Tarazona, entre un patrimonio excepcional y el recuerdo de Bécquer | Escapadas por España | El Viajero
“Tarazona es una ciudad pequeña y antigua, más lejos del movimiento de Tudela (…) pero tiene un carácter más original y artístico. (…). Hay momentos en que se cree uno transportado a Toledo, la ciudad histórica por excelencia”, escribía Gustavo Adolfo Bécquer en Desde mi Celda (1864). La antigua Turiaso vive un nuevo renacimiento gracias al incansable tesón de la Fundación Tarazona Monumental, creada en 2007 con la misión de desempeñar infinidad de labores de restauración, gestión y promoción del patrimonio cultural. El objetivo primordial es mantener viva el alma de una ciudad que ha sabido reinventarse a sí misma y preservar la huella de las tres culturas (cristianos, musulmanes y judíos), así como su legado renacentista y barroco. Un museo al aire libre que un día fue refugio de poetas.
Tarazona es la escapada perfecta para el viajero interesado en redescubrir un entorno cercano de dimensiones amables. La localidad zaragozana permite disfrutar de un sinfín de rutas como la del medievo en Tierra de Fronteras, la ruta de la cultura mudéjar, la ruta del Renacimiento o la de la arquitectura industrial. Será la ocasión ideal para dejarse cautivar por los atractivos culturales que ofrece esta urbe bañada por las aguas del río Queiles, como la recientemente restaurada y espectacular cúpula renacentista del Palacio Episcopal, las cárceles del siglo XVIII, cuyas paredes custodian una de las colecciones de grafitis de presos más extensa y sobrecogedoras de Europa, o la mezquita de Tórtoles, restaurada y abierta al público en 2017 y que constituye uno de los pocos ejemplos conservados de mezquitas musulmanas construidas en época cristiana.

Hay que remontarse miles de años atrás para bucear en los orígenes de la capital del Moncayo. “Tubalcaín me edificó y Hércules me reedificó”, figura en el escudo de la ciudad ya desde el siglo XVI. Cuenta la leyenda que el gigante Hércules pasó por aquí camino al monte Olimpo y, al comprobar que la población estaba destruida, ayudó a los turiasonenses a reconstruirla. No es de extrañar que la simbología relativa a Hércules y a sus trabajos esté presente en algunos edificios de la ciudad, como en la fachada del Ayuntamiento (en la plaza Mayor), donde están representados los siete trabajos de Hércules, o en la cúpula del Palacio Episcopal.
La designación romana de Tarazona era Turiaso. Aunque no existe una certeza absoluta, parece que los romanos se asentaron aquí en torno al siglo I a.C. “Se han encontrado restos arqueológicos de la era romana como una cabeza de Augusto que está en el Museo Arqueológico de Zaragoza”, cuenta nuestra experta guía Pilar Ledesma.
Nos adentramos en la nueva Tarazona, que ha dejado de ser un tesoro estático para convertirse en un organismo vivo que recupera su esplendor a golpe de bisturí y andamio. Entre los imprescindibles en vuestro cuaderno de viaje se encuentran varios monumentos.
El Palacio Episcopal
El primero es la cúpula renacentista del Palacio Episcopal. Durante 10 años, el restaurador Miguel Agoiz Gómez y su equipo trabajaron de forma minuciosa e incansable para devolverle a esta bellísima cúpula del siglo XVI su antiguo esplendor. Agoiz nos lo explica así: “Este edificio estaba en muy mal estado y se decidió hacer una intervención en 2016. En primer lugar, llevamos a cabo un cosido de todos los elementos de la cúpula, para que no se cayeran. En 2025, se procede a la retirada de las capas de cal que durante el paso de los años se habían ido superponiendo en declive de una notable pérdida de la calidad. Parece que la talla del yeso fue creada por Alonso González —mismo autor de las pinturas murales del Cimborrio de la catedral de Tarazona—”. Tras la restauración minuciosa, la cúpula vuelve a permitir que la luz bañe de nuevo una de las residencias episcopales más bellas de Aragón.

Declarado Bien de Interés Cultural en 2020, el último obispo habitó el Palacio Episcopal en el año 2000. Se trata de un palacio o fortaleza musulmana (antigua Zuda) que sirvió de sede a los gobernantes militares y fue residencia del gobernador civil. Su ubicación estratégica en una enorme roca sedimentaria de gran altura sobre la terraza del río Queiles regala una vista que corta la respiración. Después de la Reconquista, se convirtió en un palacio cristiano y en el siglo XIV, tras la Guerra de los dos Pedros (la contienda entre la Corona de Aragón y la de Castilla) el obispo Pérez Calvillo le otorgó la categoría de Palacio Episcopal. Actual sede administrativa de la diócesis de Tarazona, a nivel arquitectónico, es un collage de estilos. Una de las visitas más recomendables es el Salón de los Obispos, construido en el siglo XV para albergar las Cortes Reales presididas por los Reyes Católicos y Felipe II. La sala, aunque está pendiente de restauración, es la gran joya del edificio y está cubierta por un magnífico alfarje mudéjar sin policromar. La actual decoración la diseñó el gran artista renacentista Pietro Morone en el siglo XVI.
La catedral, la Capilla Sixtina del Renacimiento español

