Para dejar una banda hay que pagar con dinero o con sangre
Alejandro es un venezolano de 23 años que lleva en Madrid desde los 15. Al poco de llegar a España ingresó en los 42 (Forty-Two), una pandilla de origen latino y arraigada en Madrid. Ahora es un superviviente que ha conseguido salir de una banda. Porque, al entrar, se jura que no se abandonará nunca. «De ahí solo se sale pagando, con dinero o con sangre», cuenta a El Periódico.
[–>[–>[–>Él ha sido la excepción a la regla, porque no hizo ninguna de las dos cosas. Lo que él hizo fue rezar, costumbre que aún mantiene. Nos recibe en la sede de Fuerza Joven España, una división del Centro de Ayuda Cristiano, comunidad evangélica que se dedica a sacar a jóvenes de las bandas o de la prostitución. Con él lo consiguieron. «Y precisamente fue otro expandillero de Los Ñetas, nuestros grandes rivales, el que más me ayudó«, explica.
[–> [–>[–>A Alejandro lo captaron en su instituto. Los menores son su principal objetivo. Mentes mucho más permeables y manipulables que los adultos, y se enfrentan a menos años de condena por sus delitos. Él empezó relacionándose con alumnos «que hacían cosas distintas. Que fumaban, que bebían, cosas que yo no hacía en mi casa».
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La droga lo enfrentó con su familia y, con 15 años, se fue de casa. Ahí le tendió la mano la pandilla, dándole cobijo: «Me metieron a vivir con ellos en una casa ocupada. Pero me explicaron que, para quedarme, necesitaba ingresar. Si estaba con ellos, debía ser de ellos«. Y aceptó.
[–>[–>[–>Alejandro, en el centro, con sus compañeros durante su etapa como pandillero / Cedida
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42 golpes
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Todas las pandillas tienen sus ritos iniciáticos. La Mara 13 le pega al novato una paliza de 13 segundos. Para ingresar en la 18, le golpean durante 18 segundos. «En nuestro caso no eran segundos, sino golpes. Recibimos 42 cada uno de los tres aspirantes. Los tres con las manos levantadas haciendo el símbolo de la banda con los dedos. Si bajábamos las manos, vuelta a empezar».
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Aguantar la paliza le permitió quedarse en la casa, pero ahora empezaba su ‘mili’ particular: la llamada ‘probatoria’, el periodo en el que el recién llegado demuestra su valía: «Me dijeron que tenía que aportar. En las bandas se pagan cuotas. Y hay que trabajar. Robando, extorsionando o como yo empecé: vendiendo droga».
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[–>«A mí me dieron un pañuelo blanco y me dijeron que lo tenía que devolver totalmente rojo, lleno de sangre»
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Según cuenta Alejandro, son muchos los menores que transportan grandes cantidades de droga. Levantan menos sospechas. «Algunos van en patinete. Yo iba andando, en taxi, en Uber». Al parecer, se le daba bien vender además de transportar. Y eso llamó la atención de los jefes de la banda, que le citaron para ‘juramentar’.
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El juramento
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El ‘juramento’, además de ser el momento en el que se compromete para siempre con la banda, es una subida de rango. Porque las pandillas tienen cargos. El que manda es el ‘suprema’. El que recauda y guarda el dinero, el ‘tesorero’. Alejandro iba a ser ascendido a ‘soldado’. Pero eso requería otro ritual iniciático.
[–>[–>[–>«Cada banda tiene unos colores. Los Trinitarios, por ejemplo, que eran nuestros únicos aliados, el verde. Forty Two tiene el rojo. A mí me dieron un pañuelo blanco y me dijeron que lo tenía que devolver totalmente rojo, lleno de sangre«, recuerda Alejandro, requisito que cumplió en una pelea.
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«A las fiestas mayores íbamos armados, porque no íbamos a la feria sino a cazar miembros de bandas rivales»
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Tras el juramento cambió todo. «Nos repartieron los capítulos. Una banda se divide en capítulos según la zona en la que estés». Y los superiores les explicaron las nuevas normas: «Todos los miércoles teníamos que reunirnos en la casa ‘okupa’ y pagar la cuota, que podía ser de 50 euros o más. Si no pagabas una semana, recibías castigo. Si no pagabas en dos semanas, te ponían en ‘busca’ y recibías el doble castigo».
