Oxígeno
«La abuela Concha me tapaba hasta arriba, y, al llegar las mantas hasta mi nariz, sentía el calor de mi propia respiración (…) Un beso en la frente, una luz encendida en el pasillo, y la despedida: ‘Hasta mañana si Dios quiere’». El nuevo libro de la escritora Marta Jiménez Serrano, a la que le he tomado prestado este fragmento, habla de una situación personal vivida por la propia autora y su pareja en la que ambos estuvieron a punto de morir por inhalación de monóxido de carbono debido a una caldera en mal estado. Esas palabras corresponden a la página veintisiete del libro, una página en la que me tuve que quedar un tiempo porque (el poder de las historias, de la literatura) me llevaron inevitablemente a mi abuela Adoración, a mi abuela Isolina, a mi madre repitiéndome cada noche ese «si Dios quiere» que al principio no interpretaba de ninguna manera, pero de cuya dimensión fui consciente en un punto concreto de mi vida y, sobre todo, de lo que acarreaba: ¿qué es que Dios puede no querer?, ¿es posible que no haya un mañana?, ¿es posible que no vaya a despertarme más y no vuelva a sentir cómo te arropan antes de irte a dormir? No recuerdo el momento exacto en el que ese miedo me asaltó, como tampoco recuerdo cuándo dejó de importarme lo que el Dios en el que tanta fe tenían depositadas mis abuelas y aún tiene mi madre quisiera hacer conmigo.
[–>[–>[–>«Debería uno conservar el recuerdo de la última vez que caminó de la mano de su padre» escribe Antonio Muñoz Molina en «El viento de la luna» y tampoco soy capaz de ir al instante de esa última vez, pero sí puedo recordar la seguridad que me ofrecía, la sensación de que nada malo te podía pasar cuando ibas agarrado a sus manos.
[–> [–>[–>Y estos dos libros de los que hablo no tienen nada que ver entre ellos, pero creo muchas conexiones en mi cabeza que me llevan también al hoy. En el año 1969 el hombre llegó a la luna y ese instante, en los ojos del niño que podemos adivinar que era Muñoz Molina, supuso tomar dimensión de que existía otro mundo más allá de las manos de su padre, un mundo que ya no podía seguir comprendiendo con mirada infantil. Se hacía mayor como se hacía mayor todo lo que lo rodeaba.
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Y Marta Jiménez Serrano nos habla de ella misma tirada en el suelo del baño, inconsciente, después de haber inhalado monóxido de carbono por culpa de una arrendataria que vivía en EEUU y a la que poco le importaba la seguridad de unos inquilinos de su piso de Madrid. Nos habla de eso, pero a mí también me habla de mis abuelas y de miedos infantiles y de un mundo presente en el que parece que nadie se preocupa de arropar a nadie y en el que necesitamos más que nunca Oxígeno.
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