No se trata de elegir
Borja Fernández es coordinador general de Unión Rural Asturiana (URA)
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Hace poco más de un año, los agricultores y ganaderos asturianos decidieron otorgar su confianza mayoritaria a Unión Rural Asturiana. No fue una victoria de unas siglas, sino la expresión de un sector que reclamaba una defensa firme de su futuro. Como coordinador general de URA, y como uno de los pocos jóvenes que ha decidido desarrollar su vida en el campo, creo necesario responder a las palabras del presidente de ASCEL.
[–>[–>[–>El debate sobre el lobo no puede reducirse a una sucesión de sentencias, recursos o interpretaciones jurídicas. Mientras unos hablan desde los despachos, otros convivimos con esta realidad cada día. Y esa diferencia es fundamental para entender lo que ocurre en el medio rural. Los ganaderos no estamos contra el lobo. Quien afirma eso desconoce la realidad. Somos precisamente quienes mejor conocemos la montaña y quienes más hemos contribuido a conservar el paisaje que hoy identifica a Asturias.
[–> [–>[–>El lobo forma parte de nuestro patrimonio natural y nadie plantea su desaparición. Lo que defendemos es algo mucho más sencillo: conservar una especie no significa renunciar a gestionarla. Ese principio se acepta con absoluta normalidad para otras especies silvestres cuando generan daños o desequilibrios.
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Sin embargo, cuando se trata del lobo parece convertirse en un tema intocable. Gestionar no es eliminar. Gestionar significa buscar el equilibrio entre la conservación de la biodiversidad y la continuidad de quienes mantienen vivo el territorio. Los datos oficiales del Principado reflejan que Asturias cuenta actualmente con alrededor de cincuenta manadas, distribuidas prácticamente por toda la comunidad. Su expansión ha llevado la presencia del lobo a zonas donde hace pocos años era excepcional, incrementando los ataques y la conflictividad. No es una opinión, sino la consecuencia lógica del crecimiento de cualquier población silvestre.
[–>[–>[–>Mientras tanto, la ganadería extensiva sigue realizando una labor ambiental que pocas veces se reconoce. Cada explotación mantiene abiertos los pastos, reduce el riesgo de incendios, favorece la biodiversidad y conserva un paisaje que constituye uno de los principales atractivos de Asturias. Ese patrimonio natural no existiría sin generaciones de ganaderos que han cuidado el territorio mucho antes de que existieran las actuales políticas de conservación. Quienes reducen el problema a una indemnización económica desconocen la realidad del campo.
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Un ataque no supone únicamente la pérdida de un animal. Detrás hay años de selección genética, inversiones, trabajo y un importante desgaste emocional. Muchas pérdidas ni siquiera llegan a indemnizarse porque nunca aparecen los restos de los animales. Tampoco es realista afirmar que todas las medidas preventivas resuelven el problema. La orografía asturiana y el modelo de ganadería extensiva hacen inviables muchas de las soluciones que, desde la teoría, parecen sencillas.
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[–>Los mastines ayudan, los cercados son útiles en determinados casos y la prevención debe seguir mejorándose, pero ninguna de esas herramientas sustituye una gestión responsable de la especie. Lo verdaderamente preocupante es que cada vez resulta más difícil convencer a un joven para que continúe en la ganadería. Al incremento de costes, la burocracia y la falta de rentabilidad se suma la sensación de que quienes viven y trabajan en la montaña soportan en solitario las consecuencias de unas decisiones tomadas muchas veces lejos del territorio.
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Desde Unión Rural Asturiana defendemos que la conservación del lobo y la continuidad de la ganadería son perfectamente compatibles, siempre que exista una gestión basada en datos científicos, en la evolución real de las poblaciones y en el conocimiento del medio rural. Lo incompatible es exigir que toda la carga de esa convivencia recaiga exclusivamente sobre los ganaderos. La verdadera pregunta no es si queremos más lobos o más ganado.
[–>[–>[–>La pregunta es qué Asturias queremos dejar a las próximas generaciones. Porque el día que desaparezca el último ganadero no solo perderemos explotaciones. Perderemos pueblos, paisaje, cultura y una forma de gestionar el territorio que ha hecho posible el paraíso natural del que hoy todos nos sentimos orgullosos. Conservar el lobo es importante. Conservar a quienes mantienen vivo el medio rural es imprescindible.
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