Se necesita cicerone
La confusión se ha adueñado del mundo. La revolución tecnológica es el epítome del caos en el que vivimos. Si, por un lado, es difícil de entender el funcionamiento de los nuevos usos digitales, por otro, han contribuido a que la comprensión entre los seres humanos se haya vuelto más compleja. Por utilizar la expresión del papa Prevost en su encíclica, padecemos el «síndrome de Babel».
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A estas alturas de la vida, uno ya ha vivido ocho pontificados, aunque del primero, el de Juan XXIII, no conserva memoria. Ha cubierto, desde la redacción, las cinco visitas de Juan Pablo II -la primera, una semana después de la victoria de González en 1982- y las tres de Benedicto XVI. Y ha sido testigo de la repercusión de la publicación de más de 20 Encíclicas.
[–> [–>[–>Digo esto no por presumir, ni por alardear de mi longevidad –la de Isabel II se medía en papas y presidentes americanos–, sino para dejar constancia de que ninguna de esas visitas, ni ninguna de esas encíclicas ha tenido la repercusión del viaje a España que inicia el sábado Leon XIV, ni de la encíclica «Magnifica Humanitas», que promulgó hace hoy dos semanas.
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Esa mayormente gran acogida a un Papa, ni especialmente simpático ni popular, algo debe de significar. Tal vez sea una continuación de aquellos brotes verdes de religiosidad que se quisieron ver en el aclamado «Lux», el último disco de Rosalía; en la premiada película «Los domingos», de Alauda Ruiz de Azúa; o en el éxito de la serie «Los elegidos», que va por la sexta temporada y acumula millones de espectadores.
[–>[–>[–>Puede ser, pero este fenómeno denota algo más. León XIV ha conseguido algo que pocos habían conseguido antes: ofrecer respuestas en un mundo dominado por las incógnitas. Ha dado en la tecla precisa, apelando no solo a los católicos, sino a las humanidad en general. Y lo ha hecho enfrentándose a un asunto tan trascendental como la Inteligencia Artificial (buque insignia del proceso de digitalización), que está poniendo patas arriba nuestras vidas, nuestros trabajos –eso si no nos los arrebata–, nuestras relaciones personales, nuestros valores.
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Ha pretendido aportar luz en un mundo en el que prima la oscuridad. Se ha referido –podemos estar de acuerdo con sus propuestas o no– a lo que de verdad nos preocupa: las guerras sin más sentido que el beneficio crematístico, los autoritarismos que nos regalan seguridad a cambio de libertad, la creciente desigualdad, con pobres cada vez más pobres y ricos cada vez más ricos.
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[–>La deshumanización es el barniz que todo lo tiñe. Los gurús tecnológicos, los profetas del progreso, los endiosados visionarios de Silicon Valley, se han autoproclamado como poseedores de la verdad. Nos prometieron que la tecnología nos liberaría y resulta que nos ha esclavizado.
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Esto ocurre en un momento en el que carecemos de referentes, de líderes fiables (a nivel mundial y a nivel nacional). Hemos relegado a los prescriptores tradicionales –medios de comunicación, críticos, expertos, aquellos intermediarios que nos ayudaban a interpretar la compleja realidad– y los hemos sustituido por el totum revolutum de las redes sociales.
[–>[–>[–>Creíamos que eso –internet– era la verdadera democracia. Todas las opiniones valen igual, todo el mundo tiene acceso, todo el mundo dispone de la misma información, igualitarismo puro. Qué ilusos. Y ha llegado el momento en el que hemos quedado atrapados en la red. Hemos caído en la trampa de la mucha información -sin darnos cuenta de que, en realidad, eso suponía desinformación-, y, sobre todo, de la información sin criterio. Resultado: No sabemos qué es verdad y qué mentira.
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Los intelectuales, referentes desde la Ilustración, no han sabido adaptarse a este nuevo mundo. O no hemos sabido dar altavoz a sus ideas, o, simplemente, no les hacemos caso. El resultado es que no se les oye. De ahí que cuando aparece alguien, como el Papa, que nos interpela con su encíclica, que pone el dedo en la llaga de lo que nos desasosiega, sentimos alivio. Al menos, hay alguien pensando, proponiendo salidas en un mundo que creíamos sin solución, dominado por un catastrofismo endémico, una vez fracasadas las ideologías y comprobado que la tecnología no nos dará la felicidad.
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De ahí que cuando la sociedad se adentra en territorios ignotos –¿que es si no la IA?–, necesitamos una brújula, un faro, que nos sirvan de guía, de lazarillo. O, más exactamente, de cicerone, término derivado del clarividente Cicerón, y especialmente adecuado por su carácter no sólo de guía en los caminos inciertos, sino también por la elocuencia a la hora de desentrañar lo complejo. ¿Será Benedicto XIV ese cicerone? Cada uno tendrá que buscar su respuesta.
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