MISIONEROS ESPAÑA | Alfonso Pombo, misionero: «Estamos perdiendo el sentido de comunidad, tenemos que aprender de los pueblos indígenas»
-Ha llegado hace una semana después de pasar año y medio en la selva en Perú. ¿Qué tal la vuelta a casa?
[–>[–>[–>-Muy bien. Después de tanto tiempo en un sitio como la selva, con las dificultades propias que tiene, llegar a casa, descansar y estar con la familia, en mi caso mi madre y mis hermanos, además de con los amigos, es muy reconfortante. Y bueno, también estos días con muchos compromisos compartiendo esta experiencia con la gente, y haciendo cosas por aquí para diferentes parroquias.
[–> [–>[–>-Llega a Mieres, pero con fecha de partida otra vez hacia la misión.
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-Si, me voy el 20 de febrero, porque a la vuelta ya tenemos ahí la asamblea vicarial, que es como la reunión más importante del año, donde todo el vicariato, la iglesia de esa zona del Perú, nos juntamos y evaluamos y programamos lo que va a ser el año, y las líneas de actuación durante los próximos tiempos.
[–>[–>[–>-¿Qué tal lleva la experiencia en Perú?
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-El vicariato donde yo estoy está al noreste de Perú, es un lugar fronterizo, que cubre fronteras con Ecuador, Colombia y Brasil. Tiene la extensión de una cuarta parte de España, pero solo son 150.000 habitantes, es una zona muy despoblada porque es una área de pura selva amazónica. La zona se distribuye en puestos de misión, que son 16, porque allí no hay carreteras, y la comunicación es solo por vía fluvial o por avión. Yo estoy en el puesto de Tacsha Curaray, en la ribera del río Napo, que abarca 17 comunidades, que son pueblos a lo largo de la ribera.
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[–>-¿Cómo es la vida en la selva?
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-Nosotros lo que intentamos hacer es hacer visitas y acompañar a la gente dos veces al año. Allí las distancias son muy largas y la comunicación muy costosa. Hay que gastar mucha gasolina y el vicariato es muy precario económicamente. Este año conseguimos construir un bote propio para poder movernos. La Iglesia nos dio un motor, que se llaman peques, y así nos movemos por el río. Eso es otro mundo. Hasta que uno no llega no se da cuenta de lo que conlleva que no haya carreteras, que todo sea la comunicación a través del río, de aislamiento de la población… Fíjese, cuando la gente tiene que ir a trabajar a la huerta, lo que allí llaman chacra, se mueven en ese bote. Pero cuando ya tienen que hacer desplazamientos mayores, por ejemplo, a la ciudad, la gente humilde se desplaza en lanchas, que son embarcaciones grandes, donde transportan personas y mercancías. Desde donde nosotros estamos a la ciudad es un día y medio de viaje. Y estamos en un puesto de misión que está cerca a la ciudad. Hay otros que tardan más de un mes en llegar en lancha a la ciudad. El tiempo y las distancias, se miden de una manera distinta.
[–>[–>[–>-¿Es complicada la adaptación?
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-Al principio, cuesta mucho adaptarse a las distancias, al concepto del tiempo, que es distinto. Por ejemplo, nosotros para comprar cosas, las compramos en la ciudad, porque donde vivimos no hay. Es un pueblo muy pequeñito, y entonces no tiene cosas del día a día, de comer, productos de limpieza. Entonces nosotros hacemos compras en la ciudad. Lo encargas, te lo montan en la lancha, y ya llegará. A lo mejor te dicen, «el martes por la noche», pero eso pueden ser las diez de la noche o las cuatro de la mañana. Y te toca esperar para recogerlo.
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-¿Cuál es su misión allí?
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-Nosotros estamos en un puesto que llevaba 13 años sin presencia misionera. La gente llevaba mucho tiempo reclamando que hubiera alguien que estuviera allí permanente con ellos, acompañándolos y demás. Lo que llevamos haciendo este año y medio, fundamentalmente es una misión de presencia, de estar con la gente y de que se vuelvan a acostumbrar que la Iglesia tiene ahí un grupo de personas que quieren vivir con ellos y que quieren compartir su vida de fe y su vida diaria, acompañándoles también en sus dificultades, en sus problemas, en la medida que podemos.
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-¿Cuál es el objetivo?
