Parpadeos y mamoneos
«Organizar la imaginación como quien ordeña una ubre suele terminar en una mastitis severa».
Andrés Rábago, «Parpadea»
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I.- El parpadeo
[–>[–>[–>Se sabe, aunque no se piense, que mover los párpados es necesario para seguir viendo, abriendo y cerrando continuamente los ojos hasta el momento de la muerte, en que quedan abiertos como platos –hay que cerrarlos a mano–, nada viendo ya y nada mirando. Una prueba, entre otras, de que la muerte abre más que cierra –lo contrario siempre se pensó–. En torno a la muerte, también sabemos, hay mucho engaño y falsedad: es normal, única manera de soportarla. Y párpados, como cortinillas, que tienen la forma del ojo al que sirven, por eso algunos son como huevos, como platos y saltones. Y cerrados los párpados, se ve ya la calavera.
[–> [–>[–>La naturaleza, siempre sabia, a tal movimiento ocular, y para que sea con tino y cadencia, lo saca del consciente y lo entrega al inconsciente. Parpadeo que es una más entre las llamadas «excitaciones inconscientes», también llamadas, en masculino «actos reflejos», que no precisan de artificios o virguerías con las manos (manipulación), tal como ocurre con las excitaciones pecadoras y siempre conscientes del ombligo hacia abajo, del macho y de la hembra. Camilo J. Cela ya había escrito mucho antes de su último matrimonio: «Los seres irracionales son más gallardos y no engañan nunca».
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Confieso que, entre las situaciones de pánico vividas profesionalmente, una muy intensa me dejó huella; ocurrió cuando una mujer frente a mí, a la que escuchaba con paciencia de psicoanalista, dejó de repente de parpadear, mirándome fijamente como con ganas, y tuve hasta miedo, pues ignoraba si estaba, o muy viva, o muy muerta, ya cadáver. El desenlace del episodio lo contaré otro día, y ahora sólo añadiré que, por aquel espanto, me fijo con intensidad en los parpadeos de las personas, quedando así muy bien, pues creen que las miro y me preocupan: en realidad ni lo uno ni lo otro.
[–>[–>[–>Comprenderán los lectores y las lectoras que, al mostrar mi librero de cabecera –ya que se llama Valentín– el libro «Parpadeos», le dijera con zozobra e inmediatez que lo metiera en el carrito o cesta de la compra de su super / librería, de largos pasillos, que es parecida a un supermercado de productos de limpieza y de alimentos, que luego éstos tanto ensucian. Por cierto, a Valentín, en Grado, llaman Tinín, que recuerda a Pinín, que «de Pinón y de Telva ye sobrín». Aquel libro «Parpadeos» tiene un buen prólogo de Don Basilio Baltasar, del que ya escribí, aunque no recuerdo dónde.
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A ciertos nombres propios –Basilio es uno de ellos– doy trato de Don, en mayúscula, pues me recuerda «El Basilisco», que fue joya de la filosofía asturiana, que, a su vez, tanto me recuerda a otra joya «Los cuadernos del Norte», que fue la revista cultural de la fenecida con violencia y ensañamiento, la llamada Caja de Ahorros de Asturias, no sabiendo si esa revista forma parte de las cerca de cuatro mil piezas que compusieron los fondos de la Colección Cajastur, según confesión en el libro «Un siglo de mecenazgo», bajo la responsabilidad de Manolo Menéndez, último presidente de la Caja de Asturias.
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[–>Los parpadeos literarios de El Roto o de Andrés Rábago son también aforismos que, a su vez, son un género literario escueto, fugaz, lacónico y de frase concisa, como un adagio en música, que «de un solo golpe desvela lo embrollado», según Don Basilio. También los «pecios» de Sánchez Ferlosio son parpadeos (un Sánchez Ferlosio ya tarambana cuando se casó con la hija de un notario de Salamanca, Carmina Martín Gaite). Y el parpadeo número 675, que encabeza este artículo, resulta apropiado para esta tierra, la asturiana, de muchos ordeños, ubres y mastitis, con profesionales lecheros, de la contabilidad y de la cultura en sentido muy amplio y estirado, salidos de lo vacuno, sin haberse curado de la mamitis que llevan encima, cual roca como la de Prometeo, y con afanes de meter cuchara en todas las ollas.
