Paz como estrategia
Debido a su reiterada impostura, Pedro Sánchez se ha instalado en una paradoja política de difícil resolución. Incluso cuando acierta, muchos no le creen. Y los pocos que creen lo hacen porque se trata de elegir entre Sánchez o su némesis, como últimamente está tan de moda traer a colación. El caso es que su postura reciente en torno al «no a la guerra» intenta conectar con una sensibilidad social profundamente arraigada en España, pero llega lastrada por una desconfianza acumulada que desdibuja cualquier mensaje, por matizado o coherente que sea. El problema no es tanto lo que dice sino cómo suena. En política, la credibilidad no se construye en el instante, sino que se arrastra. Y Sánchez, a ojos de una parte significativa del electorado, ha convertido la ambigüedad en sospecha. Así, su rechazo a determinados conflictos o su apelación a la diplomacia internacional conviven en el imaginario colectivo con decisiones pasadas, no tan distantes, que muchos interpretan como contradictorias. El resultado es un ruido constante que impide distinguir convicción de cálculo.
[–>[–>[–>Mientras tanto, su base más fiel permanece inalterable. No es un fenómeno nuevo, pero resulta cada vez más evidente que una parte del electorado no juzga tanto las decisiones como el bloque al que pertenecen. En ese marco, Sánchez puede defender una cosa y la contraria sin perder respaldo entre los suyos, del mismo modo que la oposición encontrará difícil reconocerle aciertos sin erosionar su propio relato. La política española ha entrado de ese modo en una fase de trincheras emocionales donde la razón pesa menos que la identidad. Ya no se trata de Ucrania, de Oriente Próximo o de cualquier otro escenario internacional. Es quien lo utiliza. Y en ese terreno, el presidente del Gobierno se enfrenta al desafío de reconstruir una credibilidad que no dependa del bando, sino de la coherencia. Sin confianza, la paz suena a estrategia y cálculo.
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