Meditación ante unas tumbas
El pasado domingo, 14 de junio, una procesión del Corpus recorrió las calles de Mieres recuperando esta ceremonia que no se celebraba desde hacía seis décadas. No voy a aprovechar esta página para opinar sobre el acto, aunque creo que es de ley decir que no he podido evitar acordarme de don Nicanor López Brugos, quien siendo párroco se mantuvo tan alejado de estas demostraciones.
[–>[–>[–>Lo que sí pienso que debo anotar es un detalle que seguramente ha pasado desapercibido para la mayor parte de los participantes: entre los numerosos objetos rituales que se pudieron ver en el desfile, estaban tres relicarios con pequeños huesos y otros restos de mártires católicos. Uno se identificaba con los llamados «Mártires de Nembra», asesinados en 1936; los otros eran de víctimas de la violencia anticlerical durante la revolución de octubre en 1934: el joven allerano Juan José Castañón Fernández asesinado junto a otros seminaristas en Oviedo, y los nueve frailes fusilados en Turón.
[–> [–>[–>Conozco bien estos episodios porque estoy concluyendo un libro en el que intento ajustar a la verdad histórica este último episodio y no censuro a quienes revindican a sus muertos, aunque si lo hago con quienes se oponen a que otros hagan lo mismo dignificando a los suyos.
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Los fallecidos a causa de la revolución de octubre de 1934 pueden haber sido unos 2.000, entre fuerzas del orden, civiles en retaguardia, insurrectos -tanto en combate, como en la represión posterior- y religiosos. La mayor parte carecían de panteón propio y fueron enterrados deprisa y sin más ceremonias que el canto de la Internacional cuando se trataba de líderes obreros; por ello hubo que excavar fosas de urgencia, individuales o colectivas de diferentes tamaños, en casi todos los cementerios de la Montaña Central. Pasadas unas semanas, algunos militares (no todos) y los sacerdotes pertenecientes a las órdenes religiosas fueron desenterrados para ser colocados en tumbas más dignas.
[–>[–>[–>Como mi labor es la de recuperar los aspectos menos conocidos de nuestro pasado, la exhibición pública de restos humanos en el desfile del Corpus me da pie para contarles los movimientos que se produjeron con los cadáveres de los religiosos en el cementerio de Mieres, aunque les advierto que si les espantan los detalles sórdidos deben dejar aquí la lectura de esta página.
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Empiezo por lo ocurrido con el pasionista Manuel Canoura Arnau, que ahora es venerado como San Inocencio de La Inmaculada, porque estos frailes cambian su nombre de pila por otro religioso. Había sido fusilado en la madrugada del 9 de octubre junto a los ocho hermanos de la Salle del Colegio de Turón y sepultado con ellos en una fosa común. El día 25 de aquel mes, ya con la revolución fracasada, todos los cuerpos fueron recuperados por primera vez y colocados en ataúdes individuales que se volvieron a enterrar hasta el 25 de febrero de 1935.
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[–>Ese día, por mandato de la Sociedad Hullera Española, se personó en el cementerio de Turón la brigada sanitaria de la empresa pertrechada con máscaras, balones de oxígeno, desinfectantes y todo lo necesario para proceder a la exhumación, dirigida por el inspector de Sanidad de Oviedo. Primero se sacó la caja del pasionista, que estaba en perfectas condiciones, aunque al abrirla se pudo ver que el sepulturero no había puesto mucho interés en dignificar el cadáver, según escribió después uno de los testigos: «Vi que su brazo izquierdo, mal colocado por la poca caridad del enterrador -de la misma cuerda que sus asesinos- estaba forzado por encima de su cabeza en posición del que arroja un fardo sobre la tierra inerte». Luego, la caja fue introducida en otra de cinc y esta a su vez en una más grande de madera noble que se depositó en un coche fúnebre. Seguidamente se rescataron los ocho frailes de La Salle que fueron trasladados directamente desde Turón al noviciado que esta orden tiene en Bujedo (Burgos) acompañados por una comitiva de autoridades que fue parando en las principales ciudades del recorrido.
