Nunca me imaginé en una farmacéutica pero me siento útil
El nuevo edificio Estel de Barcelona no solo ha reanimado un barrio del Eixample que convivió largos años con una mole de hormigón abandonada, sino que se ha convertido en un imán de talento internacional y motor de actividad económica. La farmacéutica AstraZeneca ha sido uno de sus motores, al crear su hub barcelonés, que copa nueve plantas del inmueble y sumará a final de año unos 2.000 trabajadores de al menos 66 nacionalidades en nómina. Pero una de sus principales virtudes para Barcelona es que ha permitido el regreso por la puerta grande a numerosos profesionales brillantes que antes tuvieron que marcharse lejos para abrirse camino. Estas son tres de sus historias.
[–>[–>[–>Núria Folguera, matemática: «No siempre es fácil volver a España»
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Nacida en 1991 y con un cerebro hiperdotado para las matemáticas, Nuria Folguera se licenció en la materia por la Universitat Autònoma, pero enseguida focalizó su talento en la matemática aplicada a la biología con un máster en Bath (Reino Unido) y el posterior doctorado en el Centre de Recerca Matemàtica, que la catapultó a un postdoctorado de cuatro años en Londres. Encontró ese empleo porque quería investigar y aquel era un centro pionero, donde pudo avanzar en la «modelización matemática de células madre». Aún le cuesta explicar su trabajo de forma que lo entiendan la mayoría de los mortales, pero su objetivo sí queda claro: quería aterrizar la teoría en «el mundo real, más allá del académico», relata.
[–> [–>[–>Comentando esas inquietudes con un amigo biólogo, este le comentó que sabía de un puesto «ideal» para su perfil en AstraZeneca, que consiguió en 2021 en la sede de la farmacéutica en Cambrigde. Trabajó como Senior Scientist en Medicina de Sistemas en un edificio que incorpora laboratorio. La inmersión en ese mundo la fascinó, pero cuando la empresa empezó a crecer vertiginosamente en Barcelona surgió una plaza que le permitía regresar «a casa», donde tenía familia y amigos de siempre. «Era fácil volver en ese momento, no siempre lo es en España», señala. Esta vez las condiciones eran «muy buenas». Así que cogió un avión de vuelta en 2023, rumbo a un puesto en el área de Bio Pharma. La evolución del hub barcelonés de la compañía, que ha concentrado sus diversas sedes locales en una, en el edificio Estel, ha dado alas a su vida profesional y personal.
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Ana Folguera, en una de las áreas de trabajo de AstraZeneca en el edificio Estel. / MANU MITRU / EPC
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Ahora sus padres entienden lo que hace, bromea. Su equipo recoge datos de pacientes y crea modelos matemáticos que se puedan explicar, de ese modo el modelo predice la concentración en sangre de un producto. Un proceso que está detrás de los medicamentos que en Europa aprueba la agencia reguladora EMA, y que ahora la mantiene a la expectativa de un resultado sobre una novedad para el cáncer de mama que no sabrán hasta junio. Folguera, que tambén ejerce la docencia puntualmente –«me gusta enseñar que lo que se estudia tiene aplicaciones»– trabaja en un equipo de farmacometría de seis personas en la capital catalana, junto a otra en Estados Unidos y otra en Reino Unido.
[–>[–>[–>Ese bagaje hace que haya normalizado hablar casi todo el tiempo en inglés dentro del edificio Estel, donde se siente en su medio natural. Y eso que el regreso ha supuesto pasar de los pisos compartidos e incluso habitar un piso londinense en solitario –gracias a los precios de la pandemia– a vivir en la actualidad con sus padres en Sant Cugat. No porque no pueda sufragar un alquiler, sino porque prefiere «ahorrar para comprar». Y eso que, al incorporarse, la empresa ofrece un servicio de ayuda para encontrar vivienda y un mes de alojamiento.
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Además de los retos profesionales y grandes posibilidades de promoción, del hub barcelonés de AstraZeneca destaca las políticas laborales de flexibilidad horaria y confianza en el trabajador. Pueden teletrabajar dos días a la semana («solo necesito un ordenador y llamadas») y los otros tres eligen cuándo entrar por la mañana entre las 7.00 y las 10.00 horas. Cumplen su jornada de 40 horas semanales (con pausa para comer) a la carta, según su agenda. Hay quien prefiere hacer un ‘break’ para bajar al gimnasio o luego quedarse hasta más tarde, por ejemplo, ilustra. Porque la diferencia horaria con otros países si tienen eventos en ‘streaming’ implica a veces conexiones a deshoras.
