Un año de presidencia | ¿A qué otra época histórica se parecen estos tiempos de Trump?
Al jefe de la fuerza de choque contra la inmigración, Greg Bovino, le gustan las demostraciones marciales de poder. Esta semana ha aparecido marchando por las calles de Mineápolis, paso firme, rodeado de decenas de agentes del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés). Enfrente, manifestantes desarmados que desafiaban el frío helador de la ciudad americana y que protestaban por los abusos de la «migra”; uno de sus agentes mató a tiros a una mujer en una redada en la ciudad.
[–>[–>[–>Alguien empezó a gritar a la fuerza policial: «¡Camisas pardas! ¡Camisas pardas!» (en inglés, brownshirts). Se refería a las fuerzas de choque del nazismo, las milicias Sturmabteilung o «SA». Incluso el abrigo largo de corte militar del jefe del ICE recordaba al estilo de aquellos viejos tiempos de la Alemania previa a la Segunda Guerra Mundial.
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Las comparaciones de la deriva autoritaria de Estados Unidos con el auge del fascismo de la Alemania de entreguerras están cada vez más presentes en los análisis de prensa, entre los profesores de historia comparada y en los discursos de algunos políticos estadounidenses. Desde que Trump invadió Venezuela y decapitó al régimen, también se compara a la nueva administración estadounidense con las del siglo XIX, cuando el país americano ejercía presión contra los vecinos latinoamericanos, que consideraban su esfera de influencia (Doctrina Monroe, Corolario Roosevelt).
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¿A qué otro período histórico se parece más el actual?
[–>[–>[–>Toda comparación histórica cojea, pero sirve para detectar patrones y así, anticipar soluciones a los problemas que podrían estar por venir.
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«Como historiadora de Alemania, sugeriría que las similitudes son mayores entre la Administración estadounidense actual y la Alemania posterior a 1933», tras el ascenso de Adolf Hitler al poder después de ser elegido democráticamente, dice a este periódico Pamela Swett, profesora de Historia de la Universidad de McMaster en Canadá. «Veo similitudes entre los primeros años de la dictadura hitleriana y las acciones del presidente de Estados Unidos durante el último año. Entre otras, destacan como ejemplos claros los ataques contra las comunidades inmigrantes dentro de Estados Unidos, la destitución de críticos dentro del Gobierno, la ampliación de la actividad policial y el uso de la violencia estatal contra ciudadanos estadounidenses, y el absoluto desprecio por el derecho internacional, como hemos visto más recientemente en relación con la situación en Venezuela”.
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[–>Hay más similitudes entre la política ultra de los nacionalsocialistas alemanes y los mensajes políticos de Trump. La xenofobia y el racismo están entre los rasgos más evidentes. El político republicano ha hecho de la antiinmigración su política estrella. Y no se trata solo de expulsar, como dijo en campaña, a los inmigrantes que cometen delitos; eso se ha hecho siempre, especialmente en el Gobierno del demócrata Barack Obama, que fue llamado por algunos «deportador en jefe”. La diferencia ahora son los métodos empleados y, sobre todo, el discurso que rodea a la expulsión. Trump quiere inmigrantes blancos (por ejemplo, sudafricanos), pero no de piel oscura.
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Trump pide al presidente de Sudáfrica una «explicación» sobre la «persecución» a los afrikaners / .
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«¿Por qué solo recibimos gente de países de mierda? ¿Por qué no podemos traer gente de Noruega, Suecia, solo unos pocos, de Dinamarca? ¿Les importaría enviarnos a algunas personas? Envíennos gente linda, ¿puede ser?», dijo el presidente en un discurso. «Pero siempre recibimos gente de Somalia, lugares que son un desastre. Asquerosos, sucios, repugnantes, plagados de delincuencia».
[–>[–>[–>En otros discursos ha cargado contra los mexicanos o venezolanos, calificándolos de violadores o asesinos. Ha impuesto un marco racial en la política migratoria, entre otras cosas porque su base MAGA (Make America Great Again) está formada mayoritariamente por blancos que ven amenazada su primacía en el país.
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El «apaciguamiento» de Trump
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También vuelve otra palabra clásica: el ‘appeasement’ o el apaciguamiento, la estrategia diplomática de evitar la guerra por medio de concesiones territoriales.
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En 1938, el primer ministro británico, Neville Chamberlain, y su homólogo francés, Édouard Daladier, aceptaron las exigencias de Hitler para que Checoslovaquia cediera a Alemania una parte de su territorio conocida como los Sudetes. Hitler convenció a los aliados occidentales de que esa era su única pretensión territorial. Mintió. El líder nazi ordenó la invasión de Polonia pocos meses después, y desencadenó la peor guerra que ha conocido la humanidad.
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Aquella estrategia de apaciguamiento fallido se recuerda ahora para explicar la que aplica Europa ante las exigencias de Trump.
