¿Por qué hay tantos cráteres en la Luna?
El programa Artemis II ocupó las portadas de los medios de comunicación y supuso un cierto hito para la humanidad. Como es sabido, consistió en un vuelo con cuatro astronautas (una mujer y tres hombres) a bordo de la cápsula espacial Orion, lanzada desde el Centro Kennedy de la NASA en Florida, completando con éxito un viaje de diez días alrededor de la Luna, del 1 al 10 de abril de 2026. Representó una misión tripulada alrededor de la Luna, tras más de medio siglo, desde el Apolo 17 en 1972, programa cancelado por su elevado coste. Se ha batido el récord de distancia con 406.780 kilómetros y documentado la cara oculta de la Luna, sorprendiendo las imágenes al mostrar la cantidad de hoyos que conforman su superficie, algunos de los cuales nunca habían sido observados hasta el presente.
[–>[–>[–>Constituye el inicio de un apasionante programa de explotación espacial, consistente no solo en pisar la Luna, sino también en construir una base estable, utilizar sus recursos naturales y vislumbrar la posibilidad de catapultar desde allí hacia otros planetas. Sin embargo, Artemis se sustenta en criterios geopolíticos estratégicos del tipo ¿quién será el primero en la carrera espacial, EE.UU., China o Rusia? Parafraseando a Shakespeare «esa es la cuestión».
[–> [–>[–>El verdadero reto no es llegar hasta ella, sino descifrar en profundidad los secretos de su subsuelo, ya que hay evidencias de que el regolito lunar aparece como un espacio geológico natural de enorme interés al albergar elementos críticos muy cotizados por la tecnología, entre ellos tierras raras y varios metales (platino, hierro y magnesio). Por otro lado, las pesquisas han confirmado la presencia de hielo en los polos, un recurso vital para futuros asentamientos y para fabricar combustible con técnicas de disociación del agua. Además, la capa de polvo y rocas de la superficie satelital contiene notables reservas del isótopo helio-3 ―casi inexistente en la naturaleza terráquea― que se postula como el combustible idóneo para los futuros reactores de fusión nuclear dado que produce energía sin generar peligrosos desechos radiactivos.
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La pregunta que se hicieron muchos observadores del colosal evento fue ¿por qué la cara oculta, la que nunca vemos, está tan densamente craterizada? La explicación es bastante sencilla, durante mucho tiempo el satélite sufrió la colisión de multitud de meteoritos y/o asteroides, dejando como testimonio los cráteres ahora visibles. Piénsese que la Luna posee una antigüedad de unos 4.510 millones de años, 30 millones más joven que la del planeta azul, del que procede por el encontronazo gigantesco contra la proto-Tierra de un cuerpo gigante del tamaño de Marte, denominado Theia.
[–>[–>[–>El que se conserven estas depresiones circulares está motivado porque la Luna presenta una exosfera muy tenue compuesta por escasos gases (helio, neón, argón y trazas de hidrógeno), por lo que se encuentra sin protección de la radiación solar directa y de los meteoritos, con temperaturas extremas y sin clima (no hay viento, nubes, lluvia, ni ríos), es decir, no actúan mecanismos geodinámicos que erosionen las marcas de los impactos. Asimismo, en el pasado también existió actividad volcánica, pero de forma mucho menos habitual. En suma, muestra un ambiente hostil que imposibilita la vida sin protección artificial.
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Al contrario de lo que ocurre en la Luna, la Tierra se caracteriza por disfrutar de una densa atmósfera, consistente principalmente en nitrógeno (78 %), oxígeno (21 %) y otros con predominio del argón (1 %), que la protege de radiaciones externas y de los golpetazos de cuerpos celestes, así como proporcionar una regulación térmica y una meteorología que permite la existencia de seres vivos. Este éter se puede mantener gracias a la mayor gravedad existente y a su campo magnético, hechos que no ocurren en nuestro satélite natural (con una gravitación una sexta parte inferior a la que padecemos) y explican la razón que le impide retener los fluidos atmosféricos.
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[–>Los aerolitos que nos acechan con cierta asiduidad se desintegran, en un 90 % de los casos, antes de impactar, debido a la fricción extrema que se crea al entrar en la capa gaseosa terrestre a velocidades supersónicas (de hasta 260.000 kilómetros por hora). Este roce con el aire genera temperaturas que llegan a superar el punto de fusión de los bólidos, originando un rastro brillante identificativo de las estrellas fugaces. No obstante, recuérdese que algunos cráteres se convirtieron en emblemáticos, caso del de Chicxulub (México) que provocó a finales del periodo Cretácico (hace unos 65 millones de años) una extinción masiva eliminando el 75 % de las especies, incluyendo a los dinosaurios no avianos.
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De todas maneras, la inmensa mayoría de la información obtenida por el Artemis II ya se conocía con anterioridad al ser adquirida con diferentes sondas de exploración interestelar. Es pues necesario que se vuelva a producir un contacto directo para progresar en la investigación geológica.
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