un desafío para el ‘protectorado’ de Trump
En mayo pasado, Donald Trump sostuvo en la Casa Blanca que, gracias a la intervención militar de Estados Unidos que derivó en la captura de Nicolás Maduro, Venezuela se había convertido en «un país feliz» al punto de que «la gente está bailando en las calles». Para el magnate republicano era el mismo régimen tutelar de Washington el que provocaba las espontáneas coreografías de júbilo. El desastre de proporciones que ha provocado el doble terremoto, con sus pérdidas humanas y económicas, constituye por estas horas un problema político para EEUU, según The New York Times.
[–>[–>[–>Trump se había permitido hasta las bromas de mal gusto en su plataforma Truth Social al exhibir un mapa de Venezuela con el fondo de una bandera estadounidense y la leyenda «51st State». Los sucesos del 3 de enero habían tenido un doble cometido: recomponer de manera amenazante la hegemonía de Estados Unidos al sur del río Bravo y convertir a Venezuela en un apéndice económico como proveedor casi exclusivo de energía, oro y tierras raras. Para eso, Trump dispuso la continuidad de un neomadurismo, reconvertido y personificado en la «presidenta encargada», Delcy Rodríguez, quien dejó de ser objeto de punición. Se restablecieron las relaciones bilaterales. Washington levantó las sanciones contra el Banco Central, favoreció la normalización de los vínculos con el Fondo Monetario Internacional (FMI) y un acuerdo con los acreedores de su abultada deuda externa. La Asamblea Nacional (AN) liberó presos políticos, reformó como contrapartida la ley de hidrocarburos, creó una nueva normativa que favorece la entrada del capital privado en la minería y quiere crear a su vez las condiciones para que empresas de EEUU participen de la renovación de la vetusta red eléctrica.
[–> [–>[–>Sobre la base de esta nueva articulación, Venezuela recibió 5.500 millones de dólares por su venta de petróleo a EEUU, un dinero que administra por el momento el país tutor y representa un 44% más que en el mismo período de 2025. «Por primera vez en más de una década, la riqueza del país realmente está beneficiando al pueblo de Venezuela, pero aún queda mucho por hacer», dijo el secretario de Estado, Marco Rubio.
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Sobre la base de la ampliación de las inversiones extranjeras, no solo norteamericanas, en los hidrocarburos, el país sudamericano esperaba terminar 2026 con un crecimiento de hasta siete puntos del PBI. El desastre ha hecho crujir toda previsión. El futuro está contaminado por las desgracias que brotaron de la tierra. La palabra «reconstrucción», tan repetida en Venezuela tras la salida de Maduro, tiene otro significado mucho más amplio y urgente desde del trágico 24 de junio. Trump y Rodríguez intercambiaron mensajes en los que se trataron como «socios» y «amigos». La distancia entre esas palabras y los hechos se empieza a poner a prueba con otra premura.
[–>[–>[–>El dilema
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EEUU ha enviado equipos especializados de búsqueda y rescate urbano que trabajan a destajo en la zona cero. El Departamento de Estado ha comprometido un fondo de asistencia de 150 millones de dólares. Se suspendieron las sanciones económicas por tres meses. La pregunta que comienza a repetirse en Caracas tiene que ver con los alcances de la ayuda más allá de estos primeros gestos y cuál será el papel de Estados Unidos para levantar otra vez a un país devastado.
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«Durante estos meses muchos aceptamos la idea de que existía una estrategia gradual. El plan de ‘tres fases’ anunciado por el secretario de Estado y que buscaba desmontar, paso a paso, la estructura del chavismo mientras se construían condiciones para una transición democrática. Pero el 24 de junio cambió el país. Los terremotos rompieron ese esquema de la misma manera en que rompieron miles de edificios», escribió Walter Molina Galdi en el portal La gran aldea.
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[–>Trump se jactó semanas atrás de poseer en Venezuela «índices altísimos de popularidad». Con su habitual sarcasmo al borde del desprecio, hasta habló sobre una eventual postulación presidencial. «Mis números se dispararon por las nubes». De acuerdo con la consultora Meganálisis, la aprobación del magnate había caído de 75 puntos en marzo a 47 puntos en abril. En tanto, un sondeo de Atlas Intel y Bloomberg da cuenta de que su imagen se redujo ocho puntos en mayo para ubicarse en el 45%. «Aquí, en Venezuela, tenemos que decirle al presidente Trump que nadie está feliz», señaló el dirigente sindical Carlos Salazar, tomando las propias palabras del presidente. La impaciencia de la población en lo que respecta a los resultados de la nueva alianza, que llega principalmente a las grandes empresas, adquieren por estas horas otra dimensión.
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Tras el doble terremoto, China envió a Venezuela una ayuda puntual para los damnificados. «El presidente Xi Jinping ha dispuesto una contribución de 17 millones de dólares para apoyar los esfuerzos de recuperación tras el terremoto: dos millones de dólares que serán destinados al plan de construcción de viviendas y 15 millones de dólares adicionales en insumos, equipos y materiales esenciales», informó Rodríguez. Hace cuatro días, el canal oficial Telesur informó que Rusia «evaluaba» enviar ayuda humanitaria. Posiblemente el desempeño de Pekín y Moscú habría sido distinto si el 3 de enero no hubiera partido en dos la historia venezolana. Ese repliegue supone un reconocimiento implícito del poder rector que trata de desempeñar Estados Unidos, y que ha quedado de manifiesto en estos meses con las visitas de alto nivel empresarial, político y militar. La manifiesta hegemonía provoca un sordo malestar en sectores del Partido Socialista Unido (PSUV).
[–>[–>[–>Promesas y proyectos
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«Estaremos ahí para nuestros nuevos y grandes amigos», prometió el magnate el 24 de junio. ¿Cuál podría ser el rol norteamericano en la reconstrucción de Venezuela? ¿Cambiará su hoja de ruta? ¿Habrá un decidido respaldo económico o será una oportunidad de negocios para el sector privado? En febrero pasado, Trump impulso la iniciativa inmobiliaria de una «Nueva Gaza» que se levante sobre los escombros de la acción militar de Israel y un forzado éxodo de su población. Rascacielos y hoteles de lujo para una «Riviera de Oriente Próximo». ¿El país sudamericano podría ser el laboratorio de alguna iniciativa de ese tipo, aunque sin construccciones lujosas? Al menos 189 edificios colapsaron por completo tras el seísmo. Evaluaciones preliminares de la NASA calculan en 59.000 las edificaciones dañadas o destruidas. Por lo pronto, el empresario estadounidense Moishe Mana decidió apoyar a los venezolanos afectados por la tragedia. Mana, de 70 años, es un multimillonario, promotor inmobiliario y emprendedor de origen israelí que tiene fuertes conexiones con la migración venezolana en Florida. Se le considera el mayor propietario privado de terrenos en el centro de Miami. Junto con otros empresarios han enviado cargamentos para ayudar a los habitantes de La Guaira. «Ya se encuentran en la zona cero», dijo un portavoz. Nadie sabe qué es lo que vendrá después.
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