por el paciente y por un médico con condiciones seguras
En los últimos días, asomarse a las redes sociales basta para detectar un patrón inquietante: cuentas anónimas, recién creadas, dedicadas casi en exclusiva a atacar a los médicos. No discuten propuestas; señalan. Ese ruido, amplificado después en tertulias radiofónicas y televisivas, enturbia un debate que debería ser técnico y honesto: por qué la sanidad pública sigue sosteniéndose sobre jornadas límite, guardias interminables y una precariedad organizativa que ya pasa factura.
[–>[–>[–>Se insiste en una falsa dicotomía: o pacientes o médicos. En el Sistema Nacional de Salud (SNS) eso es un error de concepto, porque el paciente es el centro del sistema. Y precisamente por eso, como médico, defiendo que hablar de cargas de trabajo, guardias y descansos no es corporativismo: es seguridad clínica. Cuando se normalizan guardias extenuantes y déficits crónicos, quien acaba pagando es el enfermo: más lista de espera, más rotación de profesionales, más medicina defensiva y menos tiempo clínico real.
[–> [–>[–>Para no discutir ese fondo se recurre a etiquetas («corporativismo», «privilegiados», «elitistas») o al argumento fácil de la «vocación». La vocación se ha convertido en coartada: si protestas, «no la tienes»; si pides descanso, «quieres privilegios». Pero la vocación no se proclama en un plató: se demuestra. La trayectoria médica suele superar once años (grado, preparación del MIR y especialidad) y, además, asumimos una responsabilidad civil y penal real. Resulta ofensivo escuchar que «no hay vocación» en quienes sostienen el servicio cuando falta personal y el paciente no puede esperar.
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También se repite que el nuevo Estatuto «elimina» las guardias de 24 horas. No es cierto: quedan previstas como excepción en fines de semana y festivos, en puestos de difícil cobertura y bajo una supuesta «voluntariedad» que, en la práctica, suele significar plantilla corta y presión asistencial. Y persiste lo esencial: las guardias siguen tratándose como tiempo laboral de segunda. En un sistema donde atendemos problemas graves, ignorar que el cansancio compromete la seguridad del paciente es una paradoja.
[–>[–>[–>A todo ello se suma la conciliación. La medicina es trabajar, en muchas ocasiones, cuando los demás descansan: noches, fines de semana, festivos y turnos cambiantes. Estos días ha circulado una imagen que lo resume todo: la fotografía de una niña sosteniendo un cartel que dice «Esta semana 90 horas sin ver a mamá». No es propaganda; es vida real. Y la falta de conciliación no solo desgasta a las familias: rompe equipos, dificulta la continuidad asistencial y, al final, vuelve a perjudicar al paciente.
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Quiero ser muy claro: nunca se ha pedido excluir al resto de categorías del SNS de mejoras. Me alegraré de cualquier avance para enfermería, técnico en cuidados auxiliares de enfermería, celadores, administrativos o cualquier otro colectivo. Defender lo público es defender a todos los que lo sostienen. Precisamente por eso rechazo la acusación de clasismo. Cuando se nos dice «si sois como todos», uno podría responder con ironía: perfecto, pongamos entonces a todas las categorías del SNS con guardias obligatorias, promedios de 48 horas semanales y sin cobrar nocturnidad, peligrosidad ni fines de semana. A ver si eso lo firman los sindicatos de clase. El absurdo de la propuesta evidencia el absurdo del argumento: lo que no es aceptable para otros, no debería serlo para los médicos.
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[–>Una huelga siempre perjudica; por eso es el último recurso. La crítica madura no es decir «esto molesta al paciente» —eso ya lo sabemos—, sino preguntar: ¿Cómo hemos permitido que el SNS dependa del desgaste de sus médicos para sostenerse?
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