Un mundo en llamas (los felices años veinte)
Corría la tercera década del siglo XX recién acabada la Primera Guerra Mundial y todo eran alegrías y celebración por doquier. Incluso se había creado una Sociedad de Naciones (1919) para evitar que los mismos sucesos volvieran a repetirse. Se bailaba Foxtrot, Swing y Charlestón. La ley seca no había si no incentivado el consumo del alcohol.
[–>[–>[–>Contaba Marx aquello de que cada grupo social interpretaba el mundo desde sus principios ideológicos. Así, por ejemplo, los amos tendían a justificar la esclavitud mientras que los esclavos lo hacían de la rebeldía. Afortunadamente ya no estamos en aquellos tiempos de amos y esclavos, pero seguimos presa de nuestros cerrojos ideológicos.
[–> [–>[–>A lo largo de cientos de años e incluso miles, los hombres (y las mujeres también) nos hemos estado enfrentando verbal y físicamente para dirimir nuestros desencuentros. Fruto de ello resultaron las incontables guerras que en el mundo han sido. Se imponía la ley del más fuerte o del más hábil técnicamente (cromañones vs neandertales, griegos contra persas, etcétera).
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Hasta que un buen día, allá por el siglo VI a.C., a alguien se le ocurrió que quizá en lugar de pegarnos continuamente, lo mejor sería debatir, públicamente, cada uno sus posiciones con las razones que estimara oportunas y luego que se dilucidara por votación en asamblea general (eiklesía) de ciudadanos (unos pocos) lo que debía ser: surgía así la democracia.
[–>[–>[–>Mucho ha llovido desde entonces, pero a trancas y barrancas la democracia política (y no política también) ha ido abriéndose hueco hasta alcanzar en la actualidad la mayor extensión probable de los sistemas democráticos modernos, sean del signo o modelo que sean. Siempre por votación de ciudadanos (ahora todos).
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Sin embargo, en estos tiempos actuales se están empezando a oír voces a uno y otro lado del espectro político, que, si no cuestionan todavía abiertamente el sistema democrático, si lo orillan o sencillamente lo omiten al dar por sentado que sus presupuestos ideológicos, los de ellos, son los realmente necesarios para dirigir a la «ciudadanía», independientemente de que dicha nebulosa ciudadana, quiera o no. Se aboga así por perpetuar mandatos al modo Putin, de iniciar guerras al modo Trump, o de bloquear constitucionalmente algunos principios del ideario ideológico en la creencia de que tú eres lo mejor que le ha pasado a «tú País», o de que lo que «tú piensas» tiene que estar blindado por ley porque es «lo más guay». ¿Volvemos a la casilla de salida?
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[–>La irrupción de los liderazgos unipersonales en la escena política nacional e internacional ha ido dejando un reguero de obstáculos difíciles de sortear, en cualquier caso.
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Ya no se habla del presidente o primer ministro, si no del «líder supremo», del «salvador» o del «puto amo».
[–>[–>[–>La dinámica de la negociación se ha diluido como un azucarillo en aguardiente. Ahora se actúa unilateralmente no solo porque se tenga o no la fuerza para hacerlo si no porque se tiene la convicción de estar «en el lado correcto de la historia». Los adversarios ya no son rivales políticos, son enemigos, «los otros», los que fabrican constantemente discursos de «hodio» que ponen en duda nuestra unidad de destino en lo universal. Hasta las palabras tienen que decir lo que yo quiero que digan.
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¿Y a dónde nos llevará todo esto? Asistimos atónitos y sin creérnoslo mucho a un mundo donde el «líder» decide unilateralmente lo que hay que hacer, siempre para volver grande a su país, siempre para blindar su ideología, la de él.
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Hubo un filósofo, recientemente fallecido, Jürgen Habermas, que preconizaba que la democracia solo podía sostenerse sobre algo tan frágil como la palabra, no sobre la fuerza. Pero el consenso político se ha esfumado y solo quedan los rescoldos de la paz que fue ayer.
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