Los «therians» de la política
Si convenimos en que el hombre desciende del mono y sigue descendiendo, la afición de unos cuántos de identificarse con animales, imitar sus hábitos y dar cuenta de ello en las redes sociales conduciría a reconocer sin dudas uno de esos comportamientos sandios a los que la especie nos tiene acostumbrados en su imparable decadencia. Afinando la ironía, ¿no cabría deducir que el fenómeno “therian” deja de ser una extravagancia juvenil para convertirse en ciencia política aplicada?
[–>[–>[–>¿Acaso no se antoja afín a la escala de los simios el comportamiento orangután de Donald Trump, de gesto exagerado y territorialidad histérica? ¿Qué pensaría Jane Goodall de la capacidad innata de este gorila pajizo de eructar excrementos verbales sin mancharse el traje? ¿Acaso Vladimir Putin no actúa como un oso siberiano, silencioso y con la convicción de que cualquier ataque dentro del bosque es caza legítima? Cada vez que el oso sale del letargo alguien pierde una extremidad.
[–> [–>[–>¿Y Xi Jinping, acaso no ha convertido a China en un terrario al cuidado de un dragón que no precisa moverse para infundir respeto? ¿Y los ayatolás de Irán? ¿No se comportan como mantis religiosas, inmóviles, ascéticas, convencidos de que devorar al discrepante es un acto sagrado de orden natural? Rezan, aguardan y decapitan.
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La conclusión es incómoda: los “therians” no imitan animales, imitan a sus líderes. Y en esas, el mundo no avanza hacia una nueva Ilustración, sino hacia un safari global retransmitido en directo, como acabamos de presenciar sin necesidad de prismáticos.
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