¿Quién espía a la prensa en Italia?
Ni siquiera se dio cuenta. Un mensaje que no abrió ni llegó a ver. Entró en su teléfono y así empezó todo. Francesco Cancellato, director del medio digital Fanpage y periodista conocido por sus incisivos artículos críticos con el Gobierno de Giorgia Meloni, acababa de publicar un libro de investigación sobre la extrema derecha europea. Poco después, su teléfono fue objetivo de Graphite, una nueva generación de programas espía de grado militar desarrollado por la empresa israelí Paragon, capaces de infiltrarse con «cero clic». Es decir, sin que el usuario tenga que interactuar con ningún enlace o archivo malicioso y, además, extremadamente difíciles de rastrear.
[–>[–>[–>Cancellato lo supo por una alerta que recibió a través de un servicio de mensajería instantánea. Aún hoy recuerda con exactitud ese instante. “Era el 31 de enero de 2025, a las 14:38, y me llegó una notificación que decía que mi teléfono había sido atacado”, explica. Desde entonces, reconstruir lo ocurrido se ha convertido, dice, en una agotadora carrera de obstáculos, ya que nadie —hasta la fecha— ha reconocido oficialmente haber ordenado el espionaje. «Lo que aún no sé es el grado de infiltración. Este software entró a través de WhatsApp y, desde ese momento, tomó el control de todo el teléfono. Lo que es seguro es que, a partir de ahí, la persona que me espió tuvo, como mínimo, acceso a todas las conversaciones, también las cifradas, que intercambié en esa aplicación con amigos, colegas, familiares, fuentes, periodistas, políticos. Todos», relata.
[–> [–>[–>Un caso muy oscuro
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El laboratorio especializado Citizen Lab, de la Universidad de Toronto, y, este pasado mes, las propias fiscalías de Nápoles y Roma, han confirmado el espionaje con este costoso software, que además supuestamente se vende principalmente a Estados para operaciones relacionadas con el terrorismo y la seguridad nacional. Ya el año pasado, una comisión parlamentaria italiana reconoció oficialmente el uso de Graphite. En concreto, el 5 de junio, el COPASIR —el comité encargado de supervisar los servicios de inteligencia— publicó el informe de su investigación sobre el caso Paragon. En él, se admitía que el Estado había utilizado el software espía contra algunos conocidos activistas, como Luca Casarini, cofundador de la ONG Mediterránea Saving Human que se dedica al rescate de migrantes.
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Francesco Cancellato, director del medio digital italiano ‘Fanpage’ / IRENE SAVIO
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Sin embargo, el mismo informe aseguraba no haber podido determinar quién había espiado al periodista Francesco Cancellato con ese mismo programa. Y desde entonces la situación apenas ha cambiado. Ni los servicios de inteligencia ni el Gobierno de Giorgia Meloni han reconocido haber puesto en el punto de mira a periodistas. Por su parte, tras estallar el escándalo y mediante una serie de comunicaciones enviadas a la prensa israelí, Paragon informó de la finalización de sus contratos con el Gobierno italiano. Una decisión que los servicios de inteligencia italianos rechazaron se produjera de forma unilateral.
[–>[–>[–>«Lo último que sabemos, a partir del peritaje realizado por las fiscalías, es que el espionaje comenzó a la una de la madrugada del 14 de diciembre de 2024 y continuó en los días posteriores, en el mismo periodo en el que fueron vigilados varios activistas«, relata. «En su caso, sin embargo, los servicios de inteligencia sí han reconocido haberles espiado. En el mío, dicen que no», añade, aludiendo a esta «extraña circunstancia».
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Al límite de la democracia
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Ciro Pellegrino, redactor jefe de Fanpage en Nápoles, es otro periodista espiado con Graphite. Y, hasta ahora, es uno de los pocos, junto a Cancellato, que han decidido denunciarlo públicamente. En su caso, lo descubrió en abril del año pasado, a raíz de una serie de alertas enviadas por el fabricante de su teléfono móvil. «Se ha detectado que su teléfono ha sido atacado por un spyware mercenario«, se lee en el mensaje que muestra. «Al principio pensé que era una broma, pero no lo era. Entonces lo primero que me pregunté fue: ¿por qué? ¿Por qué lo han hecho?», cuenta, al explicar la desprotección que sintió.
