Merz, entre la ambición reformista y el desgaste prematuro del poder
Friedrich Merz llegó a la Cancillería con la ambición explícita de corregir el rumbo y acelerar las reformas. Siete meses después, el canciller se encuentra en una posición incómoda, atrapado entre un equilibrio de gestión aún incompleto, una coalición frágil y un desgaste político que ha llegado antes de lo esperado. Él mismo lo admitió tajantemente el 8 de diciembre al hacer balance de sus primeros meses de mandato en una intervención televisiva ante el público: “No estoy satisfecho con lo que hemos conseguido hasta ahora”. Una confesión insólita para un jefe de Gobierno alemán y más aún lanzada en una fase tan temprana del mandato, que resume con precisión el momento que atraviesa su Ejecutivo.
El comienzo del mandato fue todo menos plácido. Merz tuvo que gobernar en un contexto de persistente desaceleración económica, con una guerra en Ucrania enquistada, una relación transatlántica marcada por la imprevisibilidad de Donald Trump y una sociedad alemana fatigada tras años de crisis encadenadas. A ello se sumaba una agenda interna cargada de temas sensibles: la reforma del sistema de pensiones, el nuevo modelo de servicio militar, la política de asilo o la gestión de una extrema derecha en ascenso que condiciona cada decisión del Gobierno. Sin embargo, el canciller quiso presentarse desde el primer día como un reformador decidido. Habló de un cambio de rumbo económico, de recuperar la competitividad y de exigir más esfuerzos a un país acostumbrado a la estabilidad.
Sin embargo, el Merz que gobierna se parece cada vez menos al Merz que sacudió al público durante la campaña. La dureza del discurso ha dado paso a un tono más cauteloso, más consciente de los equilibrios internos y riesgos políticos de cada movimiento. Para sus críticos, se trata de una dimisión. Para sus aliados, una adaptación necesaria.
Esta tensión se hizo visible con la polémica sobre el «Stadtbild», cuando la canciller aludió a la visible degradación de algunos espacios urbanos como síntoma de problemas de integración y convivencia. Las palabras generaron una tormenta política inmediata y alimentaron lecturas de identidad que el propio Merz intentó corregir más tarde. Desde entonces, el Gobierno ha afinado el lenguaje, consciente de que cualquier ambigüedad puede ser capitalizada por los ultras de Alternativa para Alemania (AfD), que siguen creciendo en las encuestas.
La coalición tampoco ha facilitado las cosas. El pacto entre conservadores y socialdemócratas se ha mostrado más frágil de lo esperado, como demostró el debate sobre las pensiones, que puso de manifiesto una fractura generacional dentro de la propia Unión conservadora, con diputados jóvenes dispuestos a votar en contra del Ejecutivo. Merz salvó la pelea en el Bundestag, pero el episodio confirmó que gobernar requiere algo más que una autoridad formal; Requiere capacidad de persuasión, incluso en casa. Mientras tanto, los indicadores de popularidad se han desplomado con una rapidez que ha sorprendido incluso en Berlín. Según las últimas encuestas, Merz alcanza niveles de desaprobación comparables a los de Olaf Scholz en el peor momento de su mandato, aunque el excanciller necesitó más de dos años para llegar allí. Sólo el 22% de los alemanes se declaran satisfechos con el trabajo del actual canciller. La cifra es importante, aunque quienes rodean a Merz insisten en que las reformas impopulares nunca generan un aplauso inmediato.
A nivel internacional, Merz ha buscado refugio y proyección. La política exterior se ha convertido en uno de los espacios donde la canciller se siente más cómoda. Su apuesta por reforzar el eje europeo junto a Francia y el Reino Unido, su implicación directa en las conversaciones sobre Ucrania y su insistencia en dar garantías sólidas para cualquier alto el fuego le han permitido proyectar liderazgo, hasta el punto de que cada vez más analistas le describen como un canciller forjado en la gestión de crisis más que como el gran reformador que había prometido ser. Este perfil, sin embargo, no disipa los dilemas internos que siguen lastrando a su Gobierno, en un país que sigue sin encontrar el pulso económico prometido y donde la percepción de estancamiento está firmemente asentada.
El propio Merz ha admitido públicamente que Alemania aún no ha tocado fondo y que el camino por delante implicará nuevos sacrificios; una advertencia que condensa uno de los principales riesgos de su mandato: pedir paciencia a una sociedad cansada, sin poder ofrecer todavía resultados tangibles. La canciller es consciente de ello y por eso en sus más recientes apariciones públicas ha optado por un ejercicio poco habitual en la política alemana: la autocrítica. Reconozca retrasos, admita errores de comunicación y solicite tiempo. Básicamente, intenta ganar algo esencial en esta fase del mandato: credibilidad. No el que se mide en encuestas semanales, sino el que se construye demostrando coherencia entre el diagnóstico y las decisiones. Queda por ver si esa estrategia es suficiente.
El calendario político se aprieta, el AfD acecha y las elecciones regionales de 2026 se perfilan como el primer plebiscito real sobre su liderazgo. Merz aún no ha fracasado, pero tampoco ha logrado imponer la narrativa de un nuevo comienzo. Mientras tanto, su cancillería avanza en ese terreno intermedio y resbaladizo donde el poder no se pierde de repente, sino que se erosiona día a día. El tiempo dirá si la ambición reformista que lo llevó a la Cancillería fue sólo un impulso inicial o si aún tiene margen para convertirse en un proyecto de país.
Puedes consultar la fuente de este artículo aquí