Pachanga en La Habana
Las imágenes que nos llegan de Cuba parecen indicar que hay fiesta en La Habana. Uno entiende que el calorcito caribeño, el contagioso balanceo del son y el frescor obnubilante del mojito incitan más al baile que al duelo. Sin embargo, cualquiera diría que los militantes alborozados, que llenan aviones y barcos, y los bailoteos por las calles de la vieja capital más que desafiar al imperialismo, celebran el final del régimen. Pancartas más propias del «flower power» que de la decadencia del régimen de los barbudos, trasnochadas proclamas anti yanquis y consignas con un vetusto bouquet acumulado en el último medio siglo podrían hacernos creer que la guerra fría no ha terminado.
[–>[–>[–>Más de seiscientos delegados de 33 países y 120 organizaciones, convocados por la Internacional Progresista, Code Pink y The People’s Forum, se dieron cita el pasado fin de semana en la capital cubana. Unos llegaron en avión y otros formaron parte de la flotilla «Nuestra América, Convoy a Cuba», procedente de varios puertos mexicanos, con 30 toneladas de ayuda humanitaria. Su intención era demostrar que se podía romper el bloqueo norteamericano.
[–> [–>[–>La delegación española viajó en avión. Estaba encabezada por el ex político Pablo Iglesias, hoy casi magnate de los medios, director de Canal Red, con sedes en Madrid y México y acuerdos de colaboración con la televisión estatal china. Le acompañaban los diputados Gerardo Pisarello (Sumar) y Javier Sánchez (Podemos), el senador Mario Zubiaga (Bildu) y María Teresa Pérez, secretaría internacional de Podemos.
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En la pintoresca comitiva internacional, figuraban históricos de la izquierda como el ex líder laborista Jeremy Corbin y el activista británico Owen Jones; el influencer estadounidense de origen turco Hasan Piker; el sindicalista neoyorquino Christian Smalls; el grupo de rap irlandés Kneecap; y las parlamentarias colombianas María Fernanda Carrascal y Clara López Obregón, entre otros. En suma, los restos de una izquierda cuya última referencia en el poder era –aún es– el castrismo.
[–>[–>[–>A los expedicionarios se les ha acusado injustamente –pura demagogia– de alojarse en lujosos hoteles de cinco estrellas. Deberían saber esos acusadores que el lujo de La Habana ya no es lo que era. Uno tuvo el gusto de pernoctar hace un par de años en el legendario y vetusto Hotel Nacional –cinco estrellas–, el de los mafiosos. El ostentoso aspecto exterior contrasta con unas tuberías obsoletas que devuelven las aguas residuales por la taza del váter, una marquetería de puertas y ventanas carcomidas por las termitas y, eso sí, dormitando por las esquinas, decenas de conserjes, botones, maleteros, recepcionistas, gobernantas, empleados de mantenimiento, guías y demás funcionarios atrapados por la burocracia.
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Los participantes en la cumbre de turismo político del pasado fin de semana nos han ofrecido unas idílicas postales de La Habana actual. Especial mención merece el videoclip de Pablo Iglesias, grabado por el servicio de prensa de Díaz–Canel. Contrastan esas imágenes con el panorama retratado por el nada sospechoso periodista Jon Lee Anderson en su crónica para «The New Yorker». Algunos datos: Uno de cada cinco cubanos ha dejado la isla en los últimos cinco años, los turistas han desaparecido, los apagones son constantes, la basura hace tiempo que ha dejado de recogerse de las calles, los conductores hacen hasta 24 horas de cola para reportar en las gasolineras. El gobierno prácticamente ha colapsado.
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[–>Cuenta Lee Anderson que un amigo suyo, leal a la Revolución desde hace décadas, le llegó a decir: «Ya no me importa cómo suceda, pero esta situación tiene que terminar».
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Que al régimen le ha llegado su hora parece seguro. La actual realidad es insostenible. Ojalá que el cambio no llegue de la mano de Trump, y que sus palabras –»tendré el honor de tomar Cuba»– se queden en bravuconada, en un mero intento de distraer la atención de sus fracasos en Irán. Pero se echa de menos una reacción un poco más contundente y ponderada de la Unión Europea, de la propia España, de gobiernos democráticos de izquierda latinoamericanos como los de México, Brasil o Colombia. Los cubanos no merecen ser abandonados a su suerte y La Habana no está para pachangas. n
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