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[–>Desde entonces, Pellegrino también libra su propia batalla para esclarecer quiénes, y por qué, lo pusieron en el punto de mira. Este programa espía «es un arma no convencional, refinada y costosa, utilizada contra un periodista; una amenaza real que aún no conocemos del todo. Y estoy seguro de que solo somos la punta del iceberg y que hay muchos más casos [que no se conocen]», afirma al respecto. «El grafito es un software espía al que normalmente sólo tienen acceso los gobiernos. «¿No es esto extraño?» añade.
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Francesco Cancellato, director del medio digital italiano ‘Fanpage’ / IRENE SAVIO
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La falta de colaboración institucional para esclarecer lo ocurrido, añade, «roza los límites de la democracia«. «Si seguimos siendo un país democrático, deben darnos respuestas, no cerrarnos puertas en la cara», sostiene, al tiempo que expresa sus dudas asimismo sobre la verdadera capacidad del sistema judicial italiano para proteger a los periodistas frente a tecnologías de espionaje tan avanzadas. Y más aún. «Graphite es un spyware que habitualmente solo tienen acceso los Gobiernos. ¿Esto no es raro?», agrega, al lamentar además que haya «poco interés y transparencia» del mundo político en su país en dar conocer la verdad. «Lo que está claro es que el Gobierno no nos ayudó y nunca expresó solidaridad», añade Cancellato.
[–>[–>[–>579 amenazados
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Alberto Spampinato dirige Oxígeno para la Información, una organización que desde hace años compone uno de los mapas más precisos de Europa sobre las amenazas que sufren los periodistas. Sus cifras dibujan una tendencia difícil de matizar: solo el año pasado, 579 profesionales de la información fueron intimidados o amenazados en Italia, un 47% más que el anterior. «Y el anterior ya había crecido un 23%». Desde 2006, cuando comenzó el recuento, son cerca de 8.000 los periodistas que han pasado por ese corredor de presiones.
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«Hay un empeoramiento evidente, también en términos numéricos, pero no es solo eso», advierte Spampinato. «Han aparecido nuevas formas de intimidación. Y una de ellas es precisamente el uso de spyware, como en los casos de Cancellato, Pellegrino y otros». A esa deriva se suma, subraya, «un hecho inédito, que en 2025 se abriesen investigaciones judiciales para que periodistas revelen sus fuentes«.
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Spampinato conoce bien el terreno que pisa. Su hermano Giovanni, periodista que investigaba la mafia y la extrema derecha en Sicilia, fue asesinado en los años setenta en circunstancias que medio siglo después siguen sin aclararse del todo. Por eso también su organización ha decidido reforzar la oferta de ayuda legal a la prensa en Italia y, en los últimos años, un centenar de profesionales ha recurrido ya a ese apoyo. Los abogados que colaboran con él ofrecen cobertura en un contexto donde cada día se intenta cerrar más la boca a quien informa.
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Retroceso
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El caso Paragon también ha sido denunciado por varias organizaciones internacionales. Entre ellas, el Mecanismo de Respuesta Rápida para la Libertad de Prensa (MFRR), un proyecto europeo que monitoriza y responde a las vulneraciones de este derecho. En su informe de marzo, el organismo señala que en 2025 Italia fue «el único país de la Unión Europea con nuevos casos de vigilancia a periodistas mediante spyware, lo que la convierte en un punto caliente del uso de estas tecnologías contra la prensa». Y añade un dato igual de inquietante: hasta ahora no se han depurado responsabilidades ni se ha aclarado el alcance de las investigaciones judiciales en curso.
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El deterioro no es solo una impresión. También lo certifica Reporteros Sin Fronteras (RSF). Según sus datos, Italia cayó en 2025 hasta el puesto 49 de 180 países, uno de los peores en Europa occidental, tres posiciones por debajo del año anterior. Un descenso que, más allá de los rankings, no ha hecho retroceder a los periodistas afectados en su batalla por ejercer en libertad su oficio. Porque, como dice Cancellato, «si empezamos a pensar que es normal que se espíe a un periodista en una democracia, estamos aceptando que las democracias no funcionen y que no pasa nada».
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