Un mes después: «No queremos que se nos recuerde como el pueblo del accidente»
Un mes después de una de las mayores tragedias ferroviarias de España, que sesgó la vida de 46 personas, los vecinos de Adamuz, el pueblo amigo que no dudó en tender la mano a las víctimas, siguen intentando asimilar todo lo ocurrido mientras una frase se repite como una letanía: «No queremos ser el pueblo del accidente, no queremos quedarnos con ese apellido». El temor no es solo a quedar asociados a una desgracia, sino a quedar reducidos a ella.
[–>[–>[–>Durante muchos días, el nombre del pueblo sonó en todo el mundo ligado al horror que vivieron los pasajeros de los trenes y a sus familias y, ahora que el ruido mediático se va apagando, el pequeño municipio del Alto Guadalquivir espera que la herida invisible que ha dejado el accidente se vaya curando. «La pena es que nos recuerden para siempre como el pueblo del accidente de tren», dice un vecino con resignación, «no por nuestro aceite o nuestras casas rurales».
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Plaza de Adamuz, sin apenas movimiento, a principios de esta semana. / Victor Castro
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En Adamuz, ya no suenan sirenas, no hay drones sobrevolando la sierra ni una nube de periodistas buscando testimonios en cada puerta. Las partidas de dominó han vuelto al hogar del pensionista y en el centro de salud la huelga de médicos se deja notar en la entrada. La rutina ha tomado la delantera y, con ella, fiestas como el carnaval. Dos semanas de temporal han anegado las tierras de olivos y, con ello, el monotema de la tragedia se ha contagiado de la preocupación por los agricultores y su cosecha.
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Los vecinos: «Esta es una herida colectiva»
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Un mes después del accidente, muchos vecinos siguen tocados por la experiencia. Ana recuerda que no llegó a la zona cero, pero vio pasar por el pueblo y por la caseta municipal a víctimas y familiares. En la farmacia en la que trabaja escuchó durante días las mismas historias. «Cinco o seis personas contando lo mismo una y otra vez, ha sido muy duro y cuesta asimilarlo», confiesa. Cree que al pueblo «le va a costar», porque «aunque no hubo víctimas locales, la herida es colectiva y lo que vivimos lo sentimos como algo nuestro». Por eso tiene claro cómo quiere que se les recuerde: «Como un pueblo de gente buena».
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Rafael Ángel Moreno, alcalde de Adamuz, en el Ayuntamiento, un mes después del accidente. / Victor Castro Fernández / COR
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El alcalde: «Ojalá se nos recuerde por cómo respondimos»
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El alcalde de Adamuz, Rafael Ángel Moreno, se muestra paciente ante las preguntas sobre lo ocurrido. Recuerda el momento exacto en el que recibió la llamada del 112 y supo que lo que estaba ocurriendo era «algo gordo». Al otro lado del teléfono apenas eran capaces de darle las coordenadas del lugar del accidente, pero no dudó en que había que reaccionar ante lo imprevisible. «Yo me puse en modo catastrofista y decidí abrir edificios públicos, movilizar a Policía Local, a Protección Civil, a los autobuses… Sin saber bien la magnitud del accidente, pensé que si luego no era para tanto dirían que había sido exagerado, pero si era grave y no haces nada… eso no te lo perdonas».
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Un mes después reconoce el desgaste de la exposición mediática. «Es algo a lo que no estamos acostumbrados aquí y menos a atender a los periodistas de forma tan directa. Algunos me pedían el teléfono de mi gabinete de prensa, pero aquí no hay nada de eso. Mentalmente ha sido mucha sobrecarga, porque a eso se une que se ha vivido una desgracia y eso no se te va de la cabeza». Desde primera hora ha recibido atención psicológica. «Hemos hecho terapias individuales y grupales, dependiendo de si estuvimos en la zona del accidente o en el pueblo».
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[–>Él fue con un policía local y un vecino militar. «Del equipo de gobierno no vino nadie más. Mandé un audio a los concejales y les dije que se quedaran en el pueblo porque aquí iban a hacer falta». Y vaya si fue así. Un mes después, la imagen del terror le sigue acompañando. «Eso habrá que asimilarlo y convivir con ello». En el otro lado, se queda con «lo bueno: mi pueblo, cómo se volcó todo el mundo ayudando, cada uno a su manera y de forma respetuosa». Por eso le cuesta asimilar que se les recuerde por el accidente. «Sé que es inevitable, pero aquí tenemos muchísimas cosas más: una enorme biodiversidad, senderos, lince ibérico, rapaces, arqueología… y ojalá también se nos recuerde por cómo respondimos». En su opinión, el accidente ha evidenciado además las carencias del centro de salud, una reivindicación histórica: «Si hubiéramos tenido un centro de salud en condiciones no habríamos tenido que montar la caseta municipal y las primeras atenciones se hubieran hecho en una sala de enfermería».
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Rafael Prados Godoy, párroco de Adamuz, en la iglesia del pueblo. / Victor Castro Fernández / COR
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El párroco: emoción por la actitud de las víctimas
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Rafael Prados Godoy, el párroco de Adamuz, acaba de llegar de Tierra Santa, donde fue enviado para despejarse tras lo ocurrido. Ha sido otra de las caras del pueblo presentes en los medios y atendiendo de puertas adentro. Desde los primeros días comenzaron a llamar a su puerta. «Varias personas me pidieron hablar. Muchos, desde un plano espiritual, buscaban consuelo», explica. Él no ha requerido ayuda psicológica, pero admite la carga emocional. Lo que más le marcó, más allá del dolor, fue la reacción colectiva. «En los pueblos pequeños surgen rencillas, personas que pasan años sin hablarse y hasta se olvidan del motivo, pero ante la tragedia todos actuaron de forma extraordinaria y unida». También le emocionó la actitud de los pasajeros. «Les ofrecías un bocadillo y decían: ‘No, para otro que lo necesite más’; ofrecías una manta y te pedían que se la dieras a alguien que estuviera peor. La generosidad en medio de una tragedia así fue lo que más me tocó». Sobre si la gente de Adamuz se comportó de forma heroica, cree que «héroes son los que ayudaron en los trenes descarrilados, entre cables de alta tensión; el resto reaccionó como buenos cristianos». También valora que un joven del pueblo, Julio, se haya convertido en ejemplo para otros jóvenes. «Mejor tener un referente así que uno como Neymar que aparte de futbolista no es ejemplo de nada bueno».