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Sin embargo, el ataúd de Manuel Canoura se bajó a las cinco de la tarde hasta la Cuadriella, y desde allí en una carroza seguida de numerosos coches hasta la entrada de Mieres, donde formaron una gran procesión que condujo los restos a la sepultura abierta en terreno de exclusiva propiedad de los sacerdotes en el cementerio de la Belonga. Lo curioso es que en el invierno de 1936 el enterramiento del santo fue violado precisamente por culpa de la caja de cinc que protegía su cuerpo, ya que todo el mundo conocía este detalle y eso hizo que unos milicianos lo desenterrasen para emplear el metal en la fabricación de munición.
[–>[–>[–>Así mismo, están en La Belonga los restos de otros dos pasionistas, Amadeo Andrés Celada (Alberto de la Inmaculada) y Baudilio Alonso (Salvador de María Virgen), muertos cuando huían el primer día de la revolución. El primero recibió dos disparos a quemarropa a la altura de La Fonda, pero el segundo fue linchado junto a la vías que pasaban junto al convento y acabó con 18 tiros en el cuerpo. Los dos fueron enterrados por los revolucionarios en la misma fosa del cementerio y allí estuvieron hasta las tres de la tarde del 21 de febrero de 1935, cuando se produjo su exhumación en presencia del juez militar de Mieres, su secretario, el médico forense y tres frailes que se ofrecieron voluntarios para el reconocimiento de los cadáveres.
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Al abrir la fosa, entre los efluvios de la descomposición apareció primero el cuerpo de un guardia civil, que fue vuelto a enterrar después en el mismo lugar metido en una caja costeada por los militantes del partido Acción Popular de Mieres. Después ya se pudo ver al hermano Salvador, con el rostro desfigurado e innumerables balazos en su pecho. A continuación, fue metido en una caja y trasladado por cuatro operarios seguidos por la comitiva de pasionistas hasta otro lugar separado y preferente del mismo cementerio.
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Inmediatamente siguió la exhumación del cohermano Alberto de la Inmaculada, que estaba solo, porque se le había enterrado junto a un guardia de asalto, pero pocos días antes los compañeros de este habían abierto la fosa para llevarlo hasta Oviedo. Tenía una profunda herida en el cuello, que no estaba causada por arma blanca, sino por una descarga de fuego. Sus restos se trasladaron de la misma forma que se había hecho con los de su compañero.
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Por último, también fueron depositados en La Belonga los jesuitas Emilio Martínez y Juan Arconada, fusilados a las diez de la noche del 7 de octubre en la bocamina de La Coca tras una odisea que se inició cuando el tren en que viajaban quedó detenido en la estación de Ujo y que ya les conté en otra ocasión.
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Sus cadáveres insepultos permanecieron sobre la hierba del cementerio junto con el del sargento de la Guardia Civil Tomás Escribano, casi veinte horas hasta que todos fueron depositados en la misma fosa. Por fin, a las doce de la mañana del 24 de noviembre, con autorización de la Comandancia de Oviedo, se realizó la exhumación e identificación de los tres cuerpos. teniendo como testigos al párroco de San Juan, médicos, y otros vecinos de Mieres.
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Apareció primero el cadáver del sargento que presentaba la hinchazón propia de la descomposición, seguido del padre Martínez que fue muy difícil identificar porque tenía el rostro desfigurado con la nariz cortada y el cráneo hundido por un culatazo de fusil, pero pudo hacerse gracias a que llevaba puesta una chaqueta que le había prestado don Dioniso Martín, quien la reconoció al instante, y bajo ella la faja eclesiástica que había conservado.
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El último fue el hermano Arconada, aún más desfigurado que su compañero, porque tenía el rostro tan aplastado que no se distinguían ni ojos, ni nariz, ni boca y además el cuero cabelludo se desprendió al mover el cuerpo. También fue identificado por su ropa y su calzado.
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Una vez metidos en ataúdes, se realizó una ceremonia religiosa de cuerpo presente con las tres cajas y las de los dos sacerdotes se colocaron en el panteón familiar de doña Sabina Méndez Roces que cedió dos nichos para ellos; mientras tanto, los restos del sargento Tomás Escribano fue reconocidos al día siguiente por un oficial de la Guardia Civil, pero no he podido saber sí salieron del cementerio.
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