Si la verdad deja de ser un fundamento para la convivencia, no solo minamos la democracia, minamos los cimientos de civilización
Pedro Olalla González de la Vega (Oviedo, 1966) se ha convertido en un helenista de referencia. Este escritor, traductor y cineasta, autor de una treintena de obras, reedita ahora uno de sus libros más destacados, “Atlas mitológico de Grecia”. Se trata de una cuidada ampliación de una obra publicada hace 25 años. Un tercio de sus contenidos son nuevos y tiene una nueva estructura que le otorga una dimensión narrativa que no tenía la edición original, más apegada al orden alfabético. Olalla, que reside en Grecia desde hace tres décadas, presentará esta obra el próximo día 23, lunes, en el Antiguo Instituto Jovellanos de Gijón a las 18,30 horas. El día siguiente, lo hará en la Facultad de Filosofía, en Oviedo, a las 10 horas, en un coloquio sobre Grecia con el profesor Pablo Huerga.
[–>[–>[–>-Empecemos por lo muy básico. Los mitos griegos son….
[–> [–>[–>-Suelo decir son una amalgama muy grande de muchos elementos diferentes de toda índole que hunden sus raíces en los principios del neolítico. Son las historias más antiguas que conservamos en nuestra tradición. Evidentemente, con muchas capas añadidas y con elementos de todo tipo que se van superponiendo. Pero son una memoria viva que ha cruzado los siglos a través de la tradición oral fundamentalmente. Hasta que empieza a ponerse por escrito en la época en la antigüedad clásica y en la época alejandrina, sobre todo. Estas historias, las más antiguas que tenemos, todavía no han sido suficientemente descifradas. Constituyen un acervo de información que cada día se está leyendo con herramientas nuevas y está sirviendo de base para conocer aspectos nuevos del pasado de la humanidad.
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-¿Qué estamos redescubriendo?
[–>[–>[–>-Ahora los mitos pueden ofrecernos informaciones de tipo geológico, por ejemplo, en relación a creación de islas nuevas, de tierras nuevas; en relación a diluvios, a inundaciones, a episodios que hasta ahora parecía que eran historias del acervo colectivo sin mayor referencia con la realidad. Y ahora que conocemos mucho mejor la historia geológica de la Tierra podemos comprobar, por ejemplo, que esos mitos guardan memoria de sucesos acaecidos hace 10.000 o 12.000 años. Esto prueba, una vez más, que se han ido transmitiendo desde entonces. También son relatos que tienen que ver con ritos de la antigüedad, con creación de dioses, con la evolución de los distintos panteones de divinidades que han existido. En fin, son muchas piezas conexas de información de un puzle que, poco a poco y a la luz de nuevas herramientas y formas de interpretar esa información, nos van arrojando nuevos lazos.
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-Es decir, el mito no surge de la nada. Surge de una experiencia anclada a una realidad concreta.
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[–>-El mito es poner en cifra unas historias colectivas que se van transmitiendo después como parte de una memoria colectiva. Y ahí hay elementos de tipo religioso, de historia del grupo, de historia nacional, de elementos identitarios, de elementos que tienen que ver con la fundación de nuevas ciudades… O elementos de tipo etiológico para buscar las causas de determinados fenómenos que reflejan ritos relacionados con esa sociedad. Es una historia colectiva trenzada con muchos hilos que se ha ido transmitiendo durante milenios de forma oral, superponiendo elementos muy diferentes. Cuando los autores antiguos, griegos y romanos fundamentalmente, ponen por escrito esos mitos los toman como materia poética para la tragedia o para la épica, como Homero o Hesíodo; o para la lírica, como Calímaco, como Ovidio, por poner un ejemplo latino. Toman esa información de los mitos y la convierten en materia poética. Entonces empiezan a generar un nuevo acervo, un mundo de referencia para toda nuestra literatura occidental. O toda la pintura. O el teatro. Hasta las teorías de Freud. Todo encuentra referencias en ese acervo.
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-Supongo que a usted, que lo estudiado bien, no le deja de sorprender que esas historias con miles de años sigan teniendo tanta vigencia, que sirvan todavía para explicar muchos comportamientos humanos de la actualidad.