El Renacimiento en Tarazona no se entiende sin la catedral de Santa María de la Huerta. Tras permanecer cerrada al público durante 30 años por reformas, reabrió en abril de 2011. En ella conviven en armonía diferentes estilos artísticos: estructura gótica, alzados mudéjares, revestimientos renacentistas y el efectismo del barroco. Uno de sus rincones más impresionantes es la Capilla Mayor, conocida como la Capilla Sixtina española. Las pinturas murales de la cabecera, vinculadas a la maestría de Alonso González, ofrecen un despliegue de técnica y color que rivaliza con las grandes obras vaticanas. Es un diálogo visual entre el gótico de la estructura y el humanismo renacentista de sus frescos.
Aunque sus orígenes son algo inciertos, sí se sabe que fue construida en el siglo XII por maestros franceses en el margen derecho del río Queiles (fuera de las antiguas murallas de la ciudad) sobre los restos de una basílica paleocristiana.
La visita guiada se distribuye en tres zonas diferenciadas: el cimborrio, la catedral y la zona de la sacristía (cada una de ellas con su propia entrada). Andrea Martínez, guía turística de la Fundación Tarazona Monumental, explica: “Fue uno de los edificios que más sufrió con la Guerra de los dos Pedros (1356-1369) y en el siglo XIV se lleva a cabo la reconstrucción mudéjar. Entre las partes reformadas: la torre del reloj, el cimborrio o el claustro. En el siglo XVI, tendrá lugar la remodelación renacentista liderada por Alonso González, que cubre los muros de la catedral con el actual color gris y la veta de la piedra con color blanco”.
Entre otros tesoros que habitan en su interior, destacan el cimborrio mudéjar y el claustro, uno de los más peculiares y bellos de la Península. La construcción del cimborrio se inició en 1543 en estilo gótico de la mano de Juan Lucas Botero el Viejo. Tras su muerte, su hijo Juan Lucas Botero el Joven finalizó la obra. Reconstruido también tras la cruenta Guerra de los dos Pedros, el claustro, de estilo mudéjar, está construido en ladrillo y es muy original, ya que los pasillos que lo circundan están cerrados. Además, los arcos en los que descansa la bóveda son góticos y se apoyan en ménsulas decoradas con motivos vegetales únicos e infinitos (no se vuelven a repetir) y temas figurados de carácter religioso o burlesco.

Los calabozos del siglo XVIII
En consonancia con el espíritu de renovación y rescate de la ciudad, otra de las grandes sorpresas de la ciudad son los antiguos calabozos ubicados en los bajos del Palacio Episcopal. Datan del siglo XVIII y desde 2019 se pueden visitar para contemplar la colección de grafitis de quienes estuvieron aquí presos. Su valor no es solo artístico, sino sociológico, ya que permite leer el pensamiento de quienes habitaron allí hace tres siglos. Nuestra guía Lola Zueco Gil, técnico de Patrimonio Cultural de la Fundación Tarazona Monumental, comenta: “En aquella época solo los clérigos sabían escribir, pero también estuvieron aquí tropas de la guerra de la Independencia, guerras carlistas… Por eso, los motivos de los grafitis son tan diversos: armas, barcos, trabajos agrícolas, rayitas con la cuenta de los días, caricaturas o mujeres con útiles de labranza, entre muchos otros”.
La mezquita de Tórtoles, una de las más tardías de la Península
Uno de los hitos más emocionantes de la reciente restauración monumental de Tarazona es la mezquita de Tórtoles. Nos encontramos ante una anomalía histórica fascinante: es la mezquita más tardía construida en Aragón, levantada ya en época cristiana (mediados del siglo XV). Tras la conquista cristiana de Tarazona en 1119 liderada por Alfonso I El Batallador, muchos musulmanes abandonan el barrio de El Cinto para vivir extramuros. Se amplió así la ciudad y se crearon nuevos barrios como Tórtoles.

Tras varias décadas de restauración, desde 2012 se puede disfrutar de la belleza de este monumento excepcional declarado Bien Catalogado del Patrimonio Cultural Aragonés en 2020. “Uno de los aspectos más relevantes es su espléndida techumbre de madera con inscripciones en árabe. Constituye uno de los conjuntos iconográficos más excepcionales del territorio aragonés. En 1526 tiene lugar una conversión forzosa de los mudéjares y la mezquita se transforma en iglesia”, comenta la guía. Cuando se descubrió la mezquita en los años ochenta, estaba irreconocible. Miembros del Centro de Estudios Turiasonense entraron en un pajar por casualidad y empezaron a indagar al ver que había policromía y escritura árabe. “Es un orgullo, es algo muy auténtico de Aragón que cuenta nuestra historia y la historia de la convivencia de culturas”, comenta la guía.
Tarazona y el Moncayo, alma literaria y refugio de Bécquer

