilómetro cuadrado y su casco urbano no cuenta con muchas posibilidades de seguir creciendo. Las viviendas de nueva construcción vuelan y sus precios están desorbitado. «Ya no es solo la hipoteca -prosigue-. Debes pensar en que si luego no puedes pagar la compra o no tienes capacidad de ahorro ante imprevistos».
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Al igual que Sara resalta la falta de ayudas y, también, las dificultades de los proyectos a largo plazo. «Mi plan perfecto sería una casa, luego una boda y luego hijos -confiesa-. Pero las viviendas son muy caras, la boda también y más aún tener hijos. No quiero plantarme con 50 años y no tener ni mi piso». Su plan es ahorrar viviendo con sus padres; no quiere tampoco su ayuda como aval o económica porque tiene una hermana y esta tendrá sus mismos problemas. «No tengo prisa tampoco -afirma-. Quiero mirarlo con calma. Estoy bien y sé que, cuando me vaya, mis padres lo pasarán más». El síndrome del nido vacío.
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Josefa, 32 años: «Nos vinimos a Millares porque pagamos 121 euros de alquiler»
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Josefa y su familia celebrando el aniversario de una de sus hijas en Millares. / L-EMV
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Josefa Marín cambió Burjassot por Millares, en la Canal de Navarrés, porque le era imposible pagar un alquiler en el área metropolitana. Fue hace dos años y dio el salto con 30 años, junto a su marido y sus cuatro hijos; ahora están esperando un quinto. «Estábamos en riesgo de exclusión y la asistente social me comentó la posibilidad de venirnos a vivir aquí -explica-. Aquí solo pagamos 121 euros al mes por las ayudas municipales. En Burjassot, era imposible, estaba todo súper caro». La decisión fue rápida y aceptaron «con los ojos cerrados».
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El cambio de vida ha sido radical. No es para menos: ha supuesto abandonar un municipio de 39.702 habitantes colindante con la gran ciudad a un pequeño pueblo rural con apenas 200 habitantes en plena naturaleza. Josefa confiesa haberse adaptado muy bien. Para sus tres hijas preadolescentes, ha sido más difícil. «A las chiquillas les cuesta un poco más porque aquí, por ejemplo, no hay instituto y deben ir a otro pueblo -relata-. Pero están haciendo un gran esfuerzo». Más allá de esta movilidad, la mayoría de los vecinos son gente mayor, de más de 65 años. Hay algunos niños porque otras dos familias se mudaron también en esta iniciativa local, cuyo objetivo era repoblar el pequeño colegio rural agrupado (CRA) y aumentar las matrículas.
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El consitorio decidió reformar y habilitar tres viviendas, una de propiedad municipal, y otras dos cedidas por una conocida familia industrial de la zona. Las acondicionar para vivir, dos de ellas con mobiliario incluido, para atraer a familias con hijos. Además de este módico alquiler, ha aprobado una serie de bonos económicos como ayuda. Su alcalde José Ricardo Pérez Gómez considera que «es una gran iniciativa». La pusieron en marcha en 2021 para atraer a familias con niños y, tras la experiencia, anima a otros consistorios a emprender una acción similar. «El gran problema es la financiación -explica- porque si son viviendas propias del ayuntamiento es más fácil conseguir subvenciones para invertir en ellas. Pero si no, se complica».
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A Josefa y su familia les renuevan el alquiler año a año; en principio, hasta que el pequeño, ahora en camino, cumpla 12 años. Ella, igual que Sara y Nerea, constata que el «la vivienda está muy muy mal para los jóvenes» porque «cada vez es más difícil». Los precios son prohibitivos y dificultan la vida de los jóvenes valencianos. La fortuna y la generosidad de Millares, en su lucha frente a la despoblación, han permitido a Josefa tener un alquiler por solo 121 euros al mes, aunque eso haya supuesto mudarse a 72 kilómetros y lejos de su familia. Son las circunstancias de los jóvenes del presente, más allá de las cifras y estadísticas.
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