Otro berrinche de Trump
El enfado de Donald Trump con la OTAN es más una confirmación que una sorpresa. Nadie debería extrañarse con este último berrinche del presidente de Estados Unidos. Durante años, ha tratado a la Alianza Atlántica como un club de deudores morosos, una estructura útil solo en la medida en que sirva a los intereses inmediatos de Washington, más exactamente a él mismo. Ahora, ante la negativa de los socios europeos y Canadá a implicarse en una eventual escalada en Irán, Trump reacciona como quien se siente traicionado por un pacto que nunca terminó de comprender. Su argumento es simple, casi infantil, en la formulación de que Estados Unidos acudió en ayuda de Ucrania y, por tanto, Europa debería corresponder. Sin embargo, la comparación se tambalea. El apoyo estadounidense a Kiev, aunque decisivo en ciertos momentos, nunca ha sido suficiente para inclinar la balanza de forma definitiva. Persiste la sospecha incómoda de que la relación de Trump con Putin ha estado más cerca de la contemporización que de la firmeza estratégica. Esta ambigüedad erosiona cualquier apelación moral a la reciprocidad y sí sorprende, debido a las relaciones que Estados Unidos históricamente ha mantenido con sus viejos aliados.
[–>[–>[–>Trump insiste en que la ayuda europea no es necesaria mientras advierte que tampoco olvidará a quienes se niegan a ayudarlo. Lo más llamativo no es la contradicción sino el creciente desgaste de su figura incluso entre sus propios fieles. El universo MAGA, que durante años convirtió cada uno de sus exabruptos en virtud, empieza a mostrar fisuras. No tanto por un desacuerdo ideológico como por una fatiga ante la incoherencia. Pronto solo le quedará el apoyo de Santiago Abascal y de cuatro sediciosos populistas más dispuestos a fotografiarse con él para obtener un supuesto rédito político, que cada vez es menor de un sujeto principal tan controvertido como dañino para la estabilidad mundial. Por no decir, la salud de la inteligencia.
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