Muere Christine Ruiz-Picasso, la modesta ceramista que cumplió el deseo del genio
Pablo Picasso pisó por última vez Málaga, su tierra, en 1901. Veinticuatro años después, artista maduro, reverenciado y millonario pero en plena crisis creativa y personal, dejó escrito: «Y dime si además podré coger un día los dedos que el sol pasará a través de la persiana por la mañana, al despertar cerca del mar Mediterráneo, y el olor del café y el pan tostado, que, aunque vengo de lejos, soy niño y tengo ganas de comer y de nadar en agua salada». Que pudiera cumplir su deseo, póstuma y simbólicamente, fue gracias, en gran medida, a Christine Ruiz-Picasso, mecenas y principal artífice del Museo Picasso Málaga. La nuera del artista, madre de Bernard Ruiz-Picasso, el otro gran factótum de la pinacoteca, falleció el lunes en París a los 97 años.
[–>[–>[–>Christine Ruiz-Picasso se llamaba Christine Pauplin cuando conoció a Pablo Picasso. Era, entonces, a mediados de los 50 del siglo pasado, «una modesta y joven ceramista» de la Costa Azul que visitaba el estudio del genio en Antibes. Poco tiempo después entró a formar parte de la familia al casarse en segundas nupcias (para él) con Paulo Ruiz-Picasso, el primogénito del artista (que tuvo con la bailarina Olga Kokhlova), el niño tantas veces retratado en los brazos de su madre o vestido de arlequín.
[–> [–>[–>Christine, con Paulo, el genio malagueño y Jacqueline Rocque, entre otros, en 1953 / F. Bay
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La realidad posterior de Paulo fue muy diferente: siempre quiso ser ciclista o motorista (fue contratado como chófer por el pintor durante unos meses) y cuentan que frecuentemente sufría las humillaciones de un padre poco comprensivo. Murió de cirrosis en 1975. A su lado, Christine había visto, y sufrido, la trastienda del gran minotauro, del hombre controvertido tras el artista insaciable. Pero también conoció al artista que deseaba volver a su tierra y supo de primera mano del a la postre frustrado empeño de Juan Temboury Álvarez, entonces delegado provincial de Bellas Artes en Málaga, para que la obra del creador estuviera presente en la ciudad, la suya.
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A la muerte de Paulo, Christine heredó los picassos que le correspondieron al primogénito. Pronto se puso manos a la obra para cumplir el deseo de su suegro, pero Málaga no la entendió: cuentan que las autoridades a las que trató de visitar o no la recibían o no creían que la mujer lo dijera en serio.
[–>[–>[–>‘Picasso Clásico’
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El 10 de octubre de 1992, el genio regresó a Málaga con la exposición ‘Picasso Clásico’, más de un centenar de obras selectas de la etapa clasicista del artista y que fueron prestadas por museos y coleccionistas mundiales para ser exhibidas en el Palacio Episcopal. Para muchos, aquello fue el kilómetro cero de la actual Málaga cultural. Por esas fechas, la Casa Natal de Picasso recibió una inesperada visita que cambiaría la historia de la ciudad: una mujer que había visitado la muestra aparcó su coche en la Plaza de la Merced y avisó a los responsables de la Fundación Picasso de que en su maletero tenía algo que podría interesarles: diez libros con ilustraciones de Picasso fechadas entre 1947 y 1960. La mujer era Christine Ruiz-Picasso y, conmovida por la ferviente recepción a la obra picassiana por sus paisanos (3.000 personas la visitaron en su jornada de inauguración), quería que esos volúmenes de quien fuera su suegro estuvieran en su ciudad natal. Ahí empezó a nacer el Museo Picasso Málaga.
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Para efectuar su donación Christine sólo necesitaba comprobar que el compromiso de las autoridades era serio. Durante un paseo por el Centro Histórico, buscando el contenedor que pudiera acoger las obras picassianas, la nuera del genio recordó que alguna vez éste le había hablado del Palacio de Buenavista; fue a visitarlo y se enamoró del edificio. Ése era el lugar indicado. La entonces consejera de Cultura de la Junta de Andalucía, Carmen Calvo, hizo un triple mortal y compró el inmueble: aún no se había firmado la donación de obras de Christine. Pero la mecenas vio, por fin, que en Málaga se iba en serio con Picasso y en noviembre de 1996 estampó su rúbrica en el documento que acordaba la donación de 138 picassos. Después se sumó la donación de su hija, Bernard, y parecía que el Palacio de Buenavista se iba a quedar pequeño.
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el hijo de Pablo Ruiz Picasso, Claude; el nieto del artista, Bernard); y la consejera andaluza de Cultura, Carmen Calvo, durante la visita que realizaron hoy a las obras del Museo Picasso de Málaga en 2003 / CARLOS CRIADO
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Museo familiar
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Menuda, de ojos brillantes y que parecía haber sido pintada por su suegro, Christine Ruiz-Picasso sonreía como pocos el 27 de octubre de 2003, cuando, acompañada por los entonces Reyes de España, Don Juan Carlos y Doña Sofía, abrió las puertas de aquel museo familiar dedicado a la obra de un genio del que presumen muchas ciudades pero que sólo nació en una. Desde entonces, confió la tutela del museo cada vez más en su hijo y espació sus visitas a Málaga. En una de ellas, ‘Los Picasso de Antibes’ (2006), la mujer, discreta, contenida por naturaleza, se emocionó: al ver en el Buenavista algunas de las cerámicas de Picasso que contempló en el taller del genio en la Costa de Azul, en los años 50, echó un suspiro. «Imaginen lo que significa para mí, en la etapa final de mi vida, ver en Málaga estas obras«, compartió entonces con los periodistas. Descanse en paz.
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«Je suis désolée»: una frase para la historia
La vida del Museo Picasso Málaga, plácida y estable, sufrió una conmoción eso sí con un episodio protagonizado por la propia Christine Ruiz-Picasso. La mecenas criticó duramente «la utilización política y oportunista en periodo polémico electoral» de la obra ‘Sueño y mentira de Franco’ en la exposición temporal ‘Viñetas en el frente’, alegando que en el diseño de la exposición no se había consultado la opinión de la familia. Entonces se escuchó la frase por la que la francesa ha pasado a la historia de los mentideros culturales malagueños: antes de la presentación de la muestra, en el Patio de la Higuera del Museo y ante la sorpresa de todos, la principal legataria mantenía una airada conversación con el consejero de Cultura, Paulino Plata, y le expresó su malestar con el ya mítico «Je suis désolée, je suis désolée» («Lo siento, lo siento») con el que se negó a inaugurar la temporal. Después le pediría por carta a Plata la dimisión del entonces director artístico del centro, José Lebrero. Finalmente las aguas volvieron a su cauce tras una intensa tarea casi diplomática entre la Junta y Bernard Ruiz-Picasso.
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