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[–>Ella trabaja en la planta 10ª, pero no tiene silla fija: así se incentiva que la gente se mueva e interactúe, con zonas específicas para ello. También frecuenta la cantina de AZ y dispone de tickets restaurant también válidos en negocios del barrio. En esa pequeña Torre de Babel «se promueve la actividad social» y es frecuente que de forma espontánea surjan actividades de fin de semana, sobre todo entre los empleados foráneos. En su caso, sus pasiones son nadar y escuchar música. Y le gusta moverse en FGC y no utiliza coche de empresa. «Nunca me imaginé en una farmacéutica, pero aquí me siento útil», remata.
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Ana Gardía del Molino, experta en IA, de Singapur a Sants: «Es un reto continuo»
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A sus 35 años y nacida en Esplugues (Baix Llobregat), Ana García del Molino es de las que han sumado mucho kilometraje antes de apostar por el regreso a casa. Se licenció en Telecomunicaciones, luego se especializó en video y multimedia, en lo que trabajó una década, hasta que sintió la necesidad de «probar en otra industria». Esta doctorada, que nunca había operado en Bio Pharma, se incorporó a Astra Zeneca en Barcelona como ingeniera de Inteligencia Artificial, con el cargo actual de directora asociada.
[–>[–>[–>Su talento ha guiado su cosmpolita carrera. Al acabar la carrera ya optó por hacer su proyecto final en Tokio (2013), gracias a una beca de La Caixa, mientras que el doctorado la llevó un año después a Singapur, donde entró en el mundo laboral desarrollando modelos de predicción de riesgo para contenido multimedia en TikTok, explica. Su experiencia en sistemas de modelos de inteligencia artificial fue «relevante para AstraZeneca».
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Lo suyo no fue un salto directo. En 2023 quiso tomarse un respiro y pensó en volver a casa. Pero primero llegó la decisión de volver a Barcelona, «por proyecto familiar» con su marido catalán, antes de enviar currículos con la esperanza de poder quedarse. Eso sí, la pareja eligió el camino de vuelta más largo, por carretera en cuatro meses recorriendo India, Pakistán, Irán, Turquía… Y una vez en la capital catalana eligió el barrio de Sants, ahora en solitario. Pero confiesa que en cuanto detectó en LinkedIn la posición que ofrecía AstraZeneca vio su oportunidad de echar el ancla de verdad. Y al día siguiente ya tenía una entrevista, que acabó con una oferta en firme en mes y medio. En 2024 se incorporó a las sedes de la calle de Estruc y la Diagonal en Barcelona, mientras se construía el Estel, en cuya transición final colaboró.
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Ana García del Molino, en la sede de AstraZeneca donde trabaja como Ingeniera de Telecomunicaciones. / MANU MITRU / EPC
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¿Cuál es su misión? Los científicos de su equipo desarrollan modelos de IA para nuevas proteínas (base del fármaco), así como modelos de visión en la evolución de la revisión de un cáncer dentro de un ensayo clínico. Y Ana les da soporte para ponerlos en producción y que lleguen a pacientes médicos, de forma que sean robustos para su aplicación en los diferentes problemas a tratar. El centro para IA integra a una treintena de personas, pero en Barcelona son 14 (seis son ingnieros), que dan apoyo a equipos del hub y de otros países.
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Confiesa estar como pez en el agua en la farmacéutica, porque en su entorno mantiene la multiculturalidad que ya respiró en Singapur y porque su tarea es «un reto continuo, siempre con innovación«. Requiere llevar las nuevas tecnologías a un sector que «se mueve muy rápido y es muy enriquecedor y estimulante», detalla. «Permite sinergias y colaborar de un modo que florece todo», agrega.
