Un terremoto activa en la víctima una respuesta aguda de supervivencia
¿Qué papel puede jugar la psicología en una tragedia como la vivida en Venezuela y qué importancia tiene la formación psicológica en los equipos de emergencia?
La psicología juega un papel fundamental en una tragedia como la vivida en Venezuela, no sólo en las fases posteriores, sino desde el momento en que se produce el impacto. En este contexto, cobra especial relevancia la figura del psicólogo de urgencias, ya que está especializado en intervenir en situaciones críticas donde el sufrimiento es intenso, el tiempo es limitado y las decisiones deben ser muy apretadas. Su trabajo debe estar plenamente integrado en el trabajo coordinado con otros profesionales, favoreciendo una actuación conjunta y coherente. No todos los profesionales necesitan ser especialistas en salud mental, pero es clave que dispongan de herramientas mínimas de intervención en crisis: saber dirigirse a una persona en shock, cómo transmitirle calma, cómo dar información clara sin aumentar el malestar o cómo acompañar sin invadir. Este primer contacto, que muchas veces se produce en momentos de máxima vulnerabilidad, puede marcar profundamente la experiencia posterior de la persona afectada.
Cuando una persona pierde su hogar, un familiar o todo lo que le daba seguridad, ¿qué pasa emocionalmente en las primeras horas o días?
Una respuesta aguda de supervivencia se activa tanto emocional como fisiológicamente. Lo que observamos no es patológico en sí mismo, sino más bien una reacción esperada ante una experiencia extrema. En ese momento inicial suele aparecer un estado de shock o aturdimiento, como si la persona no hubiera terminado de procesar lo sucedido. Esto puede experimentarse como un sentimiento de irrealidad, incredulidad y confusión, donde resulta difícil organizar pensamientos o tomar decisiones, incluso las más simples. Paralelamente se activan intensas respuestas fisiológicas propias del estrés agudo: taquicardia, respiración acelerada, tensión muscular, sudoración, temblores o incluso síntomas digestivos. Y en general se mantiene un estado de hipervigilancia. Todo ello forma parte de la activación del sistema de alarma del organismo. Es importante enfatizar que estas reacciones pueden variar mucho entre personas. Algunos se muestran muy activos y decididos, mientras otros permanecen más paralizados; Ambas respuestas son válidas dentro del espectro normal.
¿Cómo se ayuda a alguien que acaba de sufrir una pérdida traumática?
Cuando acompañamos a alguien que acaba de sufrir una pérdida traumática, la clave no está en “decir lo correcto”, sino en hacerlo de una manera que no invada o anule su experiencia. En primer lugar, es fundamental ofrecer una presencia respetuosa y disponible. Esto significa ser emocionalmente accesible sin imponer conversaciones ni obligar a la persona a expresar lo que aún no puede o no quiere expresar con palabras. A veces, un silencio compartido, un gesto de cercanía o simplemente “estar” es mucho más reconstituyente que cualquier frase elaborada. La escucha activa es otro pilar central. No se trata sólo de escuchar, sino de atender sin interrumpir, sin interpretar rápidamente y sin llevar la conversación hacia nuestra propia experiencia. Es importante tolerar el dolor ajeno sin tener prisa por aliviarlo, porque muchas veces frases bien intencionadas como: “todo pasa por algo”, o “hay que ser fuerte”, pueden hacer que la persona se sienta incomprendida o invalidada. En este sentido, la validación emocional es clave: reconocer y legitimar lo que siente la persona sin juzgarla ni corregirla y respetando sus ritmos, ya que cada persona procesa el impacto de manera diferente.
¿Qué consecuencias psicológicas puede dejar una tragedia de este tipo en los supervivientes, los familiares y los equipos de emergencia?
