Melania Trump, una fortuna bajo escrutinio
¿Por qué Melania Trump no puede cobrar 23 millones de dólares? Esta es la cifra que la primera dama de Estados Unidos habría recibido de Amazon por el documental que protagoniza, estrenado el viernes. El importe ha despertado una oleada de críticas despiadadas, trufadas de indignación moral y de sarcasmo. No tanto por el producto –del que todavía se sabía poco cuando trascendió la cifra– como por la persona que lo encarna. El debate no gira alrededor del mercado audiovisual ni de los criterios con los que se pagan determinados relatos, sino en torno a una pregunta más incómoda: ¿quién puede ganar dinero sin que moleste? Porque no todas las cifras escandalizan igual, ni todos los nombres activan la misma alarma ética. Quizá el problema no sea el dinero, sino quién puede ganarlo sin que resulte intolerable.
[–>[–>[–>Si la que hubiera cobrado 23 millones fuera Michelle Obama, sin duda la conversación sería otra. Ella y su marido, Barack, han construido su relato mediático después de dejar la Casa Blanca: tienen productora, publican libros y participan en documentales у conferencias. Además, cuentan con un acuerdo multimillonario con Netflix cuya cuantía exacta es un misterio. No desaparecería el debate económico, porque el dinero continuaría siendo el mismo, pero sí el reproche ético. Con Michelle, la conversación giraría en torno a la oportunidad y al éxito profesional, no en torno a la indecencia.
[–> [–>[–>No se trata aquí de valorar si el documental merece o no la cifra que se le atribuye, ni de juzgar su calidad, algo de lo que ya se ocuparán el público y la crítica. La cuestión es otra, más incómoda y menos cinematográfica: por qué determinadas ganancias despiertan sospecha moral y otras pasan casi inadvertidas. Qué parte de nuestra indignación responde a criterios éticos у cuál a afinidades ideológicas y relatos previos que nos resultan familiares o aceptables. Y hasta qué punto hemos aprendido a escandalizarnos por el dinero ajeno para evitar discutir algo más complejo: quién decide qué relatos merecen éxito.
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