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Además, comparte experiencias vitales con quienes también se marcharon un día de Barcelona y ahora han vuelto, y de hecho ha hecho buenas amistades más allá del horario laboral, cuenta la ingeniera. «Incluso pasé el Fin de Año con compañeros», exclama esta profesional, que en su tiempo libre desconecta con manualidades y elaborando productos naturales como hobby. En verano practica la vela: «Puedo dejar el equipo en una taquilla, ir y venir». «Estoy muy bien aquí», afirma sobre su nueva etapa barcelonesa, porque se siente «muy valorada». Y aunque no planea el futuro, sabe que el entorno le permitirá crecer y embarcarse en proyectos únicos.
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Francesc Muyas, genetista: «Vuelves por la oportunidad y la calidad de vida»
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Otro treintañero de historial impresionante añade un perfil más a la muestra de cerebros privilegiados que se exprimen para innovar en tratamientos médicos. Francesc Muyas nació en Benicarló (Castellón), en el seno de una familia relacionada con la ciencia. Y tras acudir a una presentación de carreras universitarias le atrajo como un imán la de Genética, que entonces solo se impartía en la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB), explica. Tras licenciarse hizo un máster en Bioinformática y luego el doctorado en Biomedicina y Bioinformática, entre las universidades Pompeu Fabra y de Tübingen (Alemania).
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Combinando estudios y prácticas remuneradas, se forjó en un centro de regulación genómica, y fue profundizando en la secuenciación del ADN en un contexto de cáncer. Ese giro a la biología más aplicada en el tratamiento efectivo de la enfermedad se hizo aún más vocacional cuando, durante su etapa en Alemania, trabajó con casos reales de pacientes femeninas. «Dio realismo a lo que hacemos, a veces los científicos solo trabajamos con un ordenador y allí tenía sentido ver que todo el trabajo era para ayudar al paciente». Podían estudiar si los tratamientos funcionaban y las probabilidades de recaídas.
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El genetista Francesc Muyas en el edificio, con Barcelona al fondo. / MANU MITRU / EPC
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El siguiente paso le llevó a Cambridge (Reino Unido), por ser el país que más invierte en investigación desde el ámbito público. «Hay un ecosistema entre empresa y mundo académico», valora. Durante cuatro años se especializó en caracterizar mutaciones durante la evolución tumoral, con numerosas publicaciones y presentaciones internacionales, hasta que se sintió motivado por contribuir directamente a la creación de fármacos oncológicos. «Tuve que decidir si ser jefe de un equipo de investigación o ir a la industria farmacéutica para poder aplicar ese conocimiento», resume.
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Y la casualidad quiso que un jefe de AstraZeneca que impartía una charla le hablase de contrataciones para el gran proyecto de Barcelona. «Era una buena oportunidad, apliqué para un puesto y todo fue rápido«, rememora. Llegó a la ciudad, buscó piso y empezó a trabajar cuando el Estel estaba mutando. Su tarea abarca saber mediante datos qué pacientes pueden responder mejor a tratamientos y sugerir nuevas terapias si hay mejor pronóstico. Todo ello desde el punto de vista computacional, porque aunque cueste imaginar, en el hub de Barcelona no hay laboratorio. Y cada vez cuentan con más ayuda de la IA para automatizar las imágenes de tumores.
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Actualmente, con 34 años, es director asociado y su grupo de Biología Computacional (dentro de Ciencia de Datos de Oncología) investiga desde otros países y con otros horarios. Aunque él es el único en Barcelona, es un trabajo «100% de ordenador» y siempre intercomunicados. Analizan y validan datos que vienen y vuelven del laboratorio.
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¿Cómo es volver a casa para un científico? «Barcelona está más cara que cuando me fui, pero ya no tengo que vivir en una habitación. Con libertad económica te puedes permitir más cosas y he podido comprar un piso en la zona de Verdaguer«, explica a este diario. Espera que su pareja regrese de Cambridge y mientras tanto mantienen la relación a distancia. Tiene claro que la capital catalana le aporta «calidad de vida, cultura, sol, amigos…», además de cercanía la familia. Le es fácil sumar amistades del trabajo. «Quedas para tomar algo, para un billar o alguna actividad», narra, encantado de contar con extras, como el pequeño gimnasio del edificio al que baja cuando necesita un respiro. O la «calidad de la cantina», donde se puede comer bien sin salir de AstraZeneca.
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