Música, memoria y gratitud
Han pasado veinticinco años desde los conciertos benéficos celebrados en Cangas del Narcea y en Sevilla con la participación de Montserrat Caballé. El tiempo, que tiende a simplificar los recuerdos, acaba también por desdibujar cómo se gestaron realmente los hechos. Cuando los acontecimientos dejan de ser actualidad y pasan a formar parte de la memoria colectiva, fijarlos con precisión es casi una obligación, más aún cuando algunos de sus protagonistas ya no pueden hacerlo por sí mismos.
[–>[–>[–>Asumí entonces la organización del concierto de Cangas del Narcea, incluida la interlocución con los intérpretes, los colaboradores, los patrocinadores y los distintos gestores implicados, movido por el agradecimiento hacia la labor callada y generosa de las órdenes religiosas que, con verdadera devoción, cuidan de nuestros mayores. Desde esa misma responsabilidad impulsé posteriormente el recital celebrado en Sevilla. Es desde esa doble condición –la de organizador y la de intérprete– desde la que considero oportuno dejar constancia de cómo se construyeron y se vivieron aquellos encuentros.
[–> [–>[–>Sirva, por tanto, este escrito como homenaje y agradecimiento a una de las más grandes sopranos que ha dado la historia de la ópera. Tuve el honor y la fortuna de compartir escenario con Montserrat Caballé en dos conciertos benéficos inolvidables: uno celebrado en Cangas del Narcea, en la iglesia del Monasterio de Corias, y otro en la Catedral de Sevilla.
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Aunque no se trataba de los grandes teatros ni de los circuitos internacionales en los que ella se movía habitualmente, para mí supusieron una oportunidad única y maravillosa de compartir escenario y músicas universales con una artista de talla excepcional, y de comprobar de primera mano que su grandeza artística iba acompañada de una generosidad humana verdaderamente extraordinaria.
[–>[–>[–>Ambos conciertos fueron benéficos, lo que significaba que no habría contraprestación económica alguna. Lejos de ser un obstáculo, este hecho fue un acicate y parte esencial del atractivo del proyecto. El recital fue compartido a partes iguales entre nosotros dos, y en él se creó una atmósfera especial que encandiló al público, que llenó por completo estos marcos incomparables de Corias y Sevilla: dos escenarios muy distintos, pero unidos por un mismo espíritu, el de la generosidad y la finalidad solidaria a favor de los ancianos de los asilos de ambas localidades. La fotografía que acompaña este escrito pertenece al concierto celebrado en Cangas del Narcea. Aunque no siempre reflejan con la fidelidad deseable la intensidad y el clima artístico de aquel recital, poseen un incuestionable valor documental, al dejar constancia de un acontecimiento único e irrepetible y del espíritu solidario que lo animó, razón por la cual se trae aquí a colación.
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Es de justicia señalar que este concierto fue posible gracias también a Carmina Rodríguez, de la Casa del Rey de Villarino de Cibea, en Cangas del Narcea, quien me pidió en el año 1998 que organizara un concierto a beneficio de las monjitas de la beneficencia. Lo que ella no podía imaginar entonces es que pudiera contar con Montserrat Caballé para dar al acto el esplendor que merecía, con motivo, además, del centenario del asilo.
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[–>El resultado artístico fue magnífico, y también lo fue el económico, que al fin y al cabo era el objetivo principal. En este sentido, es obligado agradecer la colaboración de los grandes empresarios de la zona –José Cosmen Adelaida, Francisco Rodríguez García, Efrén Cires y otros menos conocidos pero igualmente generosos– que hicieron posible que el balance final fuera un éxito rotundo. Gracias a todos ellos se pudo entregar un cheque por más de dos millones y medio de pesetas (entonces aún eran pesetas) al asilo de Cangas.
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En el plano artístico, la actuación estuvo al nivel que cabía esperar de Montserrat Caballé. En cuanto a mí, debo decir, con la máxima modestia, que supuso un acontecimiento decisivo en mi vida profesional. De aquel encuentro nació una frase que guardo como un tesoro, y que transcribo aquí con absoluta literalidad, tal como ella la pronunció:
[–>[–>[–>«Joaquín tiene la voz de tenor más bonita de cuantas yo he conocido».
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Soy plenamente consciente de que estas palabras no son sino una muestra más de su generosidad, fruto del cariño que me dispensó, y reflejo de la grandeza de una artista inmensa hacia un colega con una trayectoria más modesta. Nos permitimos algunas licencias musicales y expresivas, magníficamente secundadas por el excelente pianista Manuel Burgueras, que fue nuestro pianista tanto en Cangas como en Sevilla, junto al gaiteiro Manolo Quirós.
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Gracias, Montserrat.
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Por tu arte, por tu humanidad y por tu generosidad.
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