Una tragedia de este tipo puede dejar diferentes consecuencias psicológicas en los supervivientes, en los familiares e incluso en los equipos de emergencia que intervienen. Sin embargo, es fundamental recalcar desde el principio que no todas las personas que se ven inmersas en una situación de emergencia acaban desarrollando psicopatología. De hecho, muchos logran adaptarse progresivamente, especialmente si cuentan con el apoyo y los recursos personales y sociales adecuados. La presencia de síntomas iniciales no implica automáticamente un trastorno. Dicho esto, en algunos casos pueden aparecer dificultades más persistentes cuando el impacto de la experiencia traumática supera los recursos disponibles en ese momento. En los supervivientes y familiares, una de las posibles consecuencias es el trastorno de estrés postraumático (TEPT), que se caracteriza por reexperimentar el suceso (recuerdos intrusivos, pesadillas), evitación de estímulos asociados, hipervigilancia y activación constante del sistema de alerta. También puede aparecer duelo complicado, sobre todo cuando la pérdida ha sido repentina, violenta o con circunstancias difíciles de asimilar, que pueden bloquear el proceso natural de elaboración. Además, son comunes otras afecciones como la ansiedad y la depresión. En algunos casos también pueden surgir sentimientos de culpa (por haber sobrevivido o por lo que “se podría haber hecho”) o dificultades para volver a la vida cotidiana.
En los equipos de emergencia y los socorristas, las consecuencias suelen adoptar otra forma. La exposición repetida al sufrimiento ajeno y a situaciones extremas puede generar lo que se conoce como fatiga por compasión, que se caracteriza como un agotamiento emocional derivado del cuidado de otros en contextos extremos. A esto se le puede sumar el burnout o agotamiento profesional, sobre todo si se combinan alta exigencia, estrés sostenido y falta de descanso o apoyo. Los síntomas postraumáticos también pueden aparecer en estos profesionales, aunque muchas veces quedan enmascarados bajo una actitud de fortaleza o hiperactividad. Por ello, el seguimiento psicológico en estos colectivos cobra especial relevancia.
¿Cómo y cuánto tiempo puede tardar una persona en comenzar a reconstruirse emocionalmente después de perder su hogar o un ser querido?
La reconstrucción emocional tras una pérdida tan significativa no sigue un camino lineal ni predecible. Es importante comprender que reconstruir no significa “volver a ser como era antes” o “superar” en el sentido de olvidar, sino integrar lo sucedido en la propia historia de vida, encontrando nuevas formas de seguir adelante con la ausencia o el cambio. En este camino es normal que haya momentos de avance y otros de mayor dificultad, por eso es tan importante entender que no es un camino recto, sino lleno de altibajos. Por tanto, más que de un tiempo concreto, hablamos de un proceso progresivo y muy personal, en el que cada persona encuentra, poco a poco, formas de adaptarse a una realidad que ha cambiado profundamente. En cualquier caso, un mensaje clave es que la reconstrucción es posible, pero necesita tiempo, apoyo y un entorno que permita respetar los propios ritmos, sin presionar ni generar expectativas rígidas sobre cómo «debe» vivirse el proceso.
¿Estamos preparados como sociedad para abordar también las heridas emocionales que deja una emergencia?
Como sociedad es cierto que hemos avanzado en reconocer la importancia de la salud mental en contextos de emergencia, pero aún no estamos del todo preparados para abordar de manera integral las heridas emocionales que dejan este tipo de situaciones. En muchos casos, aunque el cuidado físico es prioritario y absolutamente necesario para salvar vidas en las primeras fases, el abordaje psicológico queda relegado una vez superada esa urgencia inicial. Es decir, los recursos se movilizan rápidamente para la supervivencia y la cobertura de las necesidades básicas, pero el impacto psicológico suele abordarse más tarde o de forma menos estructurada. Esto no responde a una falta de sensibilidad, sino a una combinación de la necesidad de seguir fortaleciendo los recursos especializados y de integrar cada vez más la dimensión psicológica y emocional como parte esencial del proceso de recuperación después de una tragedia. Una intervención psicológica temprana y adecuada no sólo contribuye a aliviar el malestar del momento, sino que también puede prevenir la aparición de dificultades más persistentes y promover procesos de recuperación más adaptativos, tanto a nivel individual como comunitario.
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