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II.- Más mamoneo
[–>[–>[–>Acudo ahora al genio de George Steiner, nacido en París y fallecido en 2020, de genialidad heredada de su padre (Friedrich Georg Steiner) y de su madre (Elsie Franzos Steiner), ambos judíos en la Viena de los finales del siglo XIX y la de décadas del siglo XX; una Viena imperial y artística, cafetera y pastelera, austro-húngara y de lengua alemana en el centro («mittel») de Europa. Una Viena en la que vivían muchos sabios y artistas, siendo los judíos lo más entre los más sabios. Y Steiner pronunció un discurso en el Teatro Campoamor de Oviedo el 26 de octubre de 2001, que muy pocos y pocas entendieron, al recibir el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades. Hizo un discurso en inglés sobre la Lengua, la nueva Babel y me acordé del bable.
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Borja Hermoso fue el autor de un libro de entrevistas, titulado «La conversación infinita. Encuentros con la escritura y el pensamiento», editado por Siruela, con una cubierta original a base de dibujos de gestos de manos para el lenguaje de signos. En la contraportada se lee: «La entrevista es uno de los grandes géneros periodísticos».
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La primera entrevista del libro es a George Steiner que en la página 26 responde al autor: «Cuando yo estudiaba, la gente quería ser miembro del Parlamento, funcionario público, profesor… Hoy incluso el niño huele el dinero, y el único objetivo ya parece que es ser rico. Y a eso se suma el enorme desdén de los políticos hacia aquellos que no tienen dinero».
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En esa misma entrevista, a continuación de lo anterior, señaló Steiner lo atribuido al antiguo macedonio apellidado Aristóteles: «Si no quieres estar en política, en el ágora pública y prefieres quedarte en tu vida privada, luego no te quejes si los bandidos te gobiernan». La opinión de dos grandes sabios ha de ser –creo yo– garantía de verdad.
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Hoy, más que antes, los ricos son el todo y los pobres la nada. Los primeros apabullan y los segundos dicen amén; el más tonto, de pelotazos sabe mucho, lo cual da al ambiente, incluso a la ópera ovetense, un carácter de hortera, lo que no afirmo yo, sino que lo aseguran los exquisitos y pollitos, también estetas, del «Oviedín del alma», que desprecian a los del billar del Centro Asturiano, mirando por ventanales a Milicias Nacionales, calle ovetense antes con parada de taxis. Recuerdo en esa calle, además de a Federico, a Manolín, cuyo coche de punto era un Citroën Pato.
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Confieso que no milito ni en el grupo de los ricos o del pelotazo ni en el de los pobres con solemnidad, solemnidad profunda como de función catedralicia, en la que todo es santo, hasta las sábanas. Pasé, entre bufetes, escribanías y estrados, gran parte de mi vida en eso tan burgués –productivo o improductivo según se mire–, que es hacer escritos y rollos a cambio de dinero (ahora, todo lo hago de manera gratuita, que es más cristiano e impide la chapuza, propia de lo oneroso). Tanta escritura y rollos suponen tragar mucha tinta, que es también azul; y otra vez lo azul: el Real Oviedo, las chicas reinas que, como en la apicultura, se rodean –colmeneras ellas– de abejas y abejorros; la famosa División y la sangre de los reyes. Y añado ahora a la lista, el Bar Azul, de mucho serrín en el suelo y de mucho olor a centollo en el vuelo, que estuvo mirando a la Escandalera, cerca de la calle San Francisco a un lado y de la Heladería Los Italianos del otro.
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Una cosa es haber chupado tinta y otra ser «un chupatintas» o tinterillos, como algunos dedicados en exclusiva al bien común, excluida la Alcaldesa de Gijón que tiene beneficio por oficio serio y de mérito. Y hay otro «Parpadeo», pensando en los políticos y políticas en el libro de El Roto, que dice: «El cerebro también produce excrementos; en algunos casos, incluso se exponen o encuadernan». Lo cual es muy interesante en referencia a tantos que se fotografían sin ton ni son y que hasta escriben discursos.
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Y lo de llamar bandidos a políticos (Aristóteles) es cosa fuerte, aunque en estas últimas semanas, en España, es palabra de uso habitual, leyéndola varias veces en algunos periódicos, el jueves, 23 de abril, llamando bandidos a los cuatro innombrables de la presunta «organización criminal». Para entender bien a Aristóteles, que llamó idiotas a los que se dejaban gobernar, hay que tener en cuenta que los llamados clásicos, en lo referido a las pasiones, eran muy exagerados: los griegos llamaban ninfas a matronas con más de cien kilos de peso y los romanos llamaban Petronio a quien tenía pecas o manchas en la cara.
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Y ahora me aparto como lo que soy, un idiotés, a leer «El libro azul de los cuentos de Hadas», no de cualquier manera, sino parpadeando y no mamoneando si posible fuere, utilizando «un papel al 100% procedente de bosques gestionados con criterios de sostenibilidad».
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