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Los líderes del Viejo Continente sellaron con el presidente americano un acuerdo por el que se le reducían a cero los aranceles a ciertos productos estadounidenses a cambio de que se mantuvieran las tarifas a los productos europeos en el 15%. Para algunos, fue una deshonra, un tributo, además de un acuerdo desequilibrado. La palabra de Trump duró poco. Ha vuelto esta semana a amenazar, aunque luego se ha retractado, con subir los aranceles a Europa si se oponen a la anexión de Groenlandia a Estados Unidos. Ofrece a Dinamarca comprar la isla. Si no aceptan entregarla por las buenas, lo hará por las malas, afirma. ¿Será el enorme desierto de hielo, hogar de unas 50.000 personas, los nuevos ‘Sudetes’ de los europeos, que intentan apaciguar a un líder beligerante?
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Trump no es Hitler, ni la Alemania que dio lugar al partido nazi se parece mucho a la América actual. «En los años previos a la llegada de Hitler al poder, Alemania atravesaba una gravísima crisis económica y política. La Gran Depresión golpeaba con fuerza, el desempleo alcanzó un máximo de aproximadamente seis millones de personas, ningún partido político era capaz de formar un gobierno estable y había una violencia considerable en las calles entre grupos paramilitares radicalizados», añade Swett. «Estas fueron algunas de las razones por las que el partido de Hitler pudo crecer en influencia, lo que desembocó en el nombramiento de Hitler como canciller en enero de 1933. Pero esas no eran las condiciones de Estados Unidos en 2024. Trump fue elegido presidente tras un periodo de estabilidad económica y política».
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Durante el primer año de su mandato, Trump ha dado señales claras de autoritarismo y nacionalismo agresivo. Dentro, ha tomado medidas para concentrar el poder, desoyendo a los tribunales y al Congreso; ha ordenado al Departamento de Justicia investigar a sus enemigos políticos, y ha amenazado a las Universidades y medios de comunicación, algunos de los cuales han tenido que ceder a sus condiciones. También ha creado un cuerpo federal de choque, el ICE, que captura y golpea a gente en las calles, y los saca de sus casas a la fuerza para internarlos en unos centros de internamiento aislados del resto del mundo, a menudo sin delito alguno.
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Las esferas de influencia del siglo XIX
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¿Y a qué se le parece el Estados Unidos de Trump fuera de sus fronteras? La analogía más usada es el siglo XIX, época de imperios, esferas de influencia y colonización. El presidente no esconde que la América de hace siglo y medio es para él un modelo.
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En la Estrategia de Seguridad Nacional de finales de 2025, se rescata una vieja idea política llamada Doctrina Monroe. Estados Unidos dice que «reafirmará y hará cumplir la Doctrina Monroe» para «restaurar la primacía estadounidense en el hemisferio occidental». Y añade un «corolario Trump» con el que «impedirá que competidores ajenos al hemisferio puedan posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o poseer o controlar activos estratégicamente vitales, en nuestro hemisferio». Según el documento, este «corolario Trump» es una «restauración de sentido común y poderosa del poder y las prioridades estadounidenses», «coherente con los intereses de seguridad de Estados Unidos».
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La Doctrina Monroe se formuló en 1823, cuando el presidente James Monroe clamó ante el Congreso de Estados Unidos que «América quedaba cerrada a nuevas colonizaciones europeas». Cualquier intento de intervención de las potencias del Viejo Continente en el hemisferio occidental sería visto como una amenaza. A cambio, Washington prometía «no inmiscuirse en los asuntos internos de Europa». Ocho décadas después, el Corolario Roosevelt, formulado por el presidente Theodore Roosevelt en 1904, elevaba la apuesta y justificaba toda «intervención preventiva de Estados Unidos en América Latina» si un país de la región caía en «desorden crónico» o no pagaba sus deudas. Abrió la veda a las injerencias norteamericanas en América del Sur y Central, que dominarían todo el siglo XX.
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El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, durante un acto en la Casa Blanca (archivo) / Andrew Leyden/ZUMA Press Wire/dp / DPA
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«La Doctrina Monroe tenía como objetivo mantener a las potencias europeas alejadas de América. En aquel momento, Estados Unidos no tenía forma de hacerla cumplir. Un siglo después, retorcieron su significado hasta insinuar que ‘poseían’ el continente americano. Trump está recurriendo a esa doctrina para reivindicar la primacía de su país, pero no será fácil aplicarla, porque el mundo ha cambiado por completo», cuenta a EL PERIÓDICO Luz María Hernández-Sáenz, profesora de Historia de la Western University de Canadá. «No fue hasta la Segunda Guerra Mundial cuando Roosevelt buscó el apoyo de México, Centroamérica y Sudamérica».
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Hay otras metáforas históricas que explican partes de la política exterior de Estados Unidos. Una la explicó a este diario Stephen Van Evera, profesor emérito de Ciencia Política del Massachusetts Institute of Technology (MIT). Trump se comporta con el mundo como el káiser Guillermo II entre 1890 y 1917. Rompió con la política equilibrada respecto a los países vecinos del canciller alemán Otto von Bismarck y ordenó una más asertiva. Impulsó una política de expansión por la vía militar, para construir un imperio más extenso y ampliar la esfera de influencia alemana. Agitaba su «puño de hierro» ante los demás. El resultado fue que se creó una coalición de países contra Alemania que acabó rodeando el país y venciéndolo en la Primera Guerra Mundial.
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