Los relojes inteligentes aún no miden bien la tensión arterial
Los relojes inteligentes o smartwatches se han convertido en herramientas habituales para monitorizar aspectos de nuestra salud, y su uso está extendido y aceptado. Muchos usuarios los utilizan para medir sus pasos, frecuencia cardíaca, calidad del sueño e incluso, en modelos … más moderno, la presión arterial e incluso un electrocardiograma. Esto es interesante porque la hipertensión afecta a millones de personas en todo el mundo y es un factor de riesgo cardiovascular. ¿Pero esta seductora promesa tiene una base científica?
Los datos actuales exigen precaución. Un artículo reciente analiza si estos dispositivos realmente pueden sustituir a los tensiómetros clínicamente validados. La conclusión es clara: todavía no.
EL monitores de presión arterial Los tradicionales son los que se utilizan en las consultas médicas y en nuestros propios hogares. Su funcionamiento se basa en métodos oscilométricos con manguito de presión. Si lo has usado antes, habrás notado que el manguito se infla, deteniendo temporalmente la circulación. Luego se desinfla y el dispositivo mide la presión cuando la sangre vuelve a circular.
Es importante destacar que estos dispositivos deben cumplir estrictos protocolos de validación internacional antes de poder utilizarse con fines clínicos. Por ejemplo, según lo establecido por la Sociedad Europea de Hipertensión o por la norma ISO 81060-2.
Por otro lado, nuestros relojes no miden directamente la presión arterial. Lo que hacen es estimarlo a partir de señales indirectas, como la luz que atraviesa la piel o el tiempo que tarda la onda del pulso en recorrer las arterias. Estas señales se ingresan en algoritmos matemáticos que intentan derivar valores de presión sistólica y diastólica.
Baja precisión y alta variabilidad.
El análisis, publicado en la revista Experimental Physiology en 2025, analizó un reloj que, a priori, podría ser el más eficiente. Su sistema se basa en una minibomba que se infla para realizar la medición, a diferencia de otros modelos y marcas. Sin embargo, los autores demostraron que existen varias limitaciones importantes de los relojes inteligentes a la hora de medir la presión arterial.
La primera es la precisión. Los errores promedio pueden parecer pequeños cuando se analizan como grupo, pero a nivel individual pueden ser clínicamente relevantes. Se observa que diferencias de apenas unos pocos milímetros de mercurio pueden cambiar la clasificación diagnóstica de una persona.
El segundo es la variabilidad entre individuos. Factores como la edad, la rigidez arterial, el grosor de la piel y el nivel de actividad física influyen significativamente en las estimaciones. Por lo tanto, un algoritmo que funciona aceptablemente en un grupo específico puede fracasar en otros.
Además, muchos relojes inteligentes requieren una calibración inicial con un monitor de presión arterial convencional. El problema es que esta calibración pierde validez con el tiempo, a medida que cambian las condiciones fisiológicas del usuario. Esto reduce aún más la confiabilidad de las mediciones a largo plazo.
Una tecnología no exenta de riesgos
Más allá de las limitaciones técnicas, el artículo de 2025 advierte sobre los riesgos clínicos relacionados con el uso indiscriminado de estos dispositivos.
Por un lado, el falsos negativos: personas con hipertensión real que reciben valores aparentemente normales y retrasan la consulta médica o el inicio del tratamiento. Y por el otro, el falsos positivos: usuarios sanos que creen tener presión arterial alta, lo que puede provocar ansiedad, consultas innecesarias o incluso tratamientos inadecuados.
Las guías clínicas nos recuerdan que pequeños errores de medición pueden tener consecuencias importantes en la toma de decisiones terapéuticas. Por tanto, los investigadores subrayan que estos relojes no deben utilizarse con fines de diagnóstico ni para ajustar los tratamientos antihipertensivos.
¿Significa esto que los relojes inteligentes son inútiles?
No necesariamente. Los relojes inteligentes pueden tener un valor complementario, siempre que se comprendan sus limitaciones. Pueden ayudar a detectar tendencias generales, aumentar la conciencia sobre la salud cardiovascular o motivar a las personas a consultar a un profesional de la salud.
También les interesan los estudios demográficos y los programas de salud digital. En estos casos, el objetivo no es un diagnóstico individual, sino el análisis de tendencias a gran escala. Por tanto, recopilar grandes cantidades de datos puede resultar útil para los investigadores, a pesar de las limitaciones explicadas. El problema surge cuando confundimos una herramienta de seguimiento indicativo con un instrumento médico validado.
La tecnología avanza rápidamente. Es probable que en el futuro existan dispositivos sin manguito capaces de medir la presión arterial con suficiente precisión. Pero hoy en día, la evidencia científica indica que los relojes inteligentes no cumplen con los estándares necesarios para reemplazar a los monitores de presión arterial validados.
Para los ciudadanos, el mensaje es sencillo: si quieres conocer tu presión arterial de forma fiable, debes contactar con un profesional sanitario o utilizar un dispositivo validado. Para los profesionales de la salud, el desafío es apoyar a los pacientes en el uso crítico de estas tecnologías. Es importante evitar tanto el alarmismo como las falsas expectativas.
La salud digital ofrece grandes oportunidades, pero, como nos recuerda la ciencia, en medicina no basta con medir algo: hay que medirlo bien.
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.
*Jorge Velázquez Saornil es profesor de Fisioterapia en la Universidad Pontificia de Salamanca.
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