Santo Toribio de Liébana se acerca a Gijón
Bajo el artesonado del salón de recepciones de Gijón, donde el eco de las palabras busca el refugio de la madera noble, se juntaron ayer los hombres de la Hermandad de los Caballeros de Santo Toribio de Liébana. Había en el aire ese aroma de las cosas solemnes que se dicen con la sencillez de quien habla de la cosecha o de los linderos de una finca.
[–>[–>[–>Cumplía la Hermandad su primer año de andadura asturiana, bautizada aquel uno marzo de 2025, en Covadonga, entre el estruendo de las gaitas y paracaidistas que caían del cielo como ángeles modernos sobre el paisaje de don Pelayo. Tomó la palabra Pedro Pablo, el Bailío, hombre de formas pausadas, para desgranar la fiesta del 9 de mayo en Cangas de Onís. Habló de la capilla de la Santa Cruz y de esa subida a Llueves que se hará a caballo o a pie, midiendo la fe con el esfuerzo de la zancada. Porque la Hermandad es una suerte de unión entre la milicia de la caballería y el recogimiento de la cruz.
[–> [–>[–>No faltó Ricardo, venido de Liébana en sustitución del Hermano Mayor, impedido por un luto familiar de esos que mandan callar las agendas. Con el aplomo de quien custodia un tesoro, recordó que todo este trasiego no es sino la defensa del Lignum Crucis, ese trozo de madera vieja que trajo el obispo Toribio desde Jerusalén huyendo de la morisma.
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Hoy la cruz no se defiende con el acero, sino con la palabra y el gesto. Al final, entre promesas de misas de campaña y comidas de hermandad, quedó en el aire la invitación a Liébana. Porque a nadie le amarga sentir que el mundo aún conserva raíces que no se pudren con el tiempo.
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