[–>[–>[–>-Al igual que los mitos bíblicos, no deja de ser un mundo de referencias colectivas muy amplio. En ese sentido, no es de extrañar que su vigencia sea permanente y sigan utilizándose esas referencias para nombrar cosas nuevas.
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-En su atlas es muy interesante la vinculación entre los mitos y el paisaje real de Grecia, con los lugares donde supuestamente tuvieron lugar esas historias.
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-Lo que aporta el atlas frente a otras obras que reflexionan sobre los mitos en general es explorar la relación de estas historias con la geografía real existente. Porque los mitos no son historias creadas en el vacío. Son historias que surgen del propio territorio. Es más, están muy relacionadas con el carácter sagrado del territorio, con los santuarios. No hay un solo mito que haya sido narrado sin referencia a una cueva, a una fuente, a una cumbre, a un río, a un bosque sagrado, a una ciudad, etcétera. Todo es una estructura de historias que está en íntima relación con la geografía de Grecia en un sentido lato. Y que además le ha ido dando cohesión a esa geografía y a la identidad de ese pueblo a lo largo de la historia. Los mitos consiguieron una difícil operación: trenzar e integrar en un mismo relato lo humano, lo divino y lo natural. En todos los mitos existe un elemento humano, un elemento divino y un elemento natural fuertemente unidos. Creo que el acierto de esta obra es que explora ese corpus de los mitos desde una dimensión geográfica, que no suele ser tenida tan en cuenta pese a ser tan intrínseca a la propia naturaleza.
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–No sé si preguntarle si la visita a esos lugares aporta algún conocimiento especial.
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-Claro que aporta. Sobre todo, la experiencia de que todas esas historias, de repente, empiezan a anclarse en el territorio. Dejan de ser cosas que suceden en el vacío. O que no se sabe dónde suceden. Ir recorriendo la geografía de Grecia y poder proyectar sobre ella todas estas referencias hace que los lugares se iluminen. De repente, una especie de capa cultural emana de esos lugares, pero pertenece a la esfera de lo mental, de lo intelectual, de la tradición literaria, como lo quieras llamar. Y es como si esa capa se volviera a posar sobre el territorio y volviera a cargar de significado esos lugares, que siguen existiendo pero que no siempre tenemos la conciencia de lo que fueron. La obra ahonda en la dimensión cultural del espacio, en la conciencia de la relación entre la cultura y el territorio.
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-La mitología griega ha conformado nuestra identidad cultural. Por ejemplo, no es posible visitar un museo de arte y entender qué estás viendo si no conoces la mitología griega. O si no manejas los códigos del cristianismo. ¿Estamos olvidando estos códigos?
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-Estamos empobreciendo nuestra capacidad de reconocimiento de las referencias del pasado, de referencias comunes a la historia de la humanidad. Estamos desconectándonos del mundo que nos precede. A mi modo de ver, esto no es ni una liberación ni un paso adelante.
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-Explíquese.
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-No creo que debamos estar siempre anclados a lo anterior, por supuesto. Pero conocer las claves que nos pueden permitir interpretar el pasado nos permitirá siempre un análisis más perfecto de las causas de lo que ocurre en el presente. La historia nos ayuda a conocer las causas del presente. Perder la conexión con todo ese mundo de referencias, ya sea de la tradición abrahámica o de la tradición grecolatina, va a ser también un obstáculo para interpretar el pasado. Y, además, en el terreno del arte, debemos tener en cuenta que la mayoría del arte de épocas antiguas se creó con la conciencia de ser un arte sagrado. No eran artes decorativas o la expresión de la individualidad del artista, como puede ser hoy en día. Si no tenemos en cuenta que esa realidad que fue creada como arte sagrado vamos a interpretarlo mal. Vamos a interpretar desde nuestros parámetros actuales esas obras de arte del pasado. Ya sea una escultura, un templo o un poema, no fue una creación personal de un artista, está hecho desde otra de otra mecánica. Si vamos perdiendo todas las referencias para para entender cómo funcionaban las sociedades del pasado acabaremos abandonados en nuestro último momento, perdemos nuestra dimensión de seres diacrónicos, que es lo que nos hace diferentes. El conocimiento de la mitología griega nos ayuda a conocernos como sociedad y a conocer al ser humano en su aventura de siglos y de milenios en su interpretación del mundo. Es decir, a nosotros mismos como especie humana.
