Si no eres némesis, no eres nadie
Hay palabras que duermen el sueño de los justos durante años. Y, de repente, un día, alguien las despierta de forma abrupta. Pasan de que nadie se ocupe de ellas a estar en boca de todos. Es lo que ha ocurrido con «némesis». Ahora puedes oír el término de moda en una vulgar conversación de mercado o mientras esperas turno en la peluquería: «Ojo con Sánchez, que le habéis dado por muerto y resulta que es la némesis de Trump».
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Quien despertó el vocablo griego fue el «Financial Times». No podía ser cualquiera, tenía que ser un medio con caché, como la biblia de los poderosos. El FT publicaba la semana pasada el artículo titulado «Cómo Pedro Sánchez se ha convertido en la némesis de Donald Trump en Europa». El diario justificaba en el subtítulo las razones del alto honor con el que uncía a nuestro primer ministro: «Dice al presidente de Estados Unidos lo que ningún otro líder europeo se atreve a decirle».
[–> [–>[–>Por si esto fuera poco, al otro lado del Atlántico, el gran periódico norteamericano de referencia, el portavoz de la izquierda exquisita, el mismísimo «The New York Times», entronizaba al líder español. «Sánchez se ha convertido en un referente para los progresistas frustrados de Europa, que lo ven como una de las últimas voces abiertamente de izquierdas en un panorama cada vez más dominado por la derecha, pero también se ha vuelto un blanco para los conservadores».
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El Diccionario de la Lengua Española ofrece para némesis, en su segunda acepción, la siguiente definición: «Persona enfrentada a otra o enemiga acérrima suya». Más clara parece la definición de los diccionarios ingleses, que es sin duda la que utiliza el diario londinense para referirse a Sánchez: «La némesis de alguien es una persona o cosa que le resulta muy difícil derrotar». Si algo define a Sánchez es que resulta muy difícil de vencer. Y si no, que se lo digan a las numerosas némesis que atesora en su currículum.
[–>[–>[–>No sé si Sánchez ha engordado varios kilos con tanto elogio, pero no sería de extrañar que subiera -o, al menos, dejara de caer- varios puntos en las encuestas. Ser la «némesis» del hombre más poderoso del mundo es la más alta distinción que un político puede alcanzar. Uno espera que la némesis de Trump sea Putin, Xi Jinping o incluso Macron. Pues no señor. Es el denostado Pedro Sánchez, al que muchos de sus compatriotas creen que a lo máximo que puede aspirar es a ser la némesis de Feijóo o Abascal.
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Hay dos formas, para un político, de conseguir que los más influyentes le tengan en cuenta y se fijen en ti, de llegar a ser alguien en el mundo. Una es peloteando, adulando o haciéndote amigo de los que son más poderosos que tú. Ese método ya lo utilizó Aznar en 2003, fumándose un puro, poniendo los pies encima de la mesa y hablando texano. Fracasó estrepitosamente. La otra forma es convertirte en la mosca cojonera, en el insecto insignificante que perturba al emperador, que se atreve a contradecir al todopoderoso amo del mundo.
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[–>Pedro Sánchez ya gozaba de una gran estima entre la izquierda internacional. A los piropos de Susan Sarandon en los Goya, se ha sumado ahora el actor Mark Ruffalo: «Este hombre debería estar liderando la Unión Europea en estos tiempos difíciles». Sólo le faltaba en su vitrina el título que lleva el nombre de la diosa griega Némesis, «verdugo de los fanfarrones, pues los persigue con justicia», como reza el aforismo.
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Pero cuidado con Némesis. Dice la tradición que quien recibe abundantes dones de la fortuna recibirá la visita de la diosa Némesis, que le proporcionará perjuicios y sufrimientos, con el fin de restablecer el equilibrio entre la felicidad y el infortunio. Y, como bien decía Borges, «hay que tener cuidado al elegir a los enemigos, porque uno termina pareciéndose a ellos».
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