[–>[–>[–>Los jóvenes, voluntarios en la ayuda
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Él y su amigo Jose no fueron los únicos jóvenes que ayudaron. Andrés París, otro joven adamuceño colaboró en la caseta que se montó con las primeras curas. «Nos enteramos por los grupos de whatsapp y fuimos a echar una mano, venían muchos niños, fue un momento muy triste para todos», confiesa.
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Gonzalo Sánchez ha vuelto a pasear por las calles de Adamuz vendiendo cupones. / Victor Castro Fernández / COR
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Gonzalo: «Tenemos que hablarlo, solo así se cura»
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Gonzalo, el vendedor de cupones que ayudó a rescatar a casi una veintena de personas con su quad, aún no ha recuperado la normalidad. «Ahora me asusto con cualquier ruido; antes no me pasaba. Y luego están los olores… son casi peor que las imágenes. Pasas por un sitio y te viene un olor que te remueve todo», asegura. «Ese miedo interior no se va». Cree que nadie está preparado para algo así. «Nadie, pero cada uno acudió con lo que tenía. Yo tenía mi quad y con mi quad fui». Siente orgullo de la reacción de su pueblo y niega los rumores de pillaje. «Por Dios, eso es imposible. El tren estuvo custodiado por la Guardia Civil, con drones; estuvo vigilado en todo momento».
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Intenta seguir las recomendaciones de los psicólogos. «Nos dicen que hablemos, que no se nos quede esto dentro, que saquemos el tema si lo necesitamos porque solo así se cura». Cree que lo vivido les ha servido para «no enfadarte por cualquier cosa que no merece la pena, porque estamos aquí tres días y no sabemos cuándo nos va a tocar irnos. Si alguien está enfadado contigo, piensas: que se le pase, no merece la pena». Dentro de lo malo, conserva anécdotas bonitas. «Ha venido gente a comprarme un cupón y me han pedido que se lo firmara. Pensé que era de broma porque yo no soy ningún héroe, pero esas cosas te enorgullecen».
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Antonio Pérez, en la casa del pensionado, donde recibió a víctimas y familiares. / Victor Castro
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Antonio: «Hubo imágenes bonitas dentro de la desgracia»
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En el hogar del pensionista, donde se ofreció algo caliente y escucha a las víctimas desde el primer momento, Antonio Pérez admite que no le gusta revivir lo ocurrido. «Ha sido monotema durante días, con periodistas por todos lados. Ahora necesitamos un poco de tranquilidad para poder reponernos y recuperar la normalidad poco a poco». En medio del horror, le alivió ver que «ante una tragedia tan grande, nadie dudó en unirse para ayudar; eso es lo único bueno que podemos sacar de esto». También ha aprendido que «hay que disfrutar un poco más, no trabajar tanto, porque estás toda la vida trabajando y te pasa una cosa así… y ya está». Guarda en su retina una imagen bonita: «La muchacha que estaba buscando a su perro y que a los dos días lo encontró. Fue un momento de felicidad dentro de la desgracia. También la de un muchacho de Málaga que buscaba a su novia y la encontraron, eso fue bonito». Como al resto, le preocupa que su tierra sea recordada como el lugar de una desgracia. «Ojalá la gente venga a conocer el pueblo, tenemos muchos parajes naturales y un aceite con denominación de origen excelente».
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Elisabeth Ayllón, empleada de la cooperativa olivarera Adamuz y madre de Julio Rodríguez. / Victor Castro
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Elisabeth: «No nos ha dado tiempo a reflexionar»
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Elisabeth Ayllón es trabajadora de la cooperativa olivarera de Adamuz y madre de Julio, uno de los jóvenes que estuvo ayudando en el lugar del siniestro. Ella iba con él y su amigo José. «Al principio dudé si ir, un accidente de tren no es cualquier cosa; te puedes encontrar lo que nos encontramos», explica. Accedieron antes de que las fuerzas de seguridad cortaran el paso y vieron que «faltaban manos, toda ayuda era poca». Así que se quedaron. Reconoce que todo ha ido muy rápido desde entonces. «No nos ha dado tiempo a reflexionar. Hemos estado en actos públicos, en reconocimientos…». Pese a todo, alguna vez se ha venido abajo. «Hemos vivido una película de miedo, pero es real y cuando recuerdas que estuviste allí, duele, sobre todo, por los fallecidos y los heridos. Piensas en esas familias».
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Loli, cocinera del mesón Los Monteros de Adamuz. / Victor Castro
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Loli: «Lo que nos queda ahora es tristeza»
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Loli, cocinera en el mesón Los Monteros, comparte ese sentimiento fruto de la empatía que aún cuelga en el alma de muchos vecinos. «Yo no estuve en el tren, quise bajar por si necesitaban ayuda, pero no nos dejaron pasar. Vi a las víctimas y a los familiares en el bar al día siguiente», recuerda. «Lo que nos queda ahora es la tristeza. Fue algo inesperado y, después de los primeros días, la pena no se va, hemos visto mucho dolor, un sentimiento que no le deseo a nadie porque es muy duro».
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