Aunque hace más de un siglo y medio que los hermanos Bécquer (Gustavo y Valeriano) abandonaron estas tierras protegidas por el Moncayo, Tarazona sigue conservando su espíritu de ciudad literaria. A ello contribuye también su antiquísima Casa del Traductor, un centro de referencia internacional único en España. Sus orígenes se remontan a un centro de traducciones creado en el siglo XII donde los clérigos traducían obras del árabe y el hebreo al latín.
Recuperada en 2016 tras varios años de inactividad, en sus salas, escritores y traductores de todo el mundo conviven para verter obras de una lengua a otra. Sus orígenes se remontan a la época de la Reconquista, cuando el obispo Miguel de Toulouse se hizo cargo de la sede episcopal de la ciudad y constituyó la Escuela de Traductores de Tarazona. Su actividad se anticipó 90 años a la Escuela de Traductores de Toledo y en ella se tradujeron obras de filosofía, astronomía, matemáticas… del árabe y del hebreo al latín. En palabras del actual gerente de esta institución, Juan Antonio Fuentes: “El espíritu es que traductores literarios de todo el mundo tengan aquí una casa de acogida para poder llevar a cabo sus traducciones de su lengua materna al español. La filosofía es facilitar la convivencia y el intercambio entre traductores. Esta casa nació tomando como referencia las que ya existían en Europa: se ofrece alojamiento y se cobra un precio simbólico. Es como una pequeña embajada cultural de Tarazona hacia el exterior”.
Tras la desamortización de 1835, el monasterio de Veruela (a 13 kilómetros de Tarazona) se convirtió en un escenario muy atractivo para artistas, poetas y viajeros curiosos de la época. El poeta Braulio de Foz no dudó en afirmar que “todos los males se curan con los aires de Veruela”. Gustavo Adolfo Bécquer y su hermano Valeriano se instalaron en este precioso rincón de la sierra moncaína a finales de 1863 e hicieron varias estancias hasta 1874.
Aquí, el poeta romántico escribió nueve cartas sobre los paisajes, las gentes y los usos y costumbres de la zona que luego se recopilaron en el libro Desde mi celda. “En aquella época era una zona muy rural enclavada entre los caminos y montañas. El poeta se sentaba en la Cruz Negra, en el exterior del monasterio, a esperar las noticias que llegaban de Madrid y ahí entregaba al cartero sus cartas y artículos que luego se publicaban en el periódico El Contemporáneo“, comenta la experta Ana Ventura. Y sigue: “Su hermano Valeriano era pintor y con sus pinceles contaba la realidad que veía: son documentos supervaliosos e interesantes porque nos ayudan a entender cómo era la vida aquí a finales del siglo XIX. Entre otros muchos, hay un dibujo de Valeriano donde se ve sentado a Gustavo Adolfo Bécquer en la Cruz Negra esperando el periódico”.

Parece ser que una de las razones por las que eligieron Veruela fue para sanar los problemas respiratorios de Gustavo Adolfo. Su mujer era de un pueblo cercano, Noviercas (Soria), y conocían de la zona. En aquella época los monjes se habían tenido que marchar de Veruela y una parte se había convertido en una hospedería. “Ellos llegaron con una vestimenta muy elegante (hay una fotografía de Bécquer con sombrero de copa, los zapatos brillantes, el chaqué…) que contrastaba mucho con los ropajes de la gente que vivía aquí”, cuenta Ventura. Todo ello se muestra en el Espacio Bécquer del monasterio, un exposición dedicada a esta pareja de artistas e inaugurada con motivo del 175º aniversario del nacimiento del poeta romántico. En su carta IX Desde mi celda, Bécquer se refiere así a la iglesia que descansa en el interior del monasterio: “Figúrese usted una iglesia tan grande y tan imponente como la más imponente y más grande de nuestras catedrales (…)”. El paisaje del Moncayo, así como las calles y las plazas de Tarazona (por donde el poeta transitaba y donde se alojaba cada vez que viajaba de Madrid a Veruela y viceversa), inspiraron también al escritor en algunas de sus leyendas más famosas como El monte de las ánimas (1861), El gnomo (1863) y La corza blanca (1863).
El Real Monasterio de Santa María de Veruela fue la primera fundación de la orden cisterciense en el Reino de Aragón, hacia el año 1145. No hay que irse sin visitar su hechizante claustro, mitad gótico, mitad renacentista, así como la zona museística dedicada a la DO de vinos Campo de Borja y los Aceites del Moncayo.
Gracias a la labor de restauración y recuperación de la Fundación Tarazona Monumental, la capital del Moncayo sigue siendo ese lugar donde se encuentran diferentes culturas. Además de las visitas sugeridas, la ciudad cobija entre sus históricas calles y plazas tesoros como la iglesia de Santa María de la Magdalena, la iglesia de San Atilano (patrón de la ciudad), reconvertida en un interesantísimo espacio cultural, el Ayuntamiento con su impresionante fachada decorada o el barrio de la Judería.
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