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Ser ‘soldado’ también implicaba implicarse en las peleas callejeras. Explica que «las noches fuertes de las pandillas aquí en Madrid son las fiestas de los pueblos. Antes de irnos, nos ponían en fila y repartían armas. Machetes, pistolas. Porque no se va a la feria. Se va a cazar a los de las bandas rivales».
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Adicción a la droga
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Para un niño de 15 años, pagar 50 euros todas las semanas es inviable. Y emprendió una huida hacia adelante: «Tuve que vender más droga. Pasé de la marihuana a la cocaína, al cristal. Y ahí me enganché. Consumía seis gramos de coca en dos días. Eso son 600 euros». Un círculo vicioso con el que no contaba.
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Peleas entre pandillas lo llevaron al hospital en varias ocasiones / Cedida
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Esa dinámica le llevó a los robos. Y a una escalada de violencia alimentada por su sentimiento de pertenencia a una familia: «Íbamos a los barrios a buscar dinero. A robar, a atracar. Nos encarábamos, buscábamos problemas. Yo he pegado golpes de bate, ‘litronazos’, puñaladas«.
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Una de esas noches, Alejandro y otros tres miembros de la 42 se encontraron con otros cuatro de una banda rival: «Le pegué tres puñaladas a uno que estaba sometiendo a mi compañero. Ellos consiguieron huir y yo fui a refugiarme en una discoteca. Al poco, se encendieron las luces de la sala y entraron unos 30 policías a por nosotros. Los cuatro fuimos presos. Los dos adultos fueron a Alcalá-Meco. Los dos menores pasamos unos días en el centro de menores».
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Represalias
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Por la agresión pagó 3.000 euros de indemnización, que sufragó su madre y le supuso la quiebra total de la economía familiar. Él empezó a dudar de la banda: «Te dicen que son una familia, pero te pegan si no les pagas. ¿Qué familia hace eso?». Su confianza se quebró del todo «la noche en que vi al ‘suprema’ de mi banda pedir dinero para irse con prostitutas con el dinero de las cuotas. ¿Ese dinero no era para abogados y para pagar indemnizaciones?».
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«»El que más me ayudó a salir fue un ex-Ñeta. Si nos hubiéramos conocido antes, nos hubiéramos matado».
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Empezaron las fricciones, las peleas. La última llegó por negarse a prestarle dinero a un compañero para drogas. Alejandro acabó recibiendo varios golpes con un bate de béisbol que le fracturaron varios huesos. «Ahí decidí volver a casa de mis padres. Llegué reventado justo cuando mi madre salía de la ducha para irse a la iglesia. Ella fue la que me trajo aquí».
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«Ellos te hacen sentir que te quieren como una familia, pero es mentira, te llevan por el mal camino y yo aún estoy pagando por todo aquello»
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En Fuerza Joven España encontró a gente con su mismo problema: «El que más me ayudó fue un ex-Ñeta. Si nos hubiéramos conocido antes, nos hubiéramos matado». Los 42 tomaron represalias al principio porque abandonó la banda. «Me iban a buscar a casa, averiguaban mi teléfono aunque yo lo cambiara. Pero al ver que no he ido a la policía a denunciar ni he cambiado de banda, sino que me dedico a rezar, se han olvidado de mí».
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Tras más de seis años en el grupo, reflexiona: «Ellos te hacen sentir que te quieren como una familia, pero es mentira, te llevan por el mal camino y yo aún estoy pagando por todo aquello. Familia de verdad solo hay una y ahora me ama, cuando antes no me querían ni ver por casa”. Y advierte de que el problema de las bandas «está muy en alza, aunque no se vea. Cada vez los captan más pequeños. Y ya no son bandas solo latinas, en la mía había españoles y también marroquíes. Son bandas juveniles y nadie está a salvo».
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