Un libro repasa los atentados contra Mussolini y cómo el dictador usó la violencia para afianzar el fascismo en Italia
Es noviembre de 1925. Italia vive ya bajo un clima de control fascista cuando Tito Zaniboni, veterano de la Primera Guerra Mundial y socialista, se prepara para cambiar la historia. Desde una habitación alquilada frente al Hotel Dragoni, en la calle del Tritone de la capital italiana, Zaniboni ha diseñado con ahínco un plan para matar al dictador Benito Mussolini y derrotar a su régimen: un fusil de precisión, una Lancia Lambda para la huida y un proyectil son todo lo que ha preparado. Pero el disparo nunca llega a producirse. La policía irrumpe en el hotel, frustra el atentado y detiene al conspirador, que será condenado después a treinta años de prisión.
[–>[–>[–>Es uno de los primeros atentados contra la vida del Duce, el dictador italiano desde la violenta Marcha sobre Roma en 1922 hasta su caída, en 1943, cuando la derrota frente a los Aliados era ya irreversible. Un episodio que sigue despertando un persistente interés cultural e histórico, como demuestra la reciente publicación en Italia de Voglio uccidere Mussolini (Quiero matar a Mussolini), del periodista y escritor Bruno Manfellotto, publicado por Laterza, editorial con una larga tradición de títulos —incluidos algunos ya clásicos— dedicados a la figura del jerarca fascista.
[–> [–>[–>Benito Mussolini, en una imagen de archivo. / DDEG
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El libro de Manfellotto además parte de una brillante intuición: recopilar en un solo volumen no solo doce casos de hombres y mujeres acusados de haber querido asesinar a Mussolini, sino también entrelazar sus historias con el caos y violencia de la época. Es así que el cuadro se completa: Manfellotto muestra de esta manera como cada uno de estos hechos le sirven al jerarca como coartada para acelerar su deriva autoritaria, especialmente entre 1924 y 1927, cuando el fascismo consuma su transformación en dictadura.
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Lobos solitarios
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Ocurre desde el principio. Tras el atentado de Tito Zaniboni, Mussolini responde con un paquete de medidas drásticas: disuelve partidos de la oposición, endurece la censura sobre la prensa y reduce al Parlamento prácticamente a un papel meramente formal, al tiempo de que crea y refuerza estructuras de represión como la OVRA, dedicada a la persecución política. La misma lógica se impone tras el atentado del anarquista Gino Lucetti, que en septiembre de 1926 coloca una bomba en el recorrido del coche de Mussolini en la Piazza Pia; el artefacto estalla a varios metros de Mussolini. A partir de entonces, «ya no queda en Italia ni oposición creíble, ni prensa libre, ni garantías jurídicas. El fascismo entra en su fase plenamente totalitaria. Sin resistencias, Italia sucumbe», señala Manfellotto en conversación con este diario.
[–>[–>[–>Eso explica también por qué todos los perpretadores son prácticamente lobos solitarios: individualistas abandonados incluso por los partidos y movimientos afines, que, por resignación o por discrepancias en la estrategia de lucha, dan poco o ningún apoyo a estas acciones, lo que en muchos casos no impide que los intentos de asesinato se lleven a cabo. «Cuando un sistema nace de la semilla de la violencia, no puede sorprender que haya actos violentos que intenten eliminarlo», señala Manfellotto, con una reflexión que interpela también al presente.
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Otras historias son más misteriosas y dejan el sabor de una verdad solo parcialmente conocida, como la de Violet Gibson, una aristócrata irlandesa que el 7 de abril de 1926, en la plaza del Campidoglio de Roma, saca una pistola Lebel y dispara contra el Duce, hiriéndolo solo levemente en la nariz. Declarada mentalmente inestable, Gibson es sentenciada a internamiento psiquiátrico y pasa el resto de su vida en manicomios, aunque las razones de su acto nunca quedan del todo claras. «Un policía, el oficial Epifanio Pennetta, estaba convencido de que se trataba de un complot internacional, pero le impidieron seguir investigando», cuenta Manfellotto, al recordar que tanto Roma como Londres buscaban entonces no tensar sus relaciones.
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[–>Mentiras y verdades a medias
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No es el único caso. Anteo Zamboni, de apenas 15 años, linchado hasta la muerte por seguidores del dictador tras ser identificado en una turbulenta Bolonia como el autor de un disparo contra el Duce, es otro. Su perfil resulta particularmente desconcertante: Anteo es un mero aprendiz en una pequeña imprenta y, en su familia y entre sus conocidos, es descrito con apodos que reflejan un carácter inocente y algo ingenuo. Solo el pasado anarquista de su padre (la fe anarquista es recurrente en otros atentadores, como Michele Schirru, Angelo Sbardellotto y Vincenzo Capuana) aparece como indicio, pero poco más prueba su culpabilidad. «Después de años de investigaciones, acusaciones, retractaciones y venganzas, el misterio sigue sin resolverse. ¿Fue realmente él el autor del disparo? ¿Quién le suministró el arma? ¿Planeó todo por su cuenta o fue instrumento de una conspiración antifascista?«, se pregunta Manfellotto en el libro.
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El libro ahí se adentra también en las mentiras, ocultamientos y verdades parciales que el régimen colaba a través de sus aparatos de propaganda. Tanto es así que muy interesante es también la reconstrucción de los complots «inventados», siempre para justificar persecuciones y reforzar la narrativa de un régimen rodeado de enemigos ocultos, lo que también coincide con la reintroducción de la pena de muerte en Italia (1926). «Algunos de esta manera terminaron siendo acusados falsamente incluso bastante más adelante en el tiempo, solo por ajustes de cuentas internos al régimen», dice Manfellotto.
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