Simón, el bombero pirómano
Encontrarse en televisión a Fernando Simón hablando de un brote de hantavirus es como escuchar el sonido de una sirena antiaérea en plena siesta: no sabes si levantarte, correr o ponerte a rezar. Quien sigue ocupando el mismo despacho público en el que ya lo sorprendieron un misionero con ébola y una pandemia mundial, ha reaparecido para pedir calma. Palabra que, en su boca, mete miedo y solo logra tranquilizar a los virus, que no se animan a expandirse hasta que este personaje anuncia por altavoz que solo habrá “uno o dos casos”.
[–>[–>[–>El director del Centro de Coordinación de Alertas del Ministerio de Sanidad continúa en su cargo por una razón evidente: nadie genera alarma social con tanta eficacia como él mismo. Simón es un virtuoso del círculo vicioso epidemiológico: primero inquieta y luego comparece para tranquilizar sobre la inquietud que él mismo acaba de crear. El bombero pirómano de la salud pública se antoja el eslabón perdido entre el método científico y el mal de ojo.
[–> [–>[–>Estábamos todos tranquilos siguiendo la deriva del crucero errante con un gin tonic y unas aceitunas rellenas de anchoa, escuchando a Radio Futura, hasta que abrió la boca el tonto Simón. Gracias a su reciente predicamento, la ciudadanía duda entre agotar las existencias de harina para aprender a hacer pan en casa o encargar mascarillas a China antes de que las acapare el Koldo de turno. Este tipo, como un fantasma sin sábana, me descompone: voy corriendo al supermercado a por papel higiénico.
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