Que la anécdota no te impida ver las estrellas
Tengo una conocida que habla usando los dos géneros. «Los chicos y las chicas» o «los trabajadores y las trabajadoras». En encuentros informales usa expresiones como «la ciudadanía está harta de aguantar situaciones insostenibles» o «el profesorado y las familias deberían alinearse para favorecer al alumnado». Para ella, la igualdad es incuestionable y una de sus formas de demostrarlo es ésta. Para mí, también, pero soy más arcaica. Me siento encorsetada durante nuestras charlas y acabo liándome conmigo misma. Para ser inclusiva, declamo frases eternas y cuando estoy en el predicado debo volver al sujeto para recordar qué quería decir. Soy incapaz de escribir «Querid@s amig@s» sin padecer una crisis de ansiedad. Así que voy a evitar a la conocida.
[–>[–>[–>Hace poco me apunté a un curso de creatividad, improvisación y expresión corporal. El grupo era un conjunto de personas de edades, vestimentas y oficios distintos con ganas de desconectar y de pasarlo bien. Para romper el hielo, los profesores nos pidieron que nos presentásemos y dijésemos el pronombre personal con el que nos identificábamos. Clara se decantó por elle. Si, durante una escena, Pepito se liaba y se refería a elle como ella, todo se paraba y volvíamos al principio. A Clara no parecía molestarle tanto como para rebobinar el ejercicio, pero los referentes docentes (voy aprendiendo) tenían claro que lo primero es lo primero. Un día, alguien representó a una señora de la limpieza y, para construir su personaje, utilizó acento sudamericano. Y se armó la marimorena. Nos sentaron en círculo y enumeraron las líneas rojas infranqueables. No perpetuar los estereotipos de género. No dar por sentado que determinados oficios los asume alguien de una procedencia determinada. No usar expresiones del heteropatriarcado. No tocar al partenaire de la escena sin su consentimiento expreso y nos aconsejaron que sólo interpretásemos a personajes homosexuales si nosotros mismos lo éramos. Esa homilía fue el coitus interruptus de la creatividad y de la diversión y algunos nos fuimos de cañas para llorar nuestras penas. Dejé el curso y me apunté a yoga, una actividad mucho más alineada con mi edad e intereses actuales.
[–> [–>[–>A pesar de haber pasado por el filtro de «vamos a exagerar un poco la historia», he vivido estas dos situaciones en mis propias carnes. Además de ridículas, son peligrosas. Poner el foco en la anécdota provoca que perdamos el rumbo y obviemos lo importante. Admitamos que es improbable que quien cuida a un familiar mayor sea hombre y sueco. Lo relevante es que quien lo haga pueda ejercer sus derechos y cumplir con sus obligaciones. Que sea y se sienta respetado. Lo esencial no es que te refieras a Clara como elle. Lo esencial es que pueda ser quien es y que se la reconozca en su entorno, sin miedo ni vergüenza.
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Los logros y avances se consiguen gracias al debate público serio y con normas aprobadas por consenso. Si nos dedicamos a jugar en las ligas de lo banal o en las del aleccionamiento sobre cómo ser políticamente correctos y no morir en el intento, para cuando lleguemos a la primera división estaremos agotados y rozando la sátira.
[–>[–>[–>En este 2026 espero que sepamos reconocer lo que de verdad importa, que no perdamos el tiempo y que nuestras elecciones traigan prosperidad para todos (todas y todes).
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