Peleas de futbolistas
Dice Florentino Pérez que los futbolistas se pelean desde que el balón es redondo y el sueldo de los artistas obsceno. Lo que ha hecho el presidente merengue es describir, sin pretenderlo, un tratado de antropología básica. El vestuario es la vida misma, solo que con más músculo y en calzoncillos. Una oficina en la que, en lugar de correos pasivo-agresivos, vuelan botas y espinilleras.
[–>[–>[–>Antes se discutía por un mal pase; ahora, además, por ideología. Algo que ya ocurría desde Menotti y Bilardo, izquierdas y derechas en danza. La polarización ha entrado hasta el área pequeña: o juegas como yo, o eres el enemigo del pueblo. O militas en mi club impoluto o en el de Negreira.
[–> [–>[–>En los últimos años trascendieron broncas de campeonato, como cuando un galés del Liverpool, Craig Bellamy, decidió que la mejor manera de reforzar el espíritu de equipo era amenazar a un compañero, el noruego Riise, con un palo de golf. Falta grave, pero elegante.
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El fútbol español siempre ha sido de resolver conflictos a las bravas. Que se lo pregunten al griego Tsartas, que tras un desplante descubrió que “Mami” Quevedo creía firmemente en el aprendizaje experiencial: el andaluz le cogió por los testículos y el pescuezo en la ducha por haberle recriminado en el césped un mal pase. “Si lo vuelves, a hacer, te reviento la cabeza”. Mensaje recibido, asunt resuelto.
[–>[–>[–>Estas cosas pasan en el fútbol, en la comunidad de vecinos y en las cenas familiares donde algunos no se hablan, pero todos repiten postre. El balón no ha cambiado al ser humano: solo le ha puesto sueldo millonario, micrófonos y cámaras cerca y la falsa ilusión «rousseauniana» del buen salvaje.
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