Satanás busca vivienda
Cuando Satanás llegó a Moscú para pasar una temporada en la ciudad se enfrentó al problema de conseguir una vivienda para él y sus ayudantes; lo resolvió liquidando a un ciudadano y quedándose con su apartamento. Así, más o menos, empieza «El maestro y Margarita», la novela de Mijaíl Bulgákov que satirizaba el mundo soviético. El apartamento obtenido por este tan original como poco recomendable procedimiento no era demasiado grande, pero era un tesoro de difícil consecución, a razón de nueve metros cuadrados por persona, que era la referencia que se aplicaba. La imaginación desbordante y la sutileza con que está escrita la novela no engañó a los avispados censores estalinistas, que la prohibieron por este y otros motivos, si bien no sirvió de mucho porque se repartió clandestinamente en fotocopias hasta que una editorial alemana la publicó completa, convirtiéndose en un clásico instantáneo de la literatura mundial.
[–>[–>[–>Hay que reconocer, para ser justos, que el problema de la vivienda es endémico en la historia de la Humanidad, si bien es cierto que en España acontecen dos hechos que podrían haber sido gestionados mejor por las autoridades estatales y autonómicas. En primer lugar, el incremento poblacional derivado de la inmigración, con un amento de residentes de casi cuatro millones de habitantes en los últimos ocho años, según datos oficiales del INE que, obviamente, no contienen registros de personas en situación no declarada. En segundo lugar, la falta de construcción de viviendas, ya que en el mismo periodo 2018-2025, el total de viviendas construidas en España no alcanza la cifra de un millón, según datos oficiales del último boletín del Observatorio de Vivienda y Suelo del Ministerio de la Vivienda correspondiente al cuarto trimestre de 2025, cifra notoriamente insuficiente para absorber el crecimiento poblacional señalado, considerando, además, según datos del mismo Observatorio que la vivienda de promoción pública ha descendido en los últimos diez años un ochenta y cinco por ciento.
[–> [–>[–>La consecuencia inmediata de este escenario es que nunca como ahora la compra de una vivienda había parecido un propósito difícilmente alcanzable salvo para economías muy desahogadas, por lo que la mayoría de la población y especialmente los más jóvenes no solo no pueden aspirar a hacerlo, sino que ni siquiera se lo plantean, lo cual no es de extrañar porque el precio medio de la vivienda en España se ha incrementado en el período de ocho años un cuarenta y tres por ciento. Asturias, por cierto, no es ajena a esta situación, siendo la quinta Comunidad Autónoma tras Cantabria, Valencia, Baleares y Madrid donde más ha crecido el precio de la vivienda libre, un 13,2% el último año, según la información del Observatorio, mientras que las viviendas de promoción pública no llegan ni a doscientas unidades.
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La concatenación de factores varios: incremento masivo de población; escasas viviendas; descompensación entre oferta y demanda y alquileres turísticos determina que el concepto de «vivienda cara» esté siendo reemplazado por el de «vivienda de precio inalcanzable». Por esta razón ya se están construyendo, por promotoras o cadenas hoteleras, edificios de apartamentos directamente destinados al alquiler y no a la venta, pero el mercado de alquiler está igualmente encarecido.
[–>[–>[–>Recientemente, el proyecto de decreto de medidas relativas a las prórrogas de alquiler y limitaciones de precios ha sido rechazado por el Parlamento al no contar con el apoyo ni siquiera de varios de los socios políticos del Gobierno de la Nación. Las medidas contenidas en ese texto nunca han funcionado como una solución de calado al problema de la vivienda, pero sorprendentemente siguen siendo promulgadas. Este espejismo, y el hecho de que el efecto más notorio del control de alquileres sea reducir la oferta de los mismos, ya fue explicado por el economista Thomas Sowell en un párrafo demoledor: «Una de las causas del éxito político de las leyes de control de alquileres es que muchos consideran que las palabras son el reflejo de la realidad; es decir, hay personas que creen que las leyes de control de alquileres en verdad los controlan, y mientras haya gente que crea eso esas leyes continuarán siendo viables políticamente aunque hayan fracasado en El Cairo, Hong Kong Estocolmo, Melbourne o Nueva York». Quizá, y tras las últimas experiencias podríamos añadir a ese listado Barcelona.
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Convengamos, por todo lo expuesto, en que el hecho factual indiscutible es que la oferta de viviendas para vender o alquilar es muy inferior a la demanda. Salvo que se apliquen medidas expropiatorias, que son palabras mayores (aunque ya se ha enunciado como opción por algún responsable político en la Comunidad de Madrid) deben buscarse otras soluciones. ¿Qué hacer entonces? Pues lo que todos, reflexiva o intuitivamente, sabemos: deben construirse viviendas, tanto de promoción libre como de protección pública; deben solucionarse las reticencias con los promotores privados; hay que articular la colaboración entre todas las administraciones implicadas modificando la política de suelo existente; deben promoverse incentivos fiscales y modificaciones tributarias que incentiven a propietarios, adquirentes e inquilinos y, desde luego, hay que recuperar la confianza de los propietarios garantizando la seguridad jurídica de sus propiedades ante asaltos u ocupaciones. Eso, o seguir el ejemplo de Satanás para hacernos con una vivienda, pero me temo que la solución no sería buena ni para los creyentes, que se condenarían, ni para los no creyentes que, razones éticas aparte, quizá no dispongan de la habilidad suficiente para eludir a la justicia que tenía el ángel caído.
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