Populismo de los territorios
Hay una geografía del malestar que analiza el sentimiento de los territorios que se sienten agraviados, olvidados. No se inquieten, los espacios periféricos no estamos solos. Más de la mitad de los territorios europeos pierden dinamismo económico, y en extensión, vamos a más. El problema es que vivir instalados en la reivindicación es una posición tan cómoda como ineficaz; se parece a aquel particularismo nihilista del que hablaba Ortega.
[–>[–>[–>Es una posición cómoda porque construye un relato y facilita un guion. Es el sueño de los mediocres. Es ineficaz porque esta dinámica no supera en la inmensa mayoría de los casos, el estado de caricatura. Bajo el manto de agraviados y el papel de víctimas, se vive en un malestar cómodo, previsible, pero a largo plazo, letal. Es un teatrillo que señala enemigos topográficos, que abusa del concepto pueblo en detrimento del de ciudadano -ese del que se nos olvidan a veces las obligaciones-, y aporta ideas simples a problemas complejos. Unido a esto suele aparecer el esfuerzo por fabricar identidades, un experimento de alto riesgo y, a la vez, una muestra de lo que sí es propio: las inseguridades y los complejos.
[–> [–>[–>Mientras nos entretenemos en debates que se evaporan más allá de las montañas, ocurren cosas. La dinámica de dependencia territorial aumenta, no tanto por la pérdida de vigor de los territorios periféricos sino por la del crecimiento exponencial de cada vez un menor número de verdaderos centros. En otras palabras, hay menos centros, pero más pujantes y hay más periferias, más avanzadas que en el pasado, pero cada vez más lejos de las dinámicas de crecimiento central.
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Para corregir esto, emerge a menudo la tentación del pensamiento de ayer, seguir creyendo que las infraestructuras equilibrarán una balanza que sin embargo no hacen más que profundizar los desiguales flujos entre centro y periferia. Dos polos de desigual atracción privilegiarán el intercambio en una dirección. Es casi una ley física. Busquemos otros caminos.
[–>[–>[–>Probablemente los territorios periféricos debemos acostumbrarnos a vivir en la incertidumbre. Pero también a poseer algunas seguridades. Estas no vendrán de la mano del agravio ni tan siquiera de la ayuda. Son las que dependen de nosotros mismos. Esa seguridad en el pasado nos la proporcionaban los recursos energéticos y nuestra tradición industrial. Vino una ola que afirmó que esto era antiguo, caduco. Y muchos territorios periféricos vieron una puerta a un cambio de modelo, aunque el resultado fuera quedarse con el cambio, pero sin un modelo. Curiosamente son las dos claves que siguen distinguiendo a los territorios que ganan: las fuentes de energía y su capacidad industrial. Situados en el cambio, las periferias muestran hoy los movimientos más activos en contra de la instalación de actividades que se vinculan con riesgos ambientales, sean reales o imaginarios. Es la resistencia, aunque no sepamos a qué.
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El lenguaje populista de los territorios es sencillo pero soez. Descarga todas las responsabilidades en los demás, con la fortuna que además están lejos. Consumen esfuerzos, aspiran a mantener -el camino directo pero lento hacia perder-, y malversan los sentimientos ciudadanos frente a otros territorios en lugar de gestionar las competencias propias. Y para colmo, a veces destilan un gusto a los coros y danzas. Es la mala política. El camino inverso requiere proyecto, es más costoso, más lento, no ofrece milagros, obliga a ajustes y a un baño de realidad previo a los hechos. Consiste en proyectar el futuro estableciendo fronteras ambiciosas pero realistas, en hablar de nosotros mismos y menos de lo que los demás pueden hacer por nosotros. Financiación justa para hacer efectiva la condición de ciudadano -suena jacobino, pero sigue siendo el mayor avance de nuestra era- e iniciativa y proyecto propios. La Silicon Saxony de Sajonia, la región de Skellftea en Suecia o el programa de Villages d’avenir en Francia son buenos ejemplos de ello. Puede que sea la hora de las periferias.
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