MUNDIAL 2026 | Locura en las calles argentinas después de la victoria ante Inglaterra
Bastó que el árbitro estadounidense Ismail Elfath pusiera el punto final para que un país saliera a las calles a festejar el triunfo argentino por 2-1. Doble victoria, porque el seleccionado celeste y blanco pasó a la final de Mundial y el sueño del bicampeonato gana consistencia, y porque fue ante Inglaterra. Abrazos, llantos, gritos, en las casas y en el espacio público. Sonaron los cláxones. Estalló la pirotecnia. Los que vieron la semifinal apiñados frente al televisor, nerviosos, en una habitación y los que eligieron una plaza y la pantalla gigante, aquellos que eligieron un bar o un teléfono, todos estuvieron cortados por la misma emoción. «El que no salta es un inglés», gritaron en el estadio de Atlanta. El mismo grito se replicó en cada escena del carnaval espontáneo y a la ve tan esperado. «Somos únicos», dijo Lionel Scaloni, el entrenador, después del partido, y millones argentinos quieren creerlo con los cantos y bailes interminables. No se trata solo de ganar sino de ser además campeones mundiales de la emotividad capaz de convertir el sufrimiento en éxtasis.
[–>[–>[–>«Que de la mano de Leo Messi/todos la vuelta vamos a dar», gritaron los jugadores y, también en ese caso se repitió la escena en clave multitudinaria. Millones de casacas celestes y blancas dibujando la fisonomía de hombres, mujeres y niños. Casacas que exaltan una nación aunque sean en su gran mayoría confeccionadas en China mientras la industria textil nacional se hunde. Esas sutilezas carecen de sentido por estas horas que buscan ser interminables.
[–> [–>[–>La rivalidad con Inglaterra le añadió el componente de paroxismo que pasa del campo de juego a la historia de un litigio soberano. Y aunque no tiene ninguna consecuencia diplomática ni política, los argentinos quieren creer que una batalla simbólica se ha ganado ante Inglaterra. Un puñado de jugadores, entre ellos Giovani Lo Celso, colocaron sobre el césped una bandera blanca con letras negras y la leyenda «Las Malvinas son argentinas». «Por los pibes de Malvinas», corearon los protagonistas de la hazaña deportiva y aquellos millones que esta noche les han hecho un lugar en sus altares hogareños.
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«A puro corazón», tituló Clarín, para explicar lo sucedido. La intensidad de los latidos conecto a Atlanta con las vibraciones de los argentinos que no viajaron. Corazones acelerados, intensos, dispuestos a dar rienda suelta a esa sangre caliente. El Obelisco, a pocas cuadras de la sede del Gobierno, volvió a convertirse en un lugar de encuentro. La procesión comenzó a llegar desde distintos barrios y la periferia. El precio del transporte se ha encarecido, y muchos decidieron caminar. Lo importante era llegar, sumarse a la creciente ola de júbilo. Mañana será otro día, más cerca del domingo, pero nadie sentía en cada calle, en cada esquina, en cada plaza, pero el festejo carecía de sentido.
[–>[–>[–>El desahogo de Messi fue el de un país. «Esto es una locura. No la trates de entender», dijo el portal Infobae, como si quisiera explicarle a los desprevenidos, a caso extranjeros, que no hay nada que explicar cuando sobran las palabras. Argentina está otra vez en una final. Messi acrecentó su gloria. Scaloni comparte ahora el privilegio que solo tenía Carlos Bilardo que es haber llevado al equipo a la instancia definitiva en dos ocasiones.
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El estremecimiento prometía prolongarse por horas, y es apenas el anticipo de esa «locura» que «no se puede entender» que podría irrumpir el domingo si Argentina le gana a España en Nueva York y ante la mirada atenta de Donald Trump.
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