Trump impone unos aranceles insólitos en EEUU desde 1930

La obsesión de Donald Trump por los aranceles no es nueva. En los años ochenta, cuando cultivaba su faceta de magnate inmobiliario con su perfil de donjuán en las revistas del corazón, encontró el modo de insertarse en la conversación política del país con sus críticas a la pujanza económica de Japón, Alemania Occidental o Corea del Sur. “Tengo mucha fe en los aranceles”, dijo en una entrevista en 1988. “América está siendo estafada. Somos una nación deudora, necesitamos impuestos y aranceles para proteger a este país”. Un año antes llegó incluso a pagar un anuncio en los principales diarios del país sugiriendo el uso de aranceles contra los principales aliados de EEUU para recuperar el dinero invertido en su defensa. “Es hora de acabar con nuestros vastos déficits haciendo que Japón y otros nos paguen”, decía el anuncio.
Nada ha cambiado, por lo tanto, en estas últimas cuatro décadas. Ni su amor por los aranceles (“mi palabra favorita del diccionario”), ni su fijación por los déficits o el sentimiento de agravio hacia los países bajo el paraguas de seguridad de EEUU. Pero a diferencia de lo sucedido en su primer mandato, cuando recurrió al proteccionismo de forma selectiva para proteger a un puñado de industrias, Trump finalmente ha conseguido universalizar los aranceles y hacer retroceder por el camino al reloj de la historia. Este miércoles ha anunciado un impuesto del 10% para todas las importaciones desde el extranjero y aranceles adicionales de distinta magnitud para unos 60 países, los que, según sus asesores, más barreras comerciales imponen a los productos estadounidenses. Trump lo ha bautizado como “el día de la liberación”, pero para buena parte del mundo no será más que el comienzo de una nueva ‘guerra’: una guerra comercial llamada a trastocar profundamente el comercio internacional.
“Durante décadas nuestro país ha sido saqueado, rapiñado y desvalijado por naciones cercanas y lejanas”, dijo el republicano durante su anuncio en los jardines de la Casa Blanca. “Ante la implacable guerra económica, EEUU no puede seguir con una política de rendición económica unilateral”. Trump los ha bautizado como “aranceles recíprocos”, concebidos para “hacer rica de nuevo a América” y calculados en función de lo que otros países cobran a los exportadores estadounidenses, a lo que se ha añadido “otras barreras no monetarias y otras formas de engaño”. Un cómputo al que se ha aplicado un “descuento”, según explicó. Para la Unión Europea el arancel será del 20%; para China del 34%; Reino Unido, un 10%; Japón, un 24%, Corea del Sur, un 25%; Vietnam, un 46%. Y así un largo etcétera.
El miedo de los economistas
Como suele ser habitual, la Administración Trump no parece haber distinguido entre aliados y rivales. Ningún país se salva de la quema, con la que el mandatario pretende reactivar la industria estadounidense, atraer a empresas extranjeras o reducir los déficits comerciales. Unas pretensiones que chocan con las previsiones de los mercados y la mayor parte de los economistas, que temen que los aranceles – que los pagarán los importadores estadounidenses—empujen al alza los precios y acaben frenando el crecimiento. El Budget Lab de la Universidad de Yale estimaba hace unos días que un arancel universal del 20% le acabaría costando a los hogares estadounidenses entre 3.400 y 4.200 dólares anuales.
Lo que está claro es que el experimento servirá para volver atrás en el tiempo, a una época tan convulsa como fue el período de entreguerras. Antes incluso de anunciarse estos “aranceles recíprocos”, Trump había situado la tasa media de aranceles en EEUU en el 12%, según el Deutsche Bank Research, el nivel más alto desde la Segunda Guerra Mundial.
Sin precedentes desde hace un siglo
Pero con los nuevos gravámenes está llamado a acercarse a los niveles de 1930, cuando el Congreso aprobó la Ley de Aranceles Smoot-Hawley meses después del crash bursátil de 1929 y el inicio de la Gran Depresión. Lejos de solventar los problemas, aquella ley solo sirvió para agravar la crisis al estrangular el comercio internacional cuando más necesario era, según la el consenso entre los historiadores. Decenas de países respondieron con sus propias barreras comerciales y el comercio mundial se desplomó un 60% entre 1929 y 1934.
Trump no es un estudioso de la historia. Tiende a manipularla, pero está jugando con fuego. Del éxito o fracaso de su pensamiento mágico dependerá la suerte de los republicanos en las legislativas de 2026.
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