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Portada del último trabajo de Pedro Olalla. / .
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-¿Y también a conocer nuestra individualidad?
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-También nos puede ayudar a conocernos a nosotros mismos. En los mitos también hay un montón de historias arquetípicas, un montón de comportamientos éticos que nos pueden ayudar a esos estudios de introspección. Por eso precisamente Freud se inspiró tanto en los mitos y utilizó tanto las referencias de los mitos griegos para poner en pie toda su teoría del subconsciente y del psicoanálisis. Porque respondían a las conductas que estaban cifradas en esas historias. Puede ayudar al conocimiento de uno mismo como puede ayudar cualquier relato, cualquier obra de arte, cualquier intento por ponerle un nombre, palabras, a las pasiones humanas.
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-Sin embargo, los estudios clásicos cada vez se desprecian más.
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-Es una cosa que lleva mucho tiempo así. Solamente algunas universidades americanas, algunos centros de educación un tanto alternativos, parece que, por fin, ya están de vuelta de esa fase de acoso y derribo. Y muestran interés por estos saberes, ven que no conviene arrumbar todas estas tradiciones que han sustentado el sistema de valores y la lucha ética de los hombres, el análisis de los valores desde el pensamiento crítico a lo largo de la historia. Si uno busca en la educación una serie de habilidades prácticas, de intendencia únicamente, quizás no sean los conocimientos que más pueden aportar. Pero si uno busca en la educación el cultivo de una serie de facultades como el pensamiento crítico, el pensamiento relacional, la empatía, el dominio del lenguaje, la capacidad de análisis, de sensibilidad, de belleza, y de conexión con el ser humano en el presente y en otras épocas, creo que para eso es fundamental toda esta tradición. Porque sobre esta tradición hemos llegado hasta aquí.
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-Y como estudioso de esa tradición clásica, ¿qué le parece el deterioro que las nuevas tecnologías digitales están causando en nuestras habilidades básica? No sé si todo esto se parece un apocalipsis de lo humano.
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-Bueno, eso también es humano. Todas esas invenciones, los pasos que estamos dando en esa dirección, forman parte de la historia de la humanidad. Son producto de nuestras capacidades como seres humanos. La cuestión es que, por lo novedoso, puede parecer que nos deshumaniza frente a lo anterior. Creo simplemente que nos pone ante otros desafíos. Desafíos que sí pueden ser de mucho riesgo y pueden convertirnos en personas carentes de voluntad. La voluntad es lo que caracteriza fundamentalmente al ser humano, su capacidad de hacer las cosas según su criterio. Para mí es la mayor amenaza de la tecnología que estamos desarrollando de algoritmos de control social, de inducción de conductas, de selección de contenidos para generar actitudes, para inducir pensamiento… El objetivo contra el que atenta es la voluntad. Dejaremos de ser realmente humanos, personas, cuando perdamos la capacidad de ejercer nuestra voluntad. Eso es realmente lo que nos caracteriza como seres humanos. Esa deshumanización es la que realmente me preocupa. Dejar de tener capacidad de decidir y de pensar por nosotros mismos y acabar siendo instrumentalizados.
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-Y como estudioso de una cultura que inventó la democracia, aunque no sea exactamente nuestra democracia actual, ¿cree que vamos hacia una extinción de ese sistema de gobierno?
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-El panorama no es muy alentador. No voy a decir que vamos hacia el final porque el futuro siempre está abierto, pero nunca realmente hemos tenido una democracia que se asimilara deontológicamente a los principios políticos que hizo realidad durante mucho tiempo la antigua democracia griega. Hemos tenido, y seguimos teniendo, una especie de oligarquías encubiertas, cada vez menos encubiertas, que utilizan el sistema de voto y el nombre de la democracia y una cierta patina de legitimidad para defender sus intereses privados, de clase.
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-¿Podría ampliar eso?
