Un mundo peligroso
Volvemos a la comodidad retórica de invocar el derecho internacional cuando arrecia el estruendo de los misiles. Se cita la Carta de Naciones Unidas, se apelan los principios de soberanía y no injerencia y se reclama contención. Sin embargo, mientras pronunciamos esas palabras, en Irán una dictadura teocrática encarcela, tortura y mata. No hablamos de excesos aislados, sino de miles de víctimas en las últimas protestas, de mujeres golpeadas por reclamar libertad, de jóvenes ejecutados tras juicios sumarios. El derecho importa, sí. Invocarlo es siempre lo correcto. Pero no basta con pronunciarlo como si se tratara de un conjuro. La política de la disuasión que marcó la Guerra Fría descansaba en equilibrios reconocibles, en líneas rojas más o menos estables. Hoy ese andamiaje se ha erosionado. Las grandes potencias ya no compiten solo por influencia, se apresuran a neutralizar o aniquilar cualquier amenaza potencial bajo el paraguas de una geopolítica descarnada. En ese tablero, el derecho internacional corre el riesgo de convertirse en coartada o en arma arrojadiza, según el caso y convenga.
[–>[–>[–>La pregunta es ¿cómo se detiene a un régimen asesino sin dinamitar el orden que decimos defender? Europa no puede refugiarse en la ingenuidad ni en la equidistancia. Prepararse para un nuevo orden mundial desestabilizador exige algo más que declaraciones solemnes, requiere una estrategia común, inversión en defensa, autonomía energética y coherencia moral. No hay que ser muy listos para darse cuenta de que el mundo se está volviendo de nuevo altamente peligroso. Dar la espalda a una acción coordinada es elegir el aislamiento y aceptar sus consecuencias. Por eso resulta paradójico que, en medio de amenazas crecientes, voces como la de Ione Belarra propongan abandonar la OTAN, incluso diluir la defensa aliada. Precisamente ahora, cuando el derecho necesita respaldo material para no ser papel mojado. Sin capacidad de disuasión, ese derecho no desaparece; simplemente deja de importar a quienes más deberían temerlo.
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