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-Es buscar que la población sea más autosuficiente. Donde estamos no hay sacerdote, y los domingos la gente se congrega para hacer una misa, una celebración de la palabra. Lo que es interesante es que lo hacen los propios locales de allí, y lo que nosotros hacemos es acompañarlos, formarlos, capacitarlos y empoderarlos para que ellos sean autónomos para que ellos puedan celebrar esa «misa» de los domingos. Esta misión no tiene nada que ver con la que hice en Honduras, donde teníamos una misión para enseñar y tutelar a los jóvenes, aquí es otra cosa. Es verdad que también enseñamos cuando algún niño te dice: «Hermanito, ¿me puedes ayudar con esto o esto otro?». Y de una manera más informal, pues les explicamos matemáticas, o algo que nos pidan.
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Alfonso Pombo, en una de las embarcaciones que utilizan como medio de transporte. / A. Pombo
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-Tienen una labor más de asesoramiento, entonces.
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-Sí. Por ejemplo, acompañamos a las autoridades del pueblo. Ahí en la selva, todo lo que es comunitario tiene mucha importancia. Cada comunidad tiene una asamblea periódica cada mes o cada dos meses, donde se deciden y se hablan de todas las cosas que afectan a la comunidad. Es el momento más importante de la vida del pueblo, donde se toman las decisiones. Se fían de nosotros porque saben que estamos ahí para ayudarlos.
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-Habla de comunidades. ¿Cómo se organizan?
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-Un ejemplo son los que aquí serían las sextaferias. Cada cierto tiempo hay trabajos comunitarios. A tal día y a tal hora, todo el pueblo queda para juntarse y, por ejemplo, limpiar un tramo de camino que la selva se va comiendo. Entonces todas las personas tienen que ir allí a trabajar. O también las «mingas», que son trabajos en los que una persona llama a gente de su confianza y hacen una labor para uno de ellos y les invita a comer. Creo que tenemos que aprender mucho de esta gente, del valor que dan a lo comunitario. Aquí, en ese sentido estamos perdiéndolo mucho. Lo que antes se hacía en los pueblos que ahora ya no se hace.
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-¿Qué problemas ha detectado a nivel social en estas comunidades indígenas?
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-El problema del alcoholismo es muy grave, porque además deriva en otro tipo de situaciones como los abusos dentro de la familia, el maltrato a la infancia y adolescencia, o los embarazos adolescentes. Todo eso está muy normalizado. Ahí también tratamos de ayudar y trabajar con los jóvenes y las familias.
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-Cuando llegó a Perú venía de una misión en Honduras totalmente distinta. ¿Le costó el cambio?
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-Ya sabía a dónde iba. Pero es un sitio, a nivel personal, muy exigente. Por cuestiones físicas, por cuestiones de aislamiento, no tienes prácticamente opciones de ocio de ningún tipo, no puedes ir a tomar un café, ni un día cenar con los compañeros, eso no existe. Donde yo vivo, en Santa María de Loreto, hay luz eléctrica cinco horas al día, y nosotros somos unos privilegiados porque pusimos paneles solares y sí tenemos luz 24 horas. Es complicado acostumbrarse a algunas cosas. Porque por ejemplo, si tienes una urgencia médica y tienes que ir a la ciudad, o tienes la suerte de que llegue un hidroavión a buscarte o estás jodido.
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-¿Cómo se gestiona eso mentalmente?
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-La suerte es que nosotros habíamos ido antes a conocer el sitio, lo que nos facilitó el mentalizarnos. A nivel personal, me costó excesivamente, porque además tú vas a hacer un trabajo y vas con una misión y por encima de todo está eso. Sumado al convencimiento y la fe, en este caso, de que vas por esa causa, pues al final todas estas incomodidades que te puede generar quedan en un segundo plano.
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-¿Qué espera del año y medio que le queda en Perú?
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-Prácticamente estamos empezando después de tantos años sin haber presencia allí. La idea que tenemos en el equipo que estamos allí ahora mismo, que somos tres personas a las que se le va a sumar una cuarta, es empezar un proceso para que haya una continuidad en la presencia de misioneros en esta comunidad. Lo que queremos es generar vínculos con este vicariato, con este puesto de misión y que pueda haber una presencia constante. El objetivo fundamental de la iglesia ahí es que las comunidades sean capaces ellas mismas de poder vivir su fe sin que haya una presencia permanente de misioneros.
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-Cuando termine, llevará 6 años como misionero. ¿Se ve marchándose de nuevo?
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-Yo creo que seguiré, sí. Después de haber tomado esta decisión, y si todo a nivel familiar está bien, mi idea es seguir, porque es algo que ya siento que es como parte de mí. Es algo que Dios te pide y que tú haces con fe.
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