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-Durante muchas décadas, y ya podemos decir siglos, eso funcionó en las democracias occidentales, en las democracias liberales y en el republicanismo en general. Tampoco el republicanismo en su tradición pretendió nunca ser una democracia al estilo de las antiguas polis griegas. Pero esta tradición que entendíamos hasta ahora por democracia, basada también en el Estado de derecho y en la existencia del interés común y de una serie de valores que se daban por inalienables, vemos que está siendo totalmente derrumbada en estos momentos. Vemos que las decisiones más importantes no es que no sean tomadas por los ciudadanos, que sería lo deontológicamente correcto en el ámbito de una democracia, es que no se toman ni siquiera por los parlamentos nacionales; ni siquiera por ninguna de las organizaciones elegidas. Las toman determinados lobbies o grupos de presión, determinadas instancias que no tienen nada de democrático. Empezando por la propia Unión Europea sin ir más lejos. No me estoy refiriendo solamente a los poderes fácticos, incluso esto ocurre dentro de los poderes ‘de iure’. La propia Comisión Europea no es una organización democrática, ni mucho menos. Y luego, si vamos a los poderes fácticos o a las personas como el presidente de los Estados Unidos y su círculo de influencia, que toman las decisiones al margen de los organismos más próximos como el Congreso o el Senado de EE UU, o de la cúpula de la OTAN, en ese sentido vemos que la democracia acaba siendo cada vez más un sueño que se esfuma con celeridad. Y se están esfumando otras conquistas.
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-¿Podría detallarlas?
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-El Estado de derecho, el derecho internacional, el que la convivencia entre los seres humanos pueda estar regulada por leyes a las que todo el mundo más o menos esté dispuesto a reconocer. Estamos viendo cómo todo eso está siendo sustituido a marchas forzadas por la ley del más fuerte. Eso siempre ha sido una tendencia en la historia de la humanidad. La política se genera como un esfuerzo de coordinar la voluntad de todos para combatir el egoísmo, para combatir precisamente la ley del más fuerte. Pero todo eso, que ha sido siempre una tendencia contra la que la política ha tenido que luchar, en estos momentos está siendo derrotado. No sólo por la marcha de los acontecimientos sino porque parece que los propios representantes de la política, los propios creadores de opinión pública e informadores están aplaudiendo esa actitud y están poniéndose del lado de aquel que ejerce la ley del más fuerte. La verdad es cada vez más irrelevante para sustentar el discurso político. No hace falta que los hechos se correspondan con la verdad. Basta con que sean presentados como verdad, de una forma cada vez más hipócrita. Esto es lo realmente preocupante. Lo preocupante no sólo es una pérdida de la democracia sino a una pérdida de la civilización en su sentido más primitivo y pleno. Es decir, si dejamos de dar la importancia a la verdad, si la verdad deja de ser un fundamento para la convivencia, entonces estamos minando no solo los cimientos de la democracia, estamos minando los cimientos de la civilización.
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-Porque la verdad es un asidero al que agarrarse para empezar a orientarte.
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-Claro. Parecía que lo único que nos quedaba ya era la ciencia. Si dejamos de lado la religión, las tradiciones, todas estas fuerzas colectivas que más o menos sustentaban y daban cohesión a la sociedad, parecía que nos agarrábamos únicamente a la ciencia. A la ciencia como algo que sirve a la verdad. Pero ya estamos dispuestos a entrar en ese juego de que la verdad no tiene ninguna relevancia ni siquiera a nivel científico. Lo hemos visto durante la pandemia también. ¡Cuántas cuantas cosas se han hecho de espaldas a la ciencia y en nombre de la ciencia precisamente! La pérdida del respeto por la verdad es ya el último paso para acabar con la sociedad como un conjunto de personas organizadas para poder vivir de manera sostenible.
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-¿Y entre lo importante que se esfuma está también el proyecto europeísta?
