refugio, agua y ayuda psicológica, las necesidades más acuciantes
Entrar en la Franja de Gaza es como navegar por un mar de tiendas de campaña. Tras décadas de asedio y bloqueo israelí, los atentados del 7 de octubre de 2023 perpetrados por Hamás y el comienzo de la ofensiva Israelí marcaron una nueva realidad en la que el enclave palestino se ha convertido en un páramo repleto de refugiados.
[–>[–>[–>Desde la entrada por Jan Yunis, al sur, los 20 minutos que transcurren por lo que en su día fue una carretera asfaltada muestran una imagen a ratos desoladora. «Lo único que se ve desde aquel camino de tierra son tiendas de campaña». A un lado, una franja de hogares improvisados que llega hasta el mar; y al otro, «tiendas de campaña, tiendas de campaña y más tiendas de campaña que se pierden en el horizonte», relata Salwa (nombre ficticio), una trabajadora humanitaria que pide mantener el anonimato.
[–> [–>[–>Según un informe publicado conjuntamente por el Banco Mundial, Naciones Unidas y la Unión Europea (UE) sobre los daños y necesidades del enclave palestino, más de 371.000 viviendas han sido destruidas o dañadas desde que el primer ministro de Israel, Binyamín Netanyahu, ordenara la invasión. Una devastación casi absoluta –cuya reconstrucción se cifra en 71.400 millones de dólares durante la próxima década– a la que se suman hospitales y escuelas, y que deja a dos millones de personas completamente dependientes de las organizaciones humanitarias.
[–>[–>[–>
Sanciones, amenazas y expulsión
[–>[–>[–>
Las ONG, sin embargo, están atadas de manos. Tel Aviv hace todo lo posible por controlar su trabajo bajo amenaza de sanciones y restricciones. De hecho, este miércoles, el Tribunal Supremo avaló una orden de expulsión por la que 37 ONG que operan en Gaza y Cisjordania fueron obligadas a cesar con su actividad. Esta resolución afecta a organizaciones de España, Holanda, Japón, Suiza, Suecia, Francia, Reino Unido y Canadá, entre las que figuran Médicos Sin Fronteras (MSF), Acción contra el Hambre y OXFAM, que rechazan dar información de sus empleados palestinos, a los que Israel acusa de colaborar con organizaciones islamistas palestinas.
[–>[–>[–>Un grupo de palestinos desplazados junto a sus tiendas de campaña ubicadas en el campo de refugiados de Khan Yunis, al sur de la Franja de Gaza. / HAITHAM IMAD / EFE
[–>[–>[–>[–>[–>[–>
«A la gente que trabaja y vive en Gaza le cuesta hablar porque Israel tiene una capacidad de inteligencia enorme. Con drones volando las 24 horas del día con inteligencia artificial, reconocimiento facial y una base de datos gracias a la que conocen a todas las personas que están allí. Por eso, hablar con algún medio les pone en riesgo», explica Salwa, quien, como trabajadora extranjera, tiene prohibido expresar cualquier posicionamiento contra el «genocidio» en Gaza y las agresiones en Cisjordania.
[–>[–>[–>
El problema, explica, «es que todo lo que se quiera enviar tiene que ser aprobado por Israel», cuyas restricciones, según alertan la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA) y el clúster WASH, liderado por UNICEF, han provocado una cadena de fallos en los servicios esenciales, que se mantiene incluso tras la firma del alto el fuego propuesto por Estados Unidos el pasado 10 de octubre de 2025. «Hay casos donde es imposible hacer nada ante la falta de equipos pequeños para hacer operaciones a niños; escáneres u otras cosas que Israel bloquea», denuncia.
[–>[–>
[–>Material de doble uso
[–>[–>[–>
Esto se debe a que Tel Aviv cuenta con una lista de materiales «de doble uso» que, según sus estándares, los gazatíes pueden utilizar para la guerra. Aquí entran equipos médicos, generadores, y aquella maquinaria necesaria para reconstruir infraestructuras y retirar los 68 millones de toneladas métricas de escombros registrados por la ONU, el Banco Mundial y la UE, y que son el motivo principal por el que, según un informe del periódico israelí Haaretz, todavía hay más de 8.000 cadáveres bajo los escombros.
[–>[–>[–>
En este contexto, podría decirse que la tregua ha permitido a las ONG centrarse en la recuperación del enclave, pero no ha erradicado las necesidades de la población gazatí. Tampoco la violencia del Ejército israelí que, según el Ministerio de Salud de Gaza dirigido por Hamás, desde el alto el fuego ha asesinado a cerca de 870 personas.
[–>[–>[–>[–>[–>[–>[–>[–>[–>Cuestiones como el saneamiento del agua y la higiene son todavía muy problemáticas. Buena parte del agua que se utiliza necesita extraerse con generadores prohibidos por Israel, por lo que los palestinos tienen que acudir a los puntos habilitados por las ONG. Y es esta situación la que obliga a Fathi Eskafi, un trabajador humanitario gazatí, a retrasar su conversación con EL PERIÓDICO. «Antes de esta entrevista estaba esperando para cargar los bidones y llevarlos a mi familia«, explica desde su oficina en Ciudad de Gaza, a la que se ha trasladado para tener una conexión estable.
[–>[–>[–>
Fathi, que no alcanza la treintena, lleva los últimos dos años dedicándose a atender las necesidades urgentes, coordinar la distribución de ayuda y apoyar sobre el terreno a familias vulnerables. Pero su trabajo, insiste, «no trata solo de logística», también tiene que ver con estar presente y escuchar a los desplazados. «La gente está sedienta de ayuda porque lo han perdido casi todo», asevera.
[–>[–>[–>
Recuperar la infancia
[–>[–>[–>
Aquí, una de las prioridades que identifica es el apoyo psicológico. Especialmente para aquellos niños que han perdido a su familia, sus casas y «necesitan a alguien que les escuche con dignidad». «Incluso si Israel detuviera ahora el genocidio, los efectos de sus crímenes permanecerán durante generaciones», denuncia al hacer referencia a los miles de niños que muestran señales de miedo y ansiedad, alteraciones del sueño y retrocesos en su comportamiento.
[–>[–>[–>
En esta línea, Fathi, que admite que el trato con la infancia es la parte favorita de su trabajo, incide en que, tras tres años de guerra, los niños «han perdido el acceso a la escuela, a espacios seguros, a zonas de juego y a todas las rutinas normales de la infancia». Pero su mayor preocupación está «en la velocidad con que han normalizado el miedo». «Por eso tenemos proyectos específicos para niños y otros colectivos como las personas mayores. Porque la recuperación no es solo física. También es mental, social y psicológica», incide.
[–>[–>[–>
Pero lo más importante, coinciden Fathi y Salwa, es que entre aquel mar de tiendas hay un germen de actividad, vida y comercio que lucha por florecer. Tiendas, puestos para cargar móviles y restaurantes donde el pueblo gazatí disfruta el presente. Donde, como sintetiza el joven palestino, no buscan «un milagro, sino recuperar una vida normal«.
[–>[–>[–>
Suscríbete para seguir leyendo
Puedes consultar la fuente de este artículo aquí