Preguntas con eco
A veces planteamos preguntas cuya respuesta parece innecesaria, pero aun así conviene formularlas en voz alta por aquello del eco. ¿Para qué necesita un Gobierno el mayor desembolso en asesores y cargos de confianza de toda la democracia? ¿Para gobernar mejor… o para gobernar más cómodo?
[–>[–>[–>Desde la llegada de Pedro Sánchez a La Moncloa, el gasto en altos cargos designados a dedo se ha disparado hasta duplicarse. Ya son alrededor de mil los fontaneros eventuales y casi la mitad de ellos están en Presidencia. No hablamos de funcionarios de carrera ni de técnicos imprescindibles, sino de esa nebulosa de asesores cuya utilidad concreta rara vez se explica con claridad. Son muchos, cada vez más, y curiosamente siempre necesarios. Imprescindibles, dicen. No hay quién se lo crea. España, nos cuentan, es hoy un país más exigente y sofisticado, necesitado como nunca de expertos. Pero sospecho que, bajo esa capa de supuesta tecnocracia, late una lógica más antigua, la del poder que se rodea de leales. Un asesor no solo asesora; también acompaña, protege, filtra, justifica. Es red de seguridad política y, en demasiados casos, recompensa y refugio a costa del contribuyente. Cuando el número crece sin medida, la frontera entre necesidad y conveniencia se vuelve difusa. Muy difusa. Y si el precio que pagamos supone, además un desembolso de 80 millones de euros, el daño resulta demasiado abusivo.
[–> [–>[–>De ahí que las preguntas incómodas vuelvan a aparecer: ¿para qué? ¿Para mejorar la gestión o para sostener una estructura de fidelidades? ¿Para servir al interés general o para apuntalar el propio? Un sarcasmo fácil sería sacar a relucir eso tan manido de «sostener cubatas». Exagerado, sí, aunque no del todo inocente. Porque cuando el gasto público se percibe como ajeno al ciudadano, cuando parece responder más a intereses internos y sectarios que a necesidades reales, la desconfianza se desborda hasta el punto de desorbitar cualquier juicio ponderado.
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