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-Soy de las personas que ha estado ya desde hace dos décadas criticando el proyecto europeo, cuando era tabú incluso ponerlo en tela de juicio. Me refiero antes de la crisis de 2008 y de 2010. Para mí esta Europa que viene construyéndose desde el Tratado de Roma es un organismo supranacional que trata de convertir en un poder ‘de iure’ un poder ‘de facto’ que pertenece a determinada élite económica. No me identifico con esa Europa. Creo que nos merecemos una cosa mucho mejor que eso. Y en los últimos tiempos hemos visto cómo esa Europa se ha alineado totalmente con los intereses del anglo-sionismo, por llamarlo de alguna forma. Vimos cómo ha estado dejando mancillar los propios intereses, la propia dignidad de Europa y de los pueblos europeos. Cómo hemos dejado que nos vuelen los gasoductos. Después, cómo estamos suscribiendo todas las operaciones militares que organizan estos lobbies. En fin, cómo estamos además asistiendo y sirviendo de manera lacaya a los intereses de esta hegemonía que se está derrumbando y, a la vez, arrastrando a Europa a un aislamiento frente a otras dinámicas que se están dando en el mundo. Estamos al servicio de un sistema que no sólo es que esté ya fracasado y que sea inmoral en muchos sentidos, es que nos está arrastrando también a ese fracaso. En esta Europa no he tenido ninguna confianza y ahora menos, cuando las cosas son a cara descubierta.
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-Usted lleva treinta años residiendo en Grecia. ¿Cómo va el país después de aquellos duros años de la intervención?
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-Las dinámicas son las mismas, no ha cambiado nada. Grecia tiene toda su economía intervenida por cien años por el mecanismo europeo de estabilidad financiera. Sigue pagando los intereses a los acreedores. Pero desde que en 2017 el Eurogrupo decidió sacarla a los mercados declaró que la crisis ya se había terminado, como si nada hubiera pasado. Lo que pasa es que se deja de hablar de ese asunto. Antes era el pan de cada día, pero las dinámicas siguen siendo las mismas. La deuda pública, de hecho, ha seguido creciendo desde entonces. Ya nadie habla de ello, pero ha seguido creciendo y seguimos inmersos en el mayor plan de privatizaciones del mundo. Seguimos vendiendo todos los activos nacionales, toda la riqueza nacional. La sociedad actual está un poquito menos estresada en el sentido de que no le están bombardeando todo el día con las noticias de las primas de riesgo, de la deuda. Pero en el fondo está viviendo un día a día muy apretado y cada vez con una carestía mayor, con unas perspectivas que no son nada halagüeñas. A Grecia le salva en cierto sentido que es un país que recibe mucho turismo, muchas divisas por esa vía. Pero es un país en el que los jóvenes han perdido gran parte de su perspectiva. Ha habido una emigración masiva de jóvenes griegos a otros países, a Alemania fundamentalmente, a Estados Unidos, Inglaterra… a otros países, durante todos estos últimos años. Grecia sigue siendo un lugar muy poco prometedor para sus hijos y con una gran cantidad de problemas económicos. La atención está puesta en otros puntos, pero el día a día sigue siendo terrible.
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-Terminamos. Antes aludió a que el futuro nunca está escrito, pero parece vamos hacia tiempos negros. ¿Cómo reconducir todo este nuevo desorden internacional?
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-El futuro lo vamos condicionando con nuestras acciones o con nuestras omisiones. Creo que lo único que puede garantizar un futuro mejor, para que no sea el mero efecto de la coacción y la mentira, es que cobremos conciencia y desarrollemos acción, conciencia y organización para poder actuar. Desde la crisis de los rescates, pasando por la pandemia y ahora con las guerras ya extendidas por toda la tierra, creo que todo esto ha hecho que una parte de la población cobre conciencia. Todavía no hemos llegado al punto de que esa conciencia se organice de forma suficiente como para transformarse en una acción política eficaz. Es lo que tendría mayor sentido. Entonces eso está generando frustración, angustia, miedo, desinterés por parte de la población. Porque la gente no quiere vivir angustiada y, lógicamente, si creen que ellos no pueden hacer nada para cambiar las cosas se desentienden. Todo está generando confusión y adhesión a falsas promesas y a falsos ideales. Tenemos que seguir cultivando la conciencia. No dejarnos engañar por los discursos sesgados. Relacionarnos con personas que realmente puedan darnos buena opinión, información y análisis de la realidad. E intentar ser valientes y organizarnos para poder cambiar las cosas que estén a nuestro alcance. Y empezar poco a poco. Porque si no, como usted preguntaba, el futuro no resulta nada halagüeño.
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