Paseo en busca de autor
Un mes de febrero del siglo XIX, el patrono laico de quienes escribimos columnas en este país, Mariano José de Larra, se disparó un pistoletazo en la cabeza, en su casa, calle Claudio Coello, muy cerca del Retiro madrileño. Veintisiete añitos contaba, el pobrecito hablador. Cada uno de sus discípulos literarios tiene su modo de pensar y ajustar sus columnas en la mente antes de pasarlas al teclado. A un servidor, le gusta seguir el método del escritorazo Julio Cortázar: pasear pensando (junto a las olas de la mar, cantábrica). Ya no podré hacerlo. Me vuelve loco que me alaben (ironía); me tornan turulato las enhorabuenas (más); tener lectores es un regalo (cierto); provocar en ellos una sonrisa (o un enfadete) me alegra la semana (certísimo). Lo que me ha ocurrido es que todo el mundo parece saber perfectamente lo que debo escribir, ni una duda sobre el tema que elegir, tampoco sobre ritmo, modo ni tono. Arrancaba mi paseo sobre lo que mis compatriotas denominan La Escalerona (la número 4) del Muro o Paseo Marítimo. Un conocido habitual se apresura hacia mí:
[–>[–>[–>–Tú que escribes y tan canino eres, ¿por qué no haces un artículo sobre esto de los perros correteando por la playa? ¡Qué vergüenza!
[–> [–>[–>Se va malhumorado. Toma el relavo rauda una dama a la que conozco de la pescadería:
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–Anda, ya te vale con tus columnitas de no sé qué, en lugar de abordar la única verdad: España se rompe.
[–>[–>[–>Gano la escalera cinco, con sonrisa de cortesía.
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–Tú −vocifera un pintor de brochazo encaramado a una farola−. A ver si exiges que los perrines tengan más espacio y más hora en el arenal.
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[–>–Perdonad que os interrumpa −nos interrumpe otro viandante− pero yo creo que eso de que España se rompe es una gilipollez, ¿verdad?
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A la escalera sexta voy llegando y aún pienso que arribé con pie derecho, pues hacia la siete ensimismado voy llegando. Pero ahí me pilla el chiflado saltimbanqui habitual, camarero en excedencia de un bar de las inmediaciones:
[–>[–>[–>–¿Qué te suena mejor, tú, que escribes tanto: Onán vive en el Omán del imán o bien Omán y Onán toman Diazepam?
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Cubro sorteando exalumnos y exalumnas de cuyo nombre no quiero acordarme (están fondones, fondonas: ¡cómo de terrorífico me verán a mí!). Me reconoce una:
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–¡Profe! Te leo todos los lunes, pero te veo poco poético, escribe sobre la primavera, sobre las flores del campo.
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No le aclaro que en esta temporada salen mis artículos los miércoles.
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Otra dama, que afecta misterio, me reconviene con caída pestañil de turbiedades promisorias:
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–Eres muy frívolo.
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–¿Frívolo? Es un señorito, que no escribe nunca sobre el cambio climático −apunta un conocido sindicalista.
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Iba afearle su flagrante mendacidad, pero preferí sentarme en un banco a reposar de tanta y tanta recomendación, obligación, imposición, exigencia
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–Pues te voy a decir una cosa: no te leo cuando vas de culto por la vida, no me va. Esos martes no cuentas conmigo aforando en el quiosco −dice el presidente del club de voleibol barrial.
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–No le hagas caso a ese charrán, que lo único interesante de tus columnas es cuando (perdón) nos enseñas cosas y nos instruyes: que tamos como burros, como oveyas –me atrapa en fuego cruzado una mujer aguerrida.
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Los dejo atrás con el calla tú, calla tú, deja en paz al escritor… Llego al final del paseo que me propuse, al Puente del Piles. No cesan las indicaciones:
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–¿Y pa cuándo haces algo de los fichajes de fútbol, eh? A ver si pa este jueves, que te sigo siempre, –dice uno, que ni sabe el día en que escribo.
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–Te leo todos los sábados. ¿Puedo mandarte una novela inédita para ver qué te parece? Son unas mil páginas, –me ruega una joven pizpireta.
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Le digo que vale, que bien, que va. Que estas líneas solo son una homenaje al maestro Larra, muerto un marzo de 1809.
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