Ser los otros
Los jesuitas norteamericanos crearon en el siglo XXI una fundación para reparar el daño infligido a los esclavos que poseían. Los necesitaban para trabajar en sus plantaciones. Con las ganancias financiaron la prestigiosa universidad de Georgetown.
[–>[–>[–>Son fundadores de universidades. Varias en Hispanoamérica. En la de Córdoba se formaban los que iban a regir las Misiones, ese maravilloso proyecto que intentaba, además de cristianizar, elevar la capacidad de los indios para sobrevivir en un mundo cambiante. Aquellos indios tenían alma y dignidad, dueños de sí mismos tanto como en ese momento se podía ser. Pero no los africanos, que como animales de carga trabajaban en las plantaciones. También tenían alma, por eso los catequizaban, pero habitaba en un cuerpo equivocado, supongo. Algo tienen los negros que los hace aparecer como infrahumanos. Así los veía Bartolomé de las Casas, defensor de los indios, poseedor de esclavos de origen africano
[–> [–>[–>La Constitución americana, una pieza legislativa maravillosa, dice que todos los hombres fueron creados iguales. Pero ni los africanos ni los aborígenes tenían derechos; supongo que es porque no los consideraban de nuestro género. Una gota de sangre africana bastaba para que ese ser ya no fuera homo sapiens. Los jesuitas no tenían problemas de conciencia por comprar, vender, castigar, obligar a aparear a esos seres humanos que no eran hombres, aunque tenían alma.
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La ilustración, que tenía en Francia sus más aclamados representantes, dio lugar a la revolución francesa ocurrida pocos años después de la independencia americana e inspirada en los mismos principios: libertad, igualdad, fraternidad. Sangrienta, desordenada, duró poco. Napoleón se hizo con el poder encarnando algunas de sus ideas envueltas en el orden y el poder. Napoleón era aclamado por los liberales, entre los que estaban Goethe y Hegel, a pesar de su insaciable ansia de poder. No importaba, sus ejércitos derrotaban a los del antiguo régimen que era arbitrario, despótico, irracional y represor. Esperaban que los príncipes de los estados alemanes, amenazados por esa fuerza destructora, vieran como única forma de supervivencia dotar al pueblo de un conjunto de leyes que aseguraran la libertad, la igualdad y la fraternidad.
[–>[–>[–>Libertad, igualdad y fraternidad. Ya lo dijeron los cerdos que dirigieron y dominaron la rebelión en la granja: todos los animales somos iguales, pero algunos lo somos más que otros. Napoleón establecía leyes igualitarias, pero eran aplicables solo a los que él consideraba con derecho a ser iguales. No en vano restituyó la esclavitud que había abolido la revolución. Pensaba que las colonias «caerían en manos de los negros». Francia proclamaba la libertad, la igualdad y la fraternidad pero solo entre sus ciudadanos. Los negros no lo eran.
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Thomas Jefferson, autor de la Declaración de Independencia, poseía 500 esclavos. Pensaba que eran incapaces de hacer planes, que carecían de inteligencia, ternura, compasión, imaginación o belleza. Aunque creados por Dios, escribe que «son inferiores a los blancos» y continúa: «Diferentes especies del mismo genero o variedades de la misma especie pueden tener diferentes cualificaciones». Todos somos racistas: hay una tendencia innata a rechazar lo diferente. Lo difícil es reconocerlo y combatirlo. Creo que la ficción es un instrumento eficaz. En novelas como «Beloved», de Toni Morrison, podemos vivir con intensidad el sufrimiento de los esclavos, Allí lo personajes tienen todas las características de los seres humanos que Jefferson les negaba. Y aprendemos a ver por sus ojos, a ser ellos.
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[–>Estamos en un momento crítico en el mundo occidental. Durante siglos extrajimos los mejores recursos de muchos países y facilitamos la creación de sociedades desiguales donde la mayoría de la población sobrevive en la miseria al lado, pero en un mundo ajeno, de una élite educada y más depredadora y cruel que los colonizadores occidentales, una élite que se aprovecha de las ayudas y explota sin piedad a sus conciudadanos. Ellos durante siglos aceptaron su destino. Ya no. Quizá por la elevación del nivel educativo, por la superpoblación, por el daño del cambio clímatico o por la circulación de información en las redes, el caso es que aspiran a una vida plena que allí las circunstancias lo impiden. Emigran, vienen a nuestras casas, nos sentimos invadidos, amenazados, diluidos. Nos parece que pronto perderemos nuestra identidad. Nosotros creamos las circunstancias para que esto ocurriera. Nos tocaría a nosotros resolverlo. Allí, donde la miseria obliga a abandonar casa y familia.
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Hace años el municipio de Corvera se declaró mestizo. Me gusta esa idea porque niega lo inquietante de la identidad: ¿cuándo cristalizó la nuestra? ¿desde qué momento somos asturianos, españoles o europeos? Somos mestizos por naturaleza. Para Corvera, acoger a los inmigrantes no era un reto enorme: tiene pocos. No es tan fácil cuando en poco tiempo el pueblo, la ciudad, la región, se llena de gente de otras etnias, de otras culturas, de otro color del pelo o de la piel, de otra forma de hablar o de entender el mundo. Personas que buscan trabajo, vivienda, que demandan servicios, que ocupan espacio, que modifican el frágil equilibrio social. Se necesita un esfuerzo, una preparación de las instituciones y de los individuos, de ellos y de nosotros, para que ese mestizaje sea saludable. Tenemos que modificar nuestra cultura empezando por reconocerse en el otro.
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