Refugios imaginarios y realidades incómodas
Cuando uno sueña con el Edén, no lo haces por exotismo, sino por necesidad o si se quiere, por conveniencia. En mi caso, ese lugar se llama Santa Lucía, en la provincia cubana de Camagüey: una playa de aguas tan cristalinas que permiten ver los pies incluso con el mar a la cintura. Un refugio mental al que regreso cuando busco desconectar, un «chill out» íntimo entre palmeras al que me traslado sin esfuerzo, ajeno a la dura realidad que atraviesa la isla, marcada por apagones, precariedad y tensiones enquistadas.
[–>[–>[–>Es fácil construir escenarios idílicos cuando basta con cerrar los ojos. Y, en ocasiones, incluso indispensable para sobrellevar el cansancio y los dilemas cotidianos. Es tan cómodo que me esfuerzo en no confundir esos refugios emocionales con las expectativas reales. Son espacios privados, intransferibles, patrimonio exclusivo de nuestras vivencias y recuerdos. No se pueden exportar ni imponer a los demás.
[–> [–>[–>La imaginación, fuera del ámbito creativo, funciona como una experiencia estrictamente personal. El problema surge cuando intentamos proyectarla sobre el pensamiento ajeno. Ahí empieza lo que llaman «lavado de cerebro» y la manipulación distorsionante. Y quizá por eso, en determinados contextos, resulte más honesto blindarse mentalmente que vender demagógicamente una irrealidad destinada al engaño.
[–>[–>[–>
En política, sin embargo, ocurre justo lo contrario. A diario se comercializan auténticos elixires de crecepelo con una facilidad asombrosa, como si viviéramos en una sociedad ingenua o inmadura. Tal vez no lo seamos tanto. O tal vez, nosotros ciudadanos, estemos más cómodos instalados en la autocomplacencia. Una de las palabras más manoseadas en este bazar persa es la de la ejemplaridad.
[–>[–>[–>Hemos estirado los límites de la ética hasta permitir que los relatos exculpatorios se impongan, casi siempre, sobre la verdad de los hechos. Nos hemos vuelto expertos en justificar lo injustificable, virtuosos en ese juego de trilero que consiste en mover la bolita mientras el espectador despistado mira hacia otro lado.
[–>[–>[–>
Nadie puede negar que hemos avanzado mucho como sociedad en las últimas décadas. Pero, en la misma proporción, hemos perfeccionado el arte de la dialéctica para tapar agujeros… y auténticos socavones morales. A veces da la impresión de que el día a día se ha convertido en un gran contenedor donde cabe todo: eludir responsabilidades, proyectarlas en otros o simplemente fingir que se hace algo.
[–>[–>
[–>Influir hoy resulta barato porque te dan el trabajo hecho. El receptor del mensaje se entrega con facilidad o, peor aún, se convence a sí mismo de que lo que le están vendiendo merece la pena, porque esa postura resulta cómoda. Quizá la crispación actual sea cíclica, pero no estaría de más que cada cual encontrara un espacio idílico e inocente –aunque solo sea mental– para detenerse y oxigenar.
[–>[–>[–>
Refugiarse en paraísos imaginarios alivia, aunque nos aleje del campo de batalla cotidiano. Pese a todo, sigue siendo más honesto que interiorizar la palabra vacía de contenido, donde la ética se negocia al por menor y corremos el riesgo de autoengañarnos dejando de ser inocentes. Tal vez el verdadero desafío no consista en seguir soñando con edenes lejanos, sino en asumir, de una vez, la incomodidad de mirar la realidad de frente y exigir –empezando por nosotros mismos– algo más que relatos tranquilizadores.
[–>[–>[–>En los paraísos idílicos de la mente no se pierde el tiempo: se respira aire limpio y no hay que rendir cuentas a nadie. Allí, da igual ser ejemplar o no serlo, porque en esos territorios la palabra carece de valor. Algo muy parecido a la vida real, con una salvedad esencial: en la vida real todo tiene consecuencias y, querámoslo o no, el silencio nos puede hacer cómplices.
[–>[–>[–>
Suscríbete para seguir leyendo
Puedes consultar la fuente de este artículo aquí