Seres sociales por destino y elección
Miro un ciruelo mirobolano cubierto de flores cuyos pétalos blancos tienen en su raíz un pincelada lila que le da al árbol un tono rosa. Son millones de flores, órganos reproductores producidas con un esfuerzo titánico por un ser exhausto tras un invierno sin apenas alimento. Ningún beneficio para él, para su supervivencia como individuo. Al contrario, derrocha sus ahorros en un sacrificio por la conservación de la especie. Del escaso sol, de la tierra en el invierno yerma, extrajo toda la energía para hacerse atractivo a insectos y aves que la polinicen.
[–>[–>[–>Nunca hubiéramos existido si antes las plantas no hubieran sabido aprovechar la energía del sol. Ni si ellas no hubieran creado una atmósfera con oxígeno. Es una paradoja. Lo necesitamos para vivir y es una de las causas principales de nuestras enfermedades y muerte. Debemos a las plantas, y también a las bacterias, nuestra existencia. Aprendieron a utilizar el oxígeno como comburente para quemar los compuestos químicos. La teoría es que se formaron sociedades en la que participaron aquellas células primitivas, las anaerobias, y estas nuevas, raras, con unas mutaciones que les hubieran resultado mortales si no hubiera oxígeno. Las primeras siguieron su desarrollo mientras las segundas se superespecializaron en la combustión. Son las mitocondrias. De manera que nuestras células son un organismo compuesto, una quimera. Contiene dos genomas. Y nosotros somos un organismo compuesto, contenemos millones de genomas: El que podríamos llamar propio y el de todas las bacterias que nos habitan y nos ayudan a vivir. Somos una sociedad en tensión, con millones de objetivos donde se producen sinergias y antagonismos. Al final triunfa una armonía que nos hace eficaces. Seres vivos que a su vez formamos sociedades con intereses a veces encontrados.
[–> [–>[–>Es muy difícil saber si somos individuos o somos colonias. El ejemplo del hormiguero o la colmena es bien conocido. Aunque sea un organismo fluido, sin límites de piel, cada unidad solo vive para la supervivencia de la colonia. Antes ya había ocurrido en las plantas. También hay colonias de helechos en las que todos los individuos son genéticamente idénticos, como abejas y hormigas obreras, y cada uno se ocupa de una función específica. Por eso, en apariencia, son diferentes. Solo unos pocos tienen órganos reproductores , como si fuera la reina del hormiguero o colmena. Los otros trabajan para que lo hagan con éxito, unas recogen agua, otros elaboran nutrientes o sustancias protectoras.
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Somos colonias como individuos y también como grupo: seres sociales. No como las hormigas y los helechos que no eligen ser sociales ni como serlo. Está en su naturaleza y se manifiesta de manera inevitable. Nosotros no solo podemos elegir ser o no social, (el ejemplo más conocido lo intentó Thoreau en Walden) inventamos formas de socialización. Si bien estamos determinados a serlo, el cómo no está del todo escrito.
[–>[–>[–>«Estamos inclinados a aceptar al otro», me decía mientras paseábamos por una ciudad extraña a ambos poco después de que hubiéramos tenido dos encuentros con conocidos, también de otras ciudades, que en esa circunstancia saludaron jubilosos. «La emotividad que se despierta está en la base de la inclusión de los extraños», continuó. «Un mecanismo biológico para hacer sociedades más grandes e inclusivas», sentenció.
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Emile Durkhein habla de la «efervescencia colectiva», ese estado emocional que se experimenta cuando uno se siente parte, más bien partícipe, del grupo. La magia que sentía el gran baloncestista Bill Russell: «Cuando el partido se calentaba», cuenta, «era más que un juego, era magia… Yo no me sentía competitivo, era casi como jugar a cámara lenta. Casi podía prever la siguiente jugada… la clave era que ambos equipos tenían que estar jugando con todo su fervor, ser competitivos»: la alegría de vivir, de estar en el momento, intensamente cuando se produce una sincronía emocional. Es lo que se produce en las danzas rituales.
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[–>El poeta exige la «presencia y la figura» para curar sus males. No quiere más mensajeros «que no saben decirme lo que quiero». Me preocupa el teletrabajo, un magnífico avance en la flexibilidad laboral que puede tener consecuencias negativas. La ausencia de contacto físico puede provocar trastornos afectivos y una disminución de la creatividad. No basta con las reuniones digitales, bienvenidas sean, se necesita estar con el otros, sentir su presencia y su figura. Así se despiertan emociones que tienen esa facultad de ser rápidas, intuitivas y a veces certeras. Ellas pueden encender un pensamiento, conducir hacia una idea que se empieza a gestar durante la conversación informal.
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No hay paisaje ni obra de arte que pueda aportar tanto como el sentir con el otro, con los otros. Son los demás los que más nos enriquecen. Que tengamos esa tendencia y esa capacidad no es casualidad. Como estrategia de supervivencia hemos desarrollado una avidez por la socialización. Y a diferencia de la mayoría de otras especies, podemos inventar cómo hacerla. De eso trata fundamentalmente la política. Una tarea superior, que tendría que ser la más respetable y admirable y que nos atrajera a todos y todos, con diferentes intensidades, la ejerciéramos.
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