Pesadilla de uniforme
La siguiente pesadilla, no es broma, la tengo más o menos una vez al mes. El director de mi colegio (¡no puedo decir cuál!) se pone en contacto conmigo y con mis compañeros de curso, hoy ya notables cuarentones. Nos informa de que los exámenes de Selectividad que hicimos hace más de dos décadas no fueron reglamentarios: un error burocrático los ha invalidado y la ley nos obliga a regresar al colegio. Pero no solo para hacer la Selectividad, sino para cursar de nuevo toda la ESO y el Bachillerato. Es necesario «resetear» toda nuestra educación secundaria. La lógica interna de los sueños siempre es así de retorcida; suele meter el cuchillo un centímetro más hondo en los abismos de la angustia.
[–>[–>[–>Así que allá nos plantamos mis coetáneos y yo, en el colegio. Con nuestros 40 o 41 tacos a cuestas. Con nuestras calvas, entradas, barrigas, patas de gallo y labios recauchutados. Y nos ponemos el uniforme: el jersey, el polo, los pantalones nosotros, las faldas ellas. Y nos sentamos en nuestros pupitres color verde pálido. Y aguantamos horas y horas de clases de Lengua, Matemáticas, Historia, Química y Francés. Y los profesores vuelven a reñirnos cuando cuchicheamos, vuelven a sacarnos a la pizarra a resolver una ecuación, vuelven a mandarnos toneladas de deberes.
[–> [–>[–>Al mismo tiempo, mientras se nos fuerza a revivir esta etapa escolar, nuestros asuntos adultos no desaparecen. En eso el sueño sí mantiene un realismo aplastante. Acabadas las clases, tenemos que cumplir con nuestras tareas laborales y familiares. Debemos hacer malabares para lidiar con esta ESO que se ha incrustado en medio de nuestras vidas como un meteorito caído del cielo. La pesadilla no tiene una narrativa nítida y estructurada, no existe una fluidez argumental. Ya saben cómo son los sueños: ofrecen más bien una amalgama de sensaciones y emociones, un collage de imágenes cosidas por un estado de ánimo.
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Este tipo de sueños relacionados con etapas escolares o universitarias (asignaturas aún pendientes, exámenes que en realidad no se aprobaron…) son bastante comunes. La psicología suele atribuirlos al famoso «síndrome del impostor» (no creerse merecedor de los propios logros) o al miedo a la regresión forzada (tener que empezar de cero cuando ya deberíamos estar consolidados). Pero, sobre todo, la ciencia sospecha que es la manera que tiene la mente de procesar ansiedades actuales, recreándolas en escenarios de nuestra vida pasada. La escuela fue nuestro principal campo de pruebas emocional: ahí aprendimos por primera vez qué se siente ser evaluado, tener plazos, miedo a fallar en público y obedecer a la autoridad. Cuando surgen tensiones de la vida adulta, durante el sueño el cerebro busca en su archivo emocional las experiencias más parecidas, y es ahí cuando aparecen los exámenes y las aulas.
[–>[–>[–>No obstante, mi pesadilla también suele contener un giro de guion que acaba haciéndola algo más grata (y juro que es verdad). La obligación de retornar al colegio me parece tan injusta, tan desmesurada, que decido investigar como periodista ese presunto fallo administrativo con el que el director ha justificado nuestra reeducación. Y descubro que, tal como sospechaba, ese error jamás existió: fue una artimaña utilizada por el puro placer sádico de obligarnos a todos a volver a ponernos el uniforme y someternos al régimen del profesorado. Y publico el escándalo en la portada de LA NUEVA ESPAÑA, creando una reacción en cadena de dimisiones e investigaciones policiales.
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Y entonces me despierto y, una vez más, me llevo la desilusión de que todo era un sueño. Al final, la pesadilla no lo era tanto.
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