los refugiados de Ucrania echan raíces en España
La mañana del 24 de febrero de 2022, Yevgeniia Pasichniuk no sabía dónde iba cuando metió en su coche a sus dos hijos, de tres y 12 años, y abandonó su casa, a una hora de Kiev, mientras oía caer las primeras bombas rusas sobre territorio ucraniano. Tampoco sabía lo que duraría aquel viaje, como lo desconocía Olha Bunz, que a esa misma hora montaba a sus cuatro hijas en otro vehículo y partía hacia la frontera polaca dejando atrás a su marido y los negocios de restauración que regentaba con él en la capital de Ucrania.
[–>[–>[–>Rumbo al límite con Rumanía partieron desde Járkov Andrii Onofriichuk, su mujer, sus dos hijos en edad escolar y la abuela de estos, de 79 años, también sin destino definido ni fecha prevista para el regreso, igual que ignoraba esa fecha la profesora universitaria Natalia Lytvyn, que había llegado a Barcelona con sus alumnos cinco días antes de que comenzara la guerra y ya no pudo volver. Yevgeniia, Olha, Andrii y Natalia acabaron instalándose en España, como los casi 250.000 ucranianos que se han refugiado en nuestro país desde febrero de 2022, y aquí siguen cuatro años después, tantos como dura una contienda que quebró sus vidas para siempre y les obligó a iniciar otra nueva a 3.000 kilómetros de su hogar.
[–> [–>[–>El exilio ucraniano residente en España constituye un asombroso caso de resiliencia por su capacidad para adaptarse a un país y un idioma muy distinto al suyo sin que esa distancia cultural les haya impedido salir adelante, encontrar trabajo, montar negocios y que los más jóvenes sigan formándose. También es un ejemplo de tenaz resistencia contra el olvido de una guerra que ya no ocupa los grandes titulares de los informativos ni suena en la conversación pública, pero que continúa presente en sus vidas a través de un irrefrenable impulso a buscar noticias de su país en el móvil y un difuso “sentimiento de culpa”, fácilmente detectable en sus voces, por poder vivir en un país “pacífico y alegre como España” mientras el suyo se ve asolado cada día por una lluvia de misiles y drones rusos. Estar aquí “con el corazón allí” es su particular forma de penar una guerra a la que, después de cuatro años y miles de muertos, no se le ve el final.
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Vivir en pausa
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“Al principio no sabía qué hacer, pero vi que esta situación se alargaba y decidí apostar por buscar mi felicidad y la de mis hijos en España, aunque cada minuto me acuerde de mi país. No puedo mantener mi vida en pausa esperando el desenlace de una guerra que no sé cuándo llegará”, cuenta Yevgeniia como resumen de sus cuatro años de estancia en nuestro país –“lo elegí porque era el más alejado de la frontera rusa y porque mi hijo había empezado a estudiar español en el colegio y pensé que podría ayudarnos como traductor”, aclara-, y donde solo ha encontrado “muestras de apoyo y empatía”, primero en la mujer de Castellón que les acogió en su casa, y después en la empresa farmacéutica catalana que la ha contratado y ha hecho posible su regreso al sector profesional al que se dedicaba cuando vivía en Ucrania.
[–>[–>[–>Divorciada dos semanas antes de que comenzara la guerra, a sus 40 años su principal preocupación es que sus hijos la vean contenta. Y lo está: “Me alegra oírles hablar castellano y catalán a la perfección y ver que ya tienen muchos amigos aquí. Yo también estudié para aprender el idioma y ahora me he apuntado a clases de bachata”, cuenta desde su casa de Ripollet (Barcelona). Lo otro, lo del desarraigo del exilio, lo lleva por dentro: “Me siento como una flor cortada, mi vida anterior solo existe en mi memoria y sé que no puedo hacer nada por recuperarla. Hoy no pienso en mi regreso a Ucrania, sino en ver crecer a mis hijos sanos, seguros y felices aquí”, confiesa.
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Yevguenia Pasichniuk. Refugiada ucraniana en España, donando sangre en una reciente visita a Kyiv. / EPC
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Hoy no pienso en mi regreso a Ucrania, sino en ver crecer a mis hijos sanos, seguros y felices aquí
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A Olha Bunz también la angustiaba que sus cuatro hijas, que tenían entre tres y 13 años cuando huyeron de Ucrania, la vieran débil o asustada, y eso que ella ha tenido que hacer frente en este tiempo a dos guerras: la que se libra en su país contra las tropas rusas y el linfoma que le detectaron al poco de instalarse en España, “resultado, probablemente, de la carga emocional de aquellos primeros meses de refugiada”, aventura.
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[–>En el recuerdo quedan las noches que tuvieron que dormir en el coche a su llegada –“¿quién iba a querer alquilarle una casa a una refugiada ucraniana con cuatro niñas a su cargo?”, asume- hasta que logró encontrar alojamiento en La Garriga (Barcelona), donde hoy viven las cinco.
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También quedan en la memoria los dos años de tratamiento que le tocó afrontar para vencer el cáncer y el impacto que le causó oír los drones rusos estallando junto a su casa en una de las visitas que hicieron a Kiev para visitar a su familia. “Los drones son una lotería, te pueden matar a ti o a tu vecino. Mi país no es un lugar seguro para criar a cuatro niñas”, reconoce.
[–>[–>[–>Lo que no forma parte de su pasado, sino de su presente cotidiano, es el pavor con que aguarda cada noche el emoticono que le mandan sus familiares desde Ucrania para confirmarle que siguen vivos. “Ya es parte de mi rutina, te acostumbras a esa inquietud”, señala. Le ha tocado reinventarse: de empresaria de la restauración a psicóloga oncológica, oficio que va a empezar a defender en breve. “La guerra y el cáncer me han enseñado que el futuro no existe, solo existe el presente, y el mío y el de mis hijas está en España, no en Ucrania”, afirma.
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Olha Bunz. Refugiado ucraniano en España / EPC
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La guerra me ha enseñado que el futuro no existe, solo existe el presente, y el mío y el de mis hijas está en España, no en Ucrania
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El permiso de Protección Temporal que ampara a los ucranianos refugiados en nuestro país se renueva cada año –la próxima actualización entrará en vigor en marzo y dará cobertura hasta la primavera de 2027- y da derecho a estancia legal y acceso a ayudas sociales, pero la mayoría de los adultos que llegaron hace cuatro años -seis de cada diez son mujeres-, están trabajando o han montado algún negocio. “Los ucranianos somos muy emprendedores, no nos gusta vivir de los subsidios, en seguida nos embarcamos en algún proyecto”, apunta Andriy Kushnir, que lleva 20 años en España y en este tiempo ha formado parte de la Asociación de Ucranianos de Alicante, provincia que concentra la mayor comunidad de refugiados del país eslavo.
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Andrii Onofriichuk y su mujer, Tetyana Makushenko, son una prueba de ese espíritu emprendedor ucraniano: en Lugansk, donde vivieron hasta que estalló la guerra de 2014, él trabajaba como ingeniero civil y ella dirigía una empresa de marketing; en Jarkov, donde se instalaron después, montaron otro negocio; y ahora dirigen desde Reus una tienda online de servicios florales y una agencia de eventos.
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En verano de 2022, después de pasar seis meses en Rumanía, se dirigieron a España movidos por una intuición: “En unas vacaciones, pudimos sentir que aquí la gente es amable y trata bien a los niños”, señala. Los tres años y medio que llevan en nuestro país han confirmado esa sospecha: “Estamos muy agradecidos a España por darnos la oportunidad de vivir en paz, que nuestros hijos reciban una buena educación y poder desarrollarnos y trabajar”, dicen. Entre sus planes de futuro no figura la idea de hacer las maletas de vuelta a casa: “Sentimos que este puede ser para nosotros en el país donde construir nuestro futuro”, confiesan.
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Andrii Onofriiichuk y Tetyana Makushenko. Refugiados ucranianos en España / EPC
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Mi mujer y yo sentimos que España puede ser para nosotros y nuestros hijos el país donde construir nuestro futuro
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Volcados con Ucrania
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España es, tras Alemania, Polonia y República Checa, el cuarto estado de la Unión Europea que ha acogido más refugiados ucranianos desde 2022, muy por encima de otros países de nuestro entorno como Francia o Italia. “Unos vinieron porque tenían familiares aquí, otros porque los españoles se volcaron mucho con Ucrania al principio de la guerra y el Gobierno dio muchas facilidades, y otros porque España tiene muy buena imagen en Europa del Este”, dice Viktor Kazmiruk, presidente de la Asociación de Ucranianos de Tarragona ‘Khortytsya’, para explicar el enorme número de paisanos suyos que llegaron a nuestro país huyendo de la guerra.
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La historiadora y profesora universitaria Natalia Lytvyn no eligió España, sino que fue el destino el que eligió por ella: estaba en Barcelona de viaje de estudios con sus alumnos de la Universidad de Kiev cuando empezó la invasión rusa y ya no pudo regresar. “Vine con una mochila para una semana y llevo aquí cuatro años”, resume.
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Al principio siguió impartiendo sus clases de forma remota, pero la Universidad acabó enfrentándola a un dilema: o volvía, o perdía su cátedra. En ese tiempo, en España había iniciado una relación afectiva y se había casado, y después de una visita que hizo a Kiev en mayo de 2025, en el que aprovechó para rodar un documental, vio claro que su sitio ya no estaba en Ucrania. “Allí se habían acostumbrado a vivir en zona de guerra, pero yo no dormía por las noches oyendo misiles y drones cerca de mi ventana”, cuenta.
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Natalia Lytvyn. Refugiado ucraniano en España / EPC
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Vine con una mochila para una semana y llevo cuatro años aquí. Cuando acabe la guerra no me veo viviendo en Ucrania sino entre los dos países
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Lytvyn vive hoy en Vila-real (Castellón), tiene una beca como investigadora en la Universitat Jaume I y está homologando sus títulos académicos para poder dar clase en España. “Aquí estoy feliz, pero solo a medias. Los ucranianos nunca estaremos bien mientras dure la guerra”, se sincera. ¿Y cuando acallen las bombas? “No me veo volviendo a Ucrania, me veo viviendo entre los dos países”, responde, apelando a una proporción, “mitad y mitad” que cree que marcará el destino de los refugiados ucranianos que hoy residen en España. “Muchos volverán cuando acabe la guerra, pero al menos la mitad de la comunidad, los que ya están trabajando en España, se quedarán a vivir aquí”, pronostica.
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