PP/Vox: incógnitas y relativas certezas
Una de las mayores incógnitas de estos momentos reside en la relación entre PP y Vox. Como saben ustedes, en su día, obedeciendo una orden, y con el pretexto de los menores no acompañados, Vox abandonó los gobiernos de Murcia, Comunidad Valenciana, Extremadura, Aragón y Baleares. Desde ese momento, elección tras elección, no ha parado de crecer de forma notable. Añádase que su negativa a permitir gobernar al PP en Extremadura y Aragón en las recientes elecciones autonómicas no le ha supuesto daño alguno. ¿Podrán seguir impidiendo la formación de gobiernos en esas comunidades? ¿No serán capaces PP y Vox de entenderse para ello? Ir a una repetición electoral en Extremadura, Aragón y Castilla León parece un escenario indeseable para ambas formaciones. Porque nadie sabe cómo reaccionarían los ciudadanos llamados otra vez a las urnas.
[–>[–>[–>Pero no olvidemos que un partido es, entre otras cosas, una empresa, un negocio –en términos acaso demasiado negativos–, y su interés es crecer al máximo y tener las mínimas pérdidas. En un acuerdo entre las dos formaciones de derechas, en una cesión que se perciba como excesiva del PP hacia Vox, el PP corre el riesgo de perder votantes más centristas y, sobre todo, excitar la recuperación del espectro de votantes del PSOE, menguando así sus posibilidades de triunfar en las generales y, tal vez, en las inmediatas autonómicas de Andalucía. Por el lado de Vox, si no queda claro que son ellos quienes se imponen, aventuran el venir a ser percibidos por sus votantes «como los demás», que es una de las razones, la de aparecer como que no lo son, por las que vienen creciendo.
[–> [–>[–>En último término, no nos engañemos, la responsabilidad de la política es de los ciudadanos, de quienes votan y de quienes no lo hacen: cada papeleta emite, por separado o en conjunto, una ilusión, un deseo, un cabreo, un castigo, sin mucha valoración, en general, de la verosimilitud de sus ilusiones o de la posibilidad de sus deseos, ponderando más el estado de ánimo o la adscripción a un discurso del emisor que las consecuencias de su voto.
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En la medida en que no los conozco a todos, diría yo que en el conjunto de votantes de la derecha una cierta valoración establecida sobre el gobierno de Rajoy –el de la «derechita cobarde» o el de que no hacen nada distinto al PSOE cuando mandan, al no eliminar sin contemplaciones la legislación de este– ha calado profundamente, independientemente de la justicia o realidad de esos juicios, de la falta de matices. Y ello los hace votar a un partido que presuntamente no vaya a incumplir esas promesas de radical separación del socialismo que esperan ver realizadas. Diría yo, además, que, al igual que los soldados de Napoléon, muchos de los votantes de derechas llevan en su mochila un bastón de mariscal, y, por ello, emiten su juicio desde una cierta superioridad moral y preeminencia de inteligencia sobre la «tropa» de los políticos de su bando emocional.
[–>[–>[–>Es ese un segmento importante de los votantes de Vox, otro, como se ha señalado, es el de la juventud, que lo es en un alto número, un 50% de los menores de 30 años manifiestan serlo, según algunas encuestas, especialmente, los varones. Apuntemos que esa, la del radicalismo, el votar a los extremos, es una «enfermedad» permanente de la juventud. Al igual que hoy lo hacen por Vox, hace décadas los jóvenes eran entusiásticamente marxistas o comunistas. La «pureza» de los abascalinos, el salir de los gobiernos, el negarse a pactos, refuerza esa idea de radicalidad.
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Pero hay otro factor importante en esa querencia abascalista, que es una adscripción emocional y de protesta contra ciertos discursos dominantes y la ejecución de los mismos. Como he señalado en algún debate público hace poco, los jóvenes están fartucos de que los adoctrinen y sermoneen a diario, «por tierra, mar y aire», sobre qué deben pensar, cómo deben actuar, cuál es la senda de lo bien visto y cuál la de lo mal visto. El análisis podría ser extenso, pero me voy a reducir a la conclusión que se extrae de una anécdota. Hace pocas semanas. Un concurso entre escolares de proyectos, digamos, de ingeniería. El equipo que lleva el segundo premio está formado principalmente –no sólo– por varones; el que lleva el primero, por hembras. Los de la «medalla de plata» están convencidos de que su proyecto era mejor, pero que no han obtenido el primer galardón porque en el equipo rival eran casi todo mujeres. ¿Ha sido de ese modo? No importa, lo decisivo e ilustrativo es que quienes piensan eso, alumnos posados y responsables, están convencidos de que ha sido así, porque saben que ese es el discurso actuante a todas horas sobre muchas cosas.
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[–>En el caso de las féminas ocurren cosas semejantes, aunque de otra índole. Menudean, por ejemplo, los discursos y charlas «instructivas» para que más mujeres se hagan ingenieras, porque hay menos que varones en esos estudios y profesiones. Entre las de mi quinta –y ya hace tiempo que he sido quinto–, hubo amigas y familiares que escogieron –dentro de sus posibilidades económicas– licenciarse en carreras técnicas. También en las de mis hijos, sin tradición familiar, porque libremente quisieron. ¿Alguien impide hoy hacerlo a las muchachas contemporáneas? Nadie. Y, sin embargo, venga discurso, venga ronquiella para hacerles ver que, en el fondo, no serán buenas ciudadanas –o buenas mujeres, vaya usted a saber–, si no cumplen con las expectativas estadísticas que algunos han decidido que deberían cumplir. Velis nolis.
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Podría seguir señalando la ceguera de algunos partidos sobre algunas realidades, o poner más ejemplos del raca-raca a que, desde la infancia, se somete a los jóvenes, de un sexo y otro, no crean. Frente a ello, los de Vox gritan –sin pudicia, es cierto, sabiendo que la realidad no los compromete a otra cosa que a la proclama–, y aparecen como quienes enfocan los problemas frente al silencio o la tibieza de los demás.
[–>[–>[–>Como diz L’Evanxeliu de San Matéu: «El que tengo oyíos p